El imperio del chambón

Una reflexión sobre la mediocridad profesional y la arrogancia del desconocimiento en la sociedad contemporánea.

Zarko Pinkas-Ramírez |

Una reflexión sobre la mediocridad profesional y la arrogancia del desconocimiento en la sociedad contemporánea.


Hay una frase popular que dice que mientras más conocemos a la gente, más queremos a nuestro perro. Puede parecer exagerada o injusta con la humanidad, pero a veces la experiencia cotidiana hace pensar que detrás de ese sarcasmo hay algo más que una simple broma.

No se trata de odiar a las personas ni de caer en una misantropía fácil, sino de convivir repetidamente con individuos que hacen mal su trabajo y que, además, reaccionan con molestia cuando alguien se atreve a señalarlo.

En algunos países de América Latina, existe una palabra bastante precisa para describir ese fenómeno: chambón. Un chambón es alguien que hace algo mal hecho, de forma descuidada o incompetente, pero que al mismo tiempo cree sinceramente que lo está haciendo bien. El problema no es el error, porque equivocarse es inevitable en cualquier actividad humana; el problema es la combinación de mediocridad, seguridad excesiva y negación de responsabilidad. El chambón no solo comete errores, sino que discute con quien los señala y termina convencido de que el problema está en los demás.

Los ejemplos aparecen todos los días en la vida cotidiana. Está el pintor de autos que entrega un vehículo con la pintura irregular o con manchas evidentes, pero que cuando el cliente señala el problema responde con una cadena de excusas improvisadas. Dice que el material no era bueno, que el vehículo es así o que por el precio pagado no se puede pedir más, como si la realidad tuviera la mala costumbre de equivocarse. Lo mismo ocurre en muchos servicios técnicos donde un trabajo mal hecho termina justificándose con explicaciones cada vez más absurdas, mientras el cliente intenta entender cómo algo tan evidente puede convertirse en motivo de discusión.

Algo parecido ocurre en el transporte público de muchas ciudades latinoamericanas. Conductores que manejan como si la calle fuera una pista de carreras, que ignoran normas básicas de tránsito y que tratan a los pasajeros con una mezcla de indiferencia y agresividad. Cuando alguien se atreve a reclamar por una maniobra peligrosa, la reacción suele ser inmediata: insultos, amenazas o una explicación sobre lo difícil que es el trabajo del conductor. El problema, curiosamente, nunca es la conducción temeraria; el problema es el pasajero que tuvo la osadía de notarla.

Sin embargo, conviene hacer una distinción importante para evitar confusiones. No se puede llamar chambón a alguien que está aprendiendo un oficio o que comienza a trabajar por necesidad sin tener todavía la experiencia suficiente. Un aprendiz que comete errores necesita orientación y supervisión, porque el aprendizaje siempre implica equivocaciones. El verdadero problema aparece cuando quien debería guiar ese proceso tampoco sabe lo que está haciendo, de modo que la falta de conocimiento se reproduce en cadena y termina convirtiéndose en una cultura de la mediocridad.

Esto se ve con claridad en muchos talleres, empresas o instituciones donde el jefe es precisamente el más incompetente del grupo. Si la persona que dirige un trabajo no sabe hacerlo correctamente o no tiene interés en enseñar cómo se hace bien, los aprendices inevitablemente terminarán repitiendo los mismos errores. La chambonería, en ese sentido, también se transmite como una herencia profesional: el jefe chambón forma empleados chambones, y estos a su vez perpetúan la misma lógica cuando les toca asumir responsabilidades.

Pero sería un error creer que el fenómeno se limita a oficios manuales o trabajos técnicos. También aparece con notable frecuencia en espacios profesionales donde, en teoría, debería existir mayor rigor. En muchos ambientes laborales se ha instalado una paradoja curiosa: personas con muy poca experiencia que hablan con una seguridad absoluta sobre temas que apenas conocen. La era digital ha producido una ilusión particularmente seductora, según la cual ver algunos videos en internet equivale a dominar una disciplina.

Basta con revisar redes sociales para encontrar expertos instantáneos en epidemiología, geopolítica, psicología, astronomía o filosofía. El requisito principal no parece ser el conocimiento sino la seguridad con la que se expresan las opiniones, como si la convicción personal pudiera reemplazar años de estudio. Cuando alguien con más experiencia intenta corregir un error, aparece otra manifestación contemporánea del problema: la descalificación automática de quien tiene más edad o más trayectoria, como si la experiencia fuera una forma de atraso.

Basta con revisar redes sociales para encontrar expertos instantáneos en epidemiología, geopolítica, psicología, astronomía o filosofía. |

Sin embargo, la prudencia intelectual consiste precisamente en reconocer los límites del propio conocimiento. Nadie puede saberlo todo y nadie puede dominar todas las disciplinas. Por esa razón, hay personas que prefieren no opinar sobre temas que no dominan. En mi caso, por ejemplo, no opino sobre asuntos médicos ni veterinarios, no porque no me interesen sino porque entiendo que existen especialistas que han dedicado décadas de estudio y práctica a esas materias. Respetar ese conocimiento no es una forma de sumisión, sino una forma de honestidad intelectual.

Hace algún tiempo circuló en Argentina un episodio bastante revelador sobre este fenómeno. En una entrevista televisiva, un periodista interrogaba a un médico sobre la muerte de un paciente durante un procedimiento y sostenía con insistencia que la causa había sido la anestesia. El médico explicó con calma que no era así y ofreció una explicación técnica breve, pero el periodista volvió a insistir con la misma afirmación como si su intuición tuviera el mismo peso que el conocimiento profesional del especialista. Fue entonces cuando el médico, visiblemente irritado, respondió con una pregunta que resumía perfectamente la situación: si usted ya sabe la respuesta, ¿para qué me está preguntando a mí?

La escena era incómoda, pero también profundamente reveladora. El periodista no estaba buscando información sino confirmación de una idea previa, lo que equivale a discutir con un especialista desde una posición de falsa igualdad. Esa actitud representa una de las formas más comunes de la chambonería contemporánea: la convicción de que cualquier opinión vale lo mismo que años de estudio o experiencia profesional.

Las redes sociales han amplificado este fenómeno de manera extraordinaria. Hoy cualquier persona puede opinar sobre cualquier tema frente a miles de espectadores, y en ese escenario ocurre algo curioso: la seguridad con la que alguien habla suele pesar más que la solidez de lo que dice. De esa manera, internet se ha convertido para muchos en una especie de universidad improvisada donde los títulos se otorgan a base de visualizaciones y seguidores, mientras los verdaderos especialistas deben competir con una multitud de expertos autoproclamados.

El verdadero profesional puede equivocarse, pero reconoce el error y lo corrige cuando es necesario. El chambón, en cambio, rara vez admite responsabilidad y casi siempre encuentra una excusa para justificar lo ocurrido. La culpa termina siendo del cliente, del material, del sistema o de cualquier circunstancia externa que resulte conveniente mencionar en ese momento.

Tal vez por eso la frustración se ha vuelto una emoción cada vez más frecuente en la vida cotidiana. No porque la gente espere perfección, sino porque cada vez resulta más difícil encontrar algo mucho más simple: responsabilidad y honestidad profesional. La mayoría de las personas entiende que los errores ocurren, pero lo que resulta intolerable es la combinación de incompetencia con arrogancia.

Cuando una sociedad comienza a tolerar demasiados chambones ocurre algo más preocupante que un mal servicio o un trabajo mediocre. Empieza a deteriorarse la confianza, y esa pérdida de confianza termina afectando todas las relaciones cotidianas. Poco a poco las personas comienzan a desconfiar del mecánico, del médico, del técnico, del abogado o del asesor, de modo que cada interacción deja de ser una relación basada en la confianza y se transforma en una negociación defensiva.

Cuando la confianza se erosiona, algo fundamental se rompe en la vida social. Los oficios pierden prestigio, las profesiones dejan de ser espacios de responsabilidad y las instituciones comienzan a debilitarse. En ese clima, el profesional serio termina pareciendo una rareza y el charlatán empieza a confundirse con el experto, mientras la mediocridad avanza silenciosamente como si fuera una forma normal de hacer las cosas.

Quizás por eso, en ciertos momentos, aquella vieja frase vuelve a aparecer en la memoria. No porque los perros sean moralmente superiores a los seres humanos, sino porque al menos un perro no intenta convencerte de que un trabajo mal hecho está perfectamente bien hecho.