El octavo día

Por Nelson López Rojas

El octavo día no figura en los libros sagrados, pero existe. Es el día de la costumbre. El día en que dejamos de crear y empezamos a repetir. Es el día que hemos adoptado ya no como mito ni como excepción, sino como norma. El mundo no se detuvo cuando Dios descansó; siguió funcionando solo, y ahí empezó el deschongue.

En ese día nació la habilidad humana para acostumbrarse a todo con la frasecita “es que así es”. Nos acostumbramos a la desigualdad obscena, a la devastación lenta y a la mentira bien vestida. Aprendimos a decir “después” como quien aprende a rezar sin fe, pero con disciplina porque nos han dicho que “Dios tarda, pero no olvida”. Va. Después vemos. Después arreglamos. Después lloramos.

El octavo día fue de inercia, de repetir por cansancio. He visto a la gente que regresa de sus trabajos con cara de que no les da más la vida. Se levantan a las 3 para tomar el bus a las cuatro y llegar a la capital justo para marcar en su trabajo. Y de ahí de regreso. Vaya vida. Todo el mundo anda cansado. Todo el mundo anda con sueño. El maldito tráfico nos atrapa la vida y nadie hace nada.

Hoy la gasolina casi llega a cinco dólares y nadie dice hoy no uso el carro. Nadie lo piensa siquiera. El volante es extensión del ego y la calle es un derecho individual, nunca una responsabilidad colectiva. El octavo día nos convenció de que el problema siempre es externo y no nos responsabilizamos: el gobierno, el mercado, el mundo, mi pareja, hasta el perro, pero nunca nosotros. Ahí nacieron las excusas, ese evangelio miserable del presente cuando decimos que no fue mi culpa, siempre fue así, no se puede hacer nada. Frases que intentan justificar la realidad del salvadoreño.

El octavo día algún hermano lejano o chino explotador miró la tierra y no vio vida, sino un inventario. Y por eso a nadie le ha importado nunca la finca El Espino. Se habla de desarrollo mientras se tala y se ahuyenta la fauna; se habla de futuro mientras se elimina cualquier posibilidad de él para los pobladores y para todos nosotros. El alma verde molesta porque no produce dividendos inmediatos. ¿Acaso no hay que recordar a aquel infame alcalde Mario Valiente que vendió el cuento del Parque de los Pericos y dejó ruinas? Ah, bad rep, dicen. Hay que llamarlo Bicentenario sobre la Avenida Jerusalén y ponerle un jardín colgante como distractor. Cambiar el nombre fue suficiente, pues en el octavo día, rebautizar es absolver.

Dicen que Ya viene la Copa Mundial de la FIFA, que ya viene Snoop Dogg, y respiramos tranquilos. Y eso me entusiasma más que cualquier dato arqueológico, sobre agua, el aire o el territorio. El espectáculo es la forma moderna de la fe y creemos en él porque nos distrae. Mientras haya escenario, nadie mira el suelo que se hunde o el estadio que se inunda.

Mientras tanto, Estados Unidos exige que se abra el Estrecho de Ormuz, como si no hubiera contribuido a cerrarlo. El octavo día funciona así: incendiar primero, reclamar después, y presentarse siempre como víctima.

Y desde otro escenario, China habla de “un futuro compartido”. La frase es perfecta y nos da la bienvenida a la BINAES. Me gusta la frasecita, suena solidaria y no compromete a nadie ahora. El futuro se comparte, mientras el presente se privatiza y se aparta a los vendedores feos del centro.

“Yo a Dios se lo dejo todo” —dice mi madre ante la indiferencia del barbudo que poco a poco nos expulsa del paraíso, o del Centro Histórico que  es lo mismo. Dios ya entendió algo que a nosotros nos cuesta aceptar y es que no hay peor castigo que dejarnos hacer lo que hacemos.

Y Dios mira, pero no castiga ni corrige. Es como que si ya se dio por vencido, como si se burlara de nosotros porque llamamos progreso a la ruina, parque a la devastación, y
normalidad a seguir igual aunque todo arda. Dios mira cómo la gasolina sube y nadie se detiene; mira cómo anunciamos conciertos mientras enterramos árboles; mira cómo pedimos pasos abiertos después de cerrar todas las salidas; mira cómo decimos futuro para no hablar del presente; mira cómo nos emocionamos con el Mundial porque ya no sabemos emocionarnos juntos por nada más.

El experimento divino ya está claro y aquí no metan a Dios.

Ya Dios no interviene, y no es porque no quiera ni porque no pueda, sino porque ya entendió que el problema no son los viernes de milagros, sino una humanidad que confunde vivir con acostumbrarse. En el octavo día nació el ruido para no pensar y la prisa para no sentir. Todo lo quieren para ayer. El tiempo dejó de ser vida y se volvió rendimiento y productividad y si no es rentable, estorba. Desde entonces vivimos en el octavo día. Un día eterno, sin pausa, sin culpa, sin memoria. Un día donde todo se destruye con la misma naturalidad con la que se publica.

Y seguimos adelante no porque tenga sentido, sino porque detenerse implicaría pensar. Y así hemos seguido por los siglos de los siglos, ________.