El Macondo Latinoamericano (1 de 4)
Por: José Arnoldo Sermeño Lima
Buscándome líos
Roque Dalton
La noche de mi primera reunión de célula llovía
mi manera de chorrear fue muy aplaudida por cuatro
o cinco personajes del dominio de Goya
todo el mundo ahí parecía levemente aburrido
tal vez la persecución y hasta la tortura diariamente soñada.
Fundadores de confederaciones y de huelgas mostraban
cierta ronquera y me dijeron que debía
escoger un seudónimo
que me iba a tocar pagar cinco pesos al mes
que quedábamos en que todos los miércoles
y que cómo iban mis estudios
y que por hoy íbamos a leer un folleto de Lenin
y que no era necesario decir a cada momento camarada.
Cuando salimos no llovía más
mi madre me riñó por llegar tarde a casa.
Mis lágrimas, hasta mis lágrimas
endurecieron
Siguiendo el título de este poema de Roque, preveo que me busco líos con algunos miembros de la izquierda al tocar el tema del nepotismo en los casos cuando ella ha llegado al poder en algunos países latinoamericanos.
Nos centramos en la izquierda no solo porque para llegar al poder -electoralmente o no- se considera que será un ejemplo de moralidad y así enarbola banderas de esperanza para las clases más humildes y otros sectores progresistas. Lamentablemente no siempre lo cumple al conquistar el poder, y eso afecta directamente las esperanzas de las masas que cifraron en ellos tanta esperanza. Así es que el objeto de estas páginas no es dirigido a los gobiernos de derecha, a quienes hemos criticado en otras ocasiones.
Es decir, nos centramos en la izquierda porque cada intento fallido va acompañado por mártires que ofrendaron su vida y otros que se vieron afectados en su salud; también por familias que anularon sueños y por países que ahogaron esperanzas. Por ellos como objetivos centramos estas páginas, por haber desaprovechado oportunidades valiosas.
¿Pero quién soy? ¿Un doctor Thomas Stockmann en Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen, cuyos amigos se enemistan por revelar la verdad al afectarles intereses económicos? ¿O un Quijote que es tomado por loco por defender la justicia? ¿O un Raskolnikov, que cree actuar por una “idea superior” en Crimen y Castigo, que cree actuar por una idea superior? ¿O un Javert que en Los Miserables persigue la ley y “lo correcto” legalmente, pero termina afectando a otros? ¿O Antígona, de Sófocles, quien hace lo correcto moralmente al enterrar a su hermano, pero afecta a otros?
Obvio que estas letras no tienen la profundidad de esas obras maestras. Sólo espero no causar el daño que en ellas se refleja por querer hacer lo correcto. Pero, por otra parte, guardar silencio ante lo actuado por alguna izquierda en el poder es volverse cómplice de los sueños que ella rompió a millones esperanzados.
Nos centraremos en un tema: el nepotismo -por su asociación con la corrupción-, herencia de la derecha que no debería existir en las experiencias de izquierda en el poder. Debería haber una diferencia radical con ellos, y no repetirlos. Sin embargo -sin profundizar en estas entregas- no obviamos al menos mencionar otros dos elementos claves en esos intentos fallidos: en primer lugar, el que estos partidos se hagan llamar de izquierda, y no impartir -los dirigentes- ni buscar -las bases- formación en la amplia producción política que la izquierda ha generado desde la elaboración de los clásicos del materialismo científico. En segundo lugar, tampoco la mayoría de estos partidos, una vez en el poder, se han distinguido por una administración efectiva -es decir: eficiente, eficaz y proba-, en la generación, supervisión y ejecución de planes, programas y proyectos de desarrollo, preparados para medir su impacto socioeconómico y ambiental una vez entrados en ejecución y, posteriormente, en producción.
Este artículo se trasmite al lector en cuatro entregas: en esta primera evocamos al Macondo latinoamericano, donde -quizás- García Márquez nos dejó algunas claves sobre este tema, lo que trataremos de analizar a manera de hipótesis. En la segunda repasaremos puntualmente lo escrito sobre el nepotismo por tres teóricos del marxismo: Lenin, Gramsci y Ho Chi Minh. En la tercera entrega pasaremos revista a señalamientos de prensa sobre algunos casos en los que la izquierda latinoamericana en el poder ha sido señalada por casos de nepotismo y, por derivación, de corrupción. Finalmente, cerramos la cuarta entrega con reflexiones finales sobre el tema.
Para iniciar este artículo, volvamos al poema de Roque que sirve de epígrafe y nos hace evocar las reuniones de célula, que empezaban con una práctica que lamentablemente pareciera que la izquierda latinoamericana actual ha dejado en desuso, y que hubiera podido ayudarle a evitar errores como el que es objeto de estas entregas: se iniciaba con una autocrítica de los reunidos, empezando por el Responsable del grupo, y cada miembro hacía su parte hasta que el círculo se cerraba, planificando entre todos a la vez cómo mejorar en cada una de las tareas encomendadas, así como también cómo mejorar actitudes y corregir desviacionismo en los congregados, lo que evidentemente requería de madurez y buena dosis de humildad.
Pareciera que pocos de los actuales militantes de izquierda a lo largo y ancho de este Macondo latinoamericano mantienen esa práctica, teniendo como resultado que prácticas nocivas -como el nepotismo cuando están en el poder- no se han puesto en cuestión, ni mucho menos se han tomado medidas para erradicarlas. Si bien Melquíades no tenía entre sus artes la toma del poder, sí puede pensarse que el Gabo y los otros miembros del Boom latinoamericano en alguna medida dieron su contribución -por modesta que fuera- a que la segunda mitad del siglo XX trajera una serie de triunfos para esa izquierda primigenia, que a pesar de sus errores y limitaciones -incluyendo la falta de acceso a sus clásicos- enfrentó y sobrevivió a represiones atroces, desapariciones impunes y/o crueles asesinatos, vuelos militares que regresaban sin los prisioneros que los habían abordado, sacerdotes y monjas cuyo pecado fue llevar solidaridad a los desposeídos de esta tierra, obispos asesinados simplemente por pregonar la verdad, universidades cerradas por expandir el horizonte de sus estudiantes, docentes-sacerdotes cuya sangre abonó un cambio que nunca llegó; todo ello enfrentando a abogadillos sin escrúpulos, fiscalías y jueces inexistentes en la práctica y vergüenza de sus profesiones, cárceles inhumanas, torturas sin misericordia, prensa cómplice, etc.
Pero estas líneas no están dedicadas a señalar las crueldades a las que fue sometida la izquierda a lo largo de décadas, pues los regímenes de derecha en Latinoamérica han mostrado un amplio repertorio de abusos de todo tipo a lo largo de la historia, los que han sido ampliamente documentados. Sería la de nunca acabar; incluyendo dentro de ello al nepotismo de derecha e incluso la formación de prolongadas y crueles dinastías. No vamos a abundar en ello por ser un tema ampliamente documentado y principalmente por escapar al objetivo de estas líneas, que se centran en quienes no deberían exhibir esos vicios: los sobrevivientes de esos regímenes o sus descendientes políticos, exponiendo qué tan inocentes o implicados en esa lacra se encuentran los gobiernos de izquierda en la región.
Empecemos con la primera entrega:
Sería muy necio quien niegue los vínculos de Gabriel García Márquez con la revolución cubana y, especialmente, con Fidel Castro; a pesar del “incidente” del caso Padilla: el encarcelamiento del intelectual cubano Heberto Padilla el 20 de marzo de 1971 y de su esposa Belkis Cuza Malé, acusados de actividades contrarrevolucionarias, tuvo como reacción una carta de protesta de intelectuales de reconocido prestigio en las izquierdas europeas y latinoamericanas -publicado en Le Monde el 9 de abril-, donde el Gabo figuraba entre los firmantes; así como también -entre otros- Jean-Paul Sartre, Simone de Beuvoir, Susan Sontag, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Juan Goytisolo, Marguerite Duras, etc. García Márquez aclaró posteriormente que al momento en que circuló la carta pidiendo firmas él se encontraba de viaje por las Antillas, y que su amigo Plinio Apuleyo Mendoza no pudo localizarle y dio la autorización sin poder consultarle.
Inmediatamente se retiraron todas las obras de los firmantes de esa carta en las librerías de la isla. Se prohibió además la publicación de una entrevista a Julio Cortázar en La Gaceta de Cuba y se suspendió la adaptación televisiva de un cuento de García Márquez. Como resultado de la presión internacional, Padilla y su esposa fueron liberados. Las autoridades cubanas organizaron una conferencia de prensa donde Padilla tuvo que leer una supuesta confesión sobre sus presuntas traiciones. Esto provocó una segunda carta de intelectuales criticando la falsedad de esa práctica, la que fue publicada el 20 de mayo y en la que ya no se contó con la firma de García Márquez ni de Cortázar.
Luego, en carta a Carlos Fuentes (23 de mayo de 1971), quien sí firmó ambos pronunciamientos, García Márquez le dijo: “…verás que he optado por la ´descarga´, como dicen precisamente los cubanos, porque me siento incapaz de organizar un texto sistemático: habría demasiado que analizar, que estudiar, que definir; solamente creo que a pesar de sus errores evidentes, sus torpezas e incluso sus groserías (¡un día te contaré la conducta de la gente de la embajada conmigo después de la primera carta!), el hecho de que la Revolución cubana sigue siendo algo que en esencia difiere de lo que pasa en nuestros múltiples gorilatos me obliga a estar con ellos, sin callar mi punto de vista, negándome al ucase -mandato autoritario- de Fidel”. (Las Cartas del Boom, Alfaguara, pp 352-354)
Es decir, el mal menor…
El Fin del Macondo Latinoamericano
A pesar de ese incidente, la amistad entre Fidel Castro y García Márquez fue pública, alejándose de las disensiones que otros miembros del Boom latinoamericano mostraron en varios momentos con la revolución cubana.
Pero -en nuestra opinión- en “Cien Años de Soledad” García Márquez dejó plasmada aparentes metáforas –como el aislamiento inicial de la región, la llegada de extranjeros, la intervención y maltrato por estos (masacre en las bananeras), la violencia política, el olvido histórico, la repetición sin fin de tragedias, etc…y lo peor, quizás: un futuro poco promisorio.
Macondo está marcado con procesos difícilmente explicados por la ciencia actual: lluvias que duran años, ascención al cielo, fantasmas que conviven con los vivos, etc reflejando una visión donde mito, historia y realidad se mezclan para dar un resultado en el que no puede separarse la verdad de la imaginación.
Ambiciones, incapacidad de aprender del pasado y muchos errores más se encuentran a lo largo de múltiples generaciones en la novela, así como también en la historia de América Latina.
Para nuestro propósito enfatizaremos en el final de “Cien años de Soledad”, marcado por el nacimiento del hijo de Aureliano (Babilonia) y Amaranta Úrsula, quien nace con cola de cerdo, premonizando el fin de Macondo y… ¿lo que viene para América Latina?
La relación sanguínea entre los padres del niño es de tía y sobrino: Amaranta Úrsula es hija de Fernanda del Carpio y Aureliano Segundo. Mientras que Aureliano (Babilonia) es hijo de Renata Remedios (Meme) —hermana de Amaranta Úrsula— y de Mauricio Babilonia. Por lo tanto, Aureliano (Babilonia) es sobrino de Amaranta Úrsula, lo que convierte su relación en incestuosa.
Ese hijo con cola simboliza el cumplimiento de la antigua profecía de los Buendía: que un descendiente nacería con una deformidad por causa del incesto; lo que Úrsula Iguarán temió a lo largo de toda su vida, captado en la novela, cola que sería símbolo precursor de la catástrofe total.
El niño con cola es devorado por las hormigas, mientras su padre se dedica a descifrar los pliegos dejados por Melquíades y a descubrir que el sino de la familia estaba predestinado desde el principio, y de generación en generación no hubo más que repetición de lo mismo.
En la novela, el incesto -que, insistimos, conjeturamos a García Márquez utilizándolo como símbolo del nepotismo en la política criolla-, lo encontramos en las revoluciones que surgen en el Macondo latinoamericano: el “ahora es mi turno”, que incluye al nepotismo.
Pero empecemos por el principio: a Macondo lo fundan expedicionarios que podrían equipararse a los asiáticos que llegaron a América sea por el estrecho de Bering o por las islas del océano Pacífico; capitaneados aquellos por José Arcadio, que en su lugar de origen ha asesinado a su pasado, representado por Prudencio Aguilar. Pero quedan aislados conviviendo con lo mágico, hasta que llegan extranjeros -representados en la novela por gitanos-, llevándoles un supuesto modernismo (hielo, imanes, etc), mientras que José Arcadio troca sus dotes de urbanista -cuando diseñó al pueblo- por intentos científicos, incluyendo la búsqueda de la piedra filosofal; como nuestros “líderes”, que prometen resolverlo todo.
La llegada de extranjeros va acompañada por el abuso, incluyendo la masacre en las bananeras, la violencia política, el olvido histórico, la repetición sin fin de tragedias, un sin número de alzamientos, etc…y -como ya lo adelantamos- lo peor: un futuro poco promisorio para ese Macondo latinoamericano.
Las revueltas del coronel Aureliano Buendía hacen pensar en las gestas independentistas latinoamericanas durante el siglo XIX, haciendo caso omiso de los alzamientos autóctonos; es decir, la victoria de los criollos -españoles nacidos en América- y el cambio de amo para la población aborigen, como lo concibe Severo Martínez Peláez en La Patria del Criollo. A esto sigue la incorporación de Macondo a la economía global con la llegada del ferrocarril, el telégrafo y empresas extranjeras, como la bananera -de donde deriva el sobrenombre para estos países en el “primer” mundo-; a lo que los trabajadores responden con una huelga que es disuelta a sangre y fuego por el ejército, lo que el gobierno nunca aceptó que ocurrió, y terminó -como siempre- en el olvido; simbolizando la historia de múltiples países, como Colombia, Honduras, El Salvador, etc, aunque en este último la causa del alzamiento indígena deriva de la expoliación de los ejidos y las tierras comunales indígenas décadas atrás.
El desgaste posterior es representado simbólicamente en la novela por una lluvia eterna. Mientras tanto, los nombres y costumbres se repiten de generación en generación, como símbolo del peso del pasado, hasta que el último Buendía -como ya se indicó- descifra los pergaminos del gitano Melquíades y se da cuenta que el sino de Macondo estaba marcado desde el inicio, indicando que el pueblo desaparecería cuando se cumpliera la profesía del incesto, lo que viene acompañado por un viento apocalíptico que destruye al pueblo.
Úrsula Iguarán -pilar de la familia y del pueblo, como la mayoría de mujeres latinoamericanas- tiene desde el inicio miedo a los efectos del incesto, tanto por el encierro de las familias fundadoras -que sólo ella desafía- como también por la repetición del destino -la relación de Aureliano José y Amaranta es una muestra inicial del patrón-, y se transmite a lo largo de la novela mostrando el deseo incestuoso recurrente en la familia -que para nuestra hipótesis representa al nepotismo atávico en los gobiernos latinoamericanos-, anticipando la tragedia final, que se vincula con el olvido, o sea la incapacidad de aprender del pasado.
¿Qué casos concretos muestra la historia de nepotes en la izquierda latinoamericana cuando llega al poder, que permita equipararlo con ese incesto novelesco? ¿Sería eso un mensaje cifrado que dejó el Gabo en su obra máxima? Ya adelantamos que en la tercera entrega pasaremos revista a algunos casos concretos de nepotismo en los autodenominados gobiernos de izquierda latinoamericanos, mientras que en la próxima entrega recordaremos algunas sentencias que sobre este tema emitieron algunos clásicos del marxismo, doctrina que los gobiernos de la izquierda latinoamericana dicen profesar; y en la cuarta y última entrega reflexionaremos al respecto.