Escrito en una servilleta: La sociología de las sensaciones (2)

Por: René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

¿Es posible que la piel, los ojos, la nariz, los oídos y la lengua decodifiquen la realidad, antes que la teoría lo haga, y por tanto son su premisa? ¿el mundo digital es una conspiración contra las sensaciones para que perdamos las virtudes sociales que nos humanizaron? ¿cómo se deconstruye el significado sociológico de las sensaciones? ¿qué tipo de datos socioculturales codifican las sensaciones como instrumento de percepción de la realidad? Las preguntas anteriores se resumen en una: ¿por qué es importante hacer de las sensaciones un hecho sociológico?

La respuesta a esa pregunta debería ser obvia: porque el auge indiscriminado de la IA nos está quitando la capacidad de pensar -nueva forma de desigualdad social- y además la capacidad de sentir, pues es “un juguete sensorial” con circuitos de comportamiento “inteligente” que usa tecnología de secuencia neuronal, en tanto recorrido de impulsos artificiales. Si las sensaciones son virtualizadas, la tragedia del ser humano será que no podrá sentir, y si no puede sentir no puede amar (la IA no puede amar, sólo puede fornicar, en el mejor de los casos). La IA no sabe lo que es algo, aunque puede definirlo, lo cual no es lo mismo. Si le preguntamos a la IA ¿qué es el amor? su respuesta es una sumatoria impersonal de algoritmos: “es un proceso químico impulsado por neurotransmisores (dopamina, oxitocina y serotonina) y hormonas que activan los sistemas de recompensa del cerebro, promoviendo la atracción, el apego y la vinculación afectiva. Y es que, a diferencia de los humanos, la IA no tiene sentimientos, ni conciencia, ni experiencias subjetivas acumuladas socialmente. La IA no “siente” afecto, nostalgia o empatía, sólo procesa algoritmos y patrones de lenguaje recurrentes.

Por ello, la interiorización del mundo con las sensaciones como caseta migratoria (tocar y ser tocado, oler y ser olido, ver y ser visto, racionalizando la realidad que impacta en el cuerpo-sentimiento) es un área crítica de investigación sociológica, ya que por su omnipresencia se convierte en una fuente del conocimiento de lo social a partir de lo socio-sensorial del conocimiento (lo sentido concreto que pasa a concreto pensado). El acto de tocar, social e íntimamente, ha sido obviado por la sociología, y de hecho es minimizado para privilegiar lo virtual (ausencias), lo que nos impide sentir al otro, depredando la memoria y las emociones -como parte de la conciencia- que modifican nuestro comportamiento, en el entendido de que, por ejemplo, la piel tocando otra piel constituye, culturalmente, una construcción moral de la realidad, ya que permite sentir el dolor y las alegrías ajenas.

Los sociólogos rara vez estudiamos los cuerpos-sentimientos y hemos descuidado el abordaje de la cotidianidad presencial como factor elemental de la conciencia social. Y es que las sensaciones, en tono sociológico, el sentir al otro en las relaciones sociales para hacer tangible la vida, implica lo simbólico y real, y esto amerita estudiarse. La piel marca los límites del mundo externo para hacerlo interno; es un símbolo de posición social, en tanto mantiene distancias para marcar el espacio privado. Las sensaciones -gratas o no- que se ocultan en la piel son las cicatrices de la nostalgia presencial, tanto de la solidaridad orgánica que cambia la historia de un país, como del acto sexual que desenmascara la identidad secreta, y por eso se cuelan en el laberinto de la mercancía y en el púlpito de la política. Las sensaciones que nacen cuando tocamos al mundo y el mundo nos toca, son expresiones explícitas de lo que somos como signo de identidad que va de lo tangible a lo simbólico y viceversa.

Como ser social, recordamos a partir de la sucesión de rozamientos que nos ponen en contacto con los otros: la leve textura y temperatura de cuando perdimos la inocencia en una calle sin testigos, ni nombres propios, ni penicilina; los colmillos del torturador en la cárcel clandestina; el calor de los brazos de la familia orando por los frijolitos a tiempo; el frío del confesionario dominical que olía al incienso del pecado carnal. Literalmente, nuestra piel es capaz de sentir el aroma de los días festivos que forjan la conciencia social, caricia a golpe, porque ésta entra por los poros y hace tangible, como si fuera propio, el dolor de quienes viven en la miseria más hiriente. Y entonces comprendemos que la conciencia sólo es posible en las relaciones sociales piel a piel, ya que las presencias son las que le dan razón de ser a nuestra esencia.

La casa, la calle, la iglesia, la escuela, la universidad son los lugares de encuentro de los cuerpo-sentimientos, y son los territorios propicios para sembrar y cosechar recuerdos que permanecen a flor de piel en el imaginario. Todos recordamos, como algo cercano y real: la textura indecible de las manos milagrosas de la abuela curándonos la calentura; la firmeza del lápiz con el que dibujamos nuestra primera gatita; la densidad tibia de la sangre del compañero que fue masacrado a plena luz del día de la dictadura militar o la pandilleril, sangre que se convirtió en parte orgánica de la conciencia utopista; la viscosidad fría del engrudo con el que, a solas y en silencio, pegamos nuestros recuerdos, indeciblemente cívicos, en la boca de una urna mentirosa colocada, adrede, bajo el inclemente sol de una calle desolada; el cosquilleo de las gotas de sudor que, una a una, bajan por el cuerpo después de jugar futbol por las tardes o trabajar, sin descanso, en la fábrica sin horas extras. La realidad tiene textura, olor, color, sonido y sabor en el imaginario, debido a que las sensaciones son una forma de memoria pactada con la conciencia a partir del ser social y, por eso, perduran más allá de sí mismas para que no seamos los mismos… ni lo mismo.