Escribir sobre monstruos, fantasmas, asesinos y demonios no significa creer en ellos. A veces significa enfrentarse, mediante la imaginación, con aquello que una sociedad nos ha enseñado a esconder. El terror puede convertirse así en una forma de explorar nuestra propia oscuridad sin necesidad de convertirla en violencia real.
Zarko Pinkas |
Escribir sobre monstruos, fantasmas, asesinos y demonios no significa creer en ellos. A veces significa enfrentarse, mediante la imaginación, con aquello que una sociedad nos ha enseñado a esconder. El terror puede convertirse así en una forma de explorar nuestra propia oscuridad sin necesidad de convertirla en violencia real.
No creo en fantasmas. Tampoco creo en duendes, demonios ni en ninguna de esas criaturas que durante siglos han poblado las pesadillas humanas. Nunca he necesitado creer que existen para escribir sobre ellas. Al contrario: precisamente porque sé que no existen, puedo utilizarlas como materia literaria, deformarlas, convertirlas en símbolos y llevarlas hasta lugares donde la realidad cotidiana difícilmente se atrevería a entrar.
Escribir terror, para mí, tiene que ver con eso: con entrar en una habitación oscura sabiendo que probablemente no hay nadie allí y, aun así, cerrar la puerta detrás de uno.
El terror tiene muchas formas. Puede aparecer como una criatura sobrenatural, como una casa abandonada, como una presencia que no logramos explicar o como un asesino que persigue a alguien en la noche. Pero también puede surgir de algo mucho más cercano y mucho más incómodo: la violencia, la soledad, la crueldad, la muerte, el deseo, la culpa, el fanatismo, la humillación, la pérdida de control. En muchas ocasiones, el monstruo no está debajo de la cama. Está dentro de nosotros.
Existe una tendencia bastante extendida a considerar el terror como un género menor, como entretenimiento destinado exclusivamente a provocar sobresaltos. Me parece una mirada demasiado pobre. El terror ha servido durante siglos para hablar de aquello que resulta difícil nombrar directamente. Cuando Mary Shelley escribió Frankenstein, cuando Bram Stoker creó a Drácula, cuando Edgar Allan Poe descendió hasta los territorios más enfermizos de la conciencia, cuando Horacio Quiroga convirtió la naturaleza y la muerte en fuerzas implacables o cuando H. P. Lovecraft imaginó horrores que desbordaban la comprensión humana, estaban haciendo algo más que contar historias destinadas a asustar. Estaban explorando los límites del ser humano.
Stephen King comprendió muy bien esa capacidad del género. Muchas veces, detrás de sus monstruos hay algo profundamente humano: la infancia herida, el miedo, la violencia doméstica, la culpa, el aislamiento, la enfermedad, la obsesión. El monstruo literario puede ser una máscara. Y las máscaras sirven precisamente para decir ciertas cosas que, de otra manera, resultarían demasiado difíciles de decir.
Tal vez por eso el terror pueda tener también una función de liberación.
No afirmo esto como una teoría científica demostrada. Hablo desde la experiencia de quien escribe y desde una hipótesis personal: poner en palabras nuestros miedos puede ser una manera de impedir que permanezcan encerrados sin forma dentro de nosotros. La escritura transforma aquello que es confuso en algo visible. Lo convierte en personaje, escena, pesadilla, relato. Le da un principio y un final. Y, sobre todo, permite mirarlo desde cierta distancia.
Freud hablaba del inconsciente y, en su modelo estructural, del conflicto entre el ello, el yo y el superyó. El ello representa los impulsos que buscan satisfacción; el superyó incorpora las normas, prohibiciones y exigencias morales, mientras el yo intenta mediar entre esas fuerzas y las condiciones de la realidad. Más allá de cuánto aceptemos hoy del psicoanálisis clásico, hay una idea que sigue resultando poderosa como herramienta literaria: no todo lo que existe en nuestra vida interior encuentra una vía sencilla para expresarse.
La sociedad, además, se encarga de poner límites. Y es necesario que existan límites. Las leyes, las normas y las convenciones sociales cumplen una función indispensable porque impiden que nuestros impulsos se conviertan en actos contra los demás. Una sociedad sin reglas sería sencillamente inhabitable.
Pero una cosa es controlar una conducta y otra muy distinta pretender que desaparezcan los impulsos que no queremos reconocer.
La violencia no desaparece porque prohibamos hablar de ella. El deseo no deja de existir porque una religión lo condene. La rabia tampoco se evapora porque aprendamos a sonreír en público. El miedo puede permanecer durante años en una persona perfectamente educada, perfectamente adaptada y perfectamente silenciosa.
Y ahí es donde el arte puede abrir una puerta.
El escritor de terror tiene permiso para entrar en lugares que la vida cotidiana suele mantener cerrados. Puede imaginar asesinatos sin matar a nadie, monstruos sin creer en monstruos, venganzas sin ejecutarlas, catástrofes sin provocarlas. Puede convertir una furia en una historia y una pesadilla en una página.
Eso no significa que escribir sobre violencia vuelva automáticamente mejor a una persona. Tampoco significa que la literatura sustituya una terapia psicológica cuando existe un problema serio. La investigación sobre escritura expresiva muestra resultados variados: algunos estudios y metaanálisis encuentran beneficios modestos en determinados grupos, mientras otros no encuentran efectos claros sobre ansiedad, depresión u otros indicadores.
Pero la literatura no necesita presentar un certificado médico para justificar su existencia. Puede bastarle una experiencia profundamente humana: decir lo que de otra manera no sabemos cómo decir.
Pienso que las sociedades que viven rodeadas de violencia deberían prestar mucha más atención a sus espacios de creación. Hemos visto demasiadas veces en la historia lo que ocurre cuando el miedo deja de ser una experiencia individual y se convierte en instrumento de dominación. La Edad Media tuvo sistemas de terror amparados por poderes políticos y religiosos. Los totalitarismos del siglo XX llevaron esa lógica hasta extremos monstruosos. El nazismo convirtió el miedo en política de Estado; el estalinismo hizo del terror una herramienta de control; las dictaduras latinoamericanas utilizaron la persecución, la desaparición y la tortura para disciplinar a poblaciones enteras. En distintos lugares del mundo, la violencia sistemática ha demostrado que el verdadero monstruo no necesita colmillos ni vivir en un castillo.
Por eso no deberíamos subestimar el terror como género. El terror imaginario puede servir para comprender el terror real. Nos permite observar nuestros propios límites y preguntarnos qué somos capaces de hacer cuando desaparecen las barreras que normalmente contienen nuestros impulsos.
Hay algo profundamente civilizador en poder escribir el horror sin ejecutarlo. Quizá esa sea una de las razones por las que sigo encontrando fascinante este género. Cuando escribo sobre fantasmas, sé que estoy escribiendo sobre algo inexistente. Pero mientras invento al fantasma puedo hablar de la pérdida. Cuando invento un demonio puedo hablar de la culpa. Cuando construyo un asesino puedo explorar la violencia. Cuando imagino una casa maldita puedo hablar de una familia destruida. El monstruo es ficticio; aquello que representa puede ser completamente real.
El terror, entonces, no necesariamente nos acerca a la oscuridad. En determinadas circunstancias puede permitirnos mirarla sin someternos a ella. Tal vez escribir sea una de las formas más civilizadas de expulsar nuestros demonios.No porque los demonios existan, sino porque las cosas que simbolizan sí existen. Y quizá sea precisamente ahí donde el terror encuentra su verdadero poder: en permitirnos entrar voluntariamente en nuestras propias pesadillas, darles un rostro, una voz y una historia, y después cerrar el libro.
Afuera sigue amaneciendo, el cielo está gris y nosotros seguimos siendo humanos.