El hombre que vibraba alto: crítica al positivismo extremo

Galopando por los senderos de las buenas vibras, entre filtros color pastel y frases mal traducidas de las citas de filósofos que nunca dijeron eso, se acerca el ejército de cursis conscientes.

Por Zarko Pinkas-Ramírez

Dicen que en un barrio de calles gastadas vivió un hombre que veía todo con un optimismo tan irracional y fervoroso que parecía un rito religioso. Sonreía cuando le robaban los zapatos, daba gracias cuando el casero le subía la renta, y ofrecía disculpas cuando los pandilleros del callejón lo dejaban sin la mitad del salario. “Todo es aprendizaje”, murmuraba mientras limpiaba la sangre de su camisa.

Sus vecinos lo conocían como “el iluminado”. Él aseguraba que cada desgracia que le ocurría era “un mensaje del universo” y que su deber era recibirlo con la mansedumbre de un cordero. Cuando su esposa lo humillaba en la mesa, él lo justificaba diciendo que era parte de su evolución espiritual. Cuando el jefe lo hacía trabajar horas sin pagárselas, lo tomaba como un “reto vibracional”. Y cuando el bus lo dejó botado en la carretera en plena tormenta, creyó sinceramente que el cielo le estaba regalando una oportunidad para “reconectar consigo mismo”.

Dicen que murió de la misma forma: sonriendo. A la hora de enterrarlo, el sepulturero resbaló y dejó caer el ataúd dentro del hoyo de mala manera. La familia gritó, pero sus seguidores —los nuevos feligreses del positivismo absoluto— les exigieron guardar la compostura. “Él hubiera querido ver lo bueno en esto”, dijo uno mientras el ataúd se partía por un lado. “Es una oportunidad de transformación”, añadió otro, convencido de que dialogar con la madera rota era un acto de iluminación.

Ese fue su último legado: la afirmación absurda, casi cruel, de que la vida solo debía interpretarse desde la luz, incluso cuando la realidad era un golpe seco contra la tierra.

A ese tipo de pensamiento, tan difundido estos días, es al que nos enfrentamos.


Galopando por los senderos de las buenas vibras, entre filtros color pastel y frases mal traducidas de las citas de filósofos que nunca dijeron eso, se acerca el ejército de cursis conscientes. Vienen organizados, uniformados por el mismo algoritmo que les dicta cómo sentir, cómo “vibrar alto” y cómo bloquear a cualquiera que desafine con su mantra. Su dedo te señala, te etiqueta y te cancela cuando intentas salir de la tribu atrapada en la caverna de los espejismos motivacionales. No soportan que alguien encienda una linterna: podría arruinarles la iluminación LED que confunden con iluminación espiritual.

No hay peores sujetos en estos tiempos que aquellos que han adoptado como dogma una espiritualidad de supermercado, un positivismo prefabricado y hueco, listo para consumir en cápsulas de 30 segundos. Esta obsesión por ver todo desde la simpleza del humanoide positivo nos convierte en corderos anestesiados, dóciles, incapaces de cuestionar nada. La crítica —esa herramienta incómoda que evita que caigamos en el embrutecimiento colectivo— es vista ahora como una forma de mala educación emocional.

Estos nuevos “gurús” del bienestar, formados a punta de citas de Coelho, reels de autoayuda y talleres online dictados por gente que no supera un examen de lógica elemental, se permiten diagnosticar a cualquiera. Para ellos, quien se cuestiona la realidad es automáticamente “tóxico”, “vampiro energético” o “pesado”. Y en su evangelio emocional, esas etiquetas pesan tanto como una condena moral. El pensamiento crítico es ahora un pecado capital.

El fanatismo positivista cae en lo absurdo: considera una amenaza la más mínima queja sobre la realidad. No importa si la crítica es legítima, informada o necesaria. En su lógica de colores pastel, todo malestar es una falla personal. Dicen que la toxicidad viene de quien expresa su dolor, no de quien se desentiende. Paradójicamente, tildar a alguien de “tóxico” solo demuestra la profunda ignorancia que cargan sobre las relaciones humanas. Cuando una persona te cuenta sus problemas, no está intentando contaminarte: está confiando en ti, un acto que parece demasiado complejo para quienes viven bajo el mandato de “rodéate de gente que te sume”, como si las personas fueran inversiones de capital emocional.

La gente busca hablar porque vivimos en un mundo cada vez más solitario, saturado por máscaras digitales y actuaciones impostadas de bienestar. No hay que confundir la necesidad humana de apoyo emocional con las teorías baratas de estos filósofos de barro que venden soluciones fáciles, empaquetadas para satisfacer a las clases acomodadas del primer mundo. Para ellos, la pobreza, el desempleo o la violencia estructural se solucionan con decretos como “piensa bonito” o “cambia tu energía”. Es la versión contemporánea del “si eres pobre es porque no te esfuerzas”, pero con yoga y cuarzos.

Y hablando de yoga, muchos de estos iluminados del positivismo mezclan conceptos orientales sin entender absolutamente nada. Repiten un “namaste” de moda sin tener idea de que la India, cuna de esas filosofías, vive marcada por un sistema de castas que condena a millones a la miseria. Kshatriyas, Brahmins, Vaishyas, Shudras, y los que ni siquiera caben en la pirámide: los Dalit, los “parias”. Es irónico: quienes hoy se sienten espiritualmente superiores por hacer yoga caro e ir a retiros de desintoxicación emocional reproducen sin saberlo una lógica elitista que excluye, divide y segrega.

Este positivismo de boutique, mezclado con cuarzos rosados y discursos superficiales, se ha convertido en un accesorio de las clases privilegiadas que necesitan justificar su burbuja. Bendicen su indiferencia con un “no seas tóxico”, y así evaden cualquier responsabilidad o solidaridad hacia los problemas sociales que desangran Latinoamérica. Para ellos, la empatía es opcional; el mantra diario es “proteger mi energía”, aunque eso signifique dejar que el vecino se incendie solo.

Para quienes han sido tildados de tóxicos o parias emocionales, conviene recordar que grandes pensadores —Nietzsche, Schopenhauer, Kant, por mencionar algunos— ya advertían de estas conductas huecas, sin esencia crítica. Para ellos, evadir la realidad bajo la ilusión de la positividad perpetua era simplemente una forma de infantilización del intelecto.

Y, hay que decirlo, en una cosa tienen razón los positivistas: sí, hay que alejarse de personas que nos contaminan. Solo que la contaminación real no viene del que se atreve a cuestionar o expresar un malestar sincero, sino de quienes tildan a otros de tóxicos mientras practican la indiferencia como credo. Son ellos los verdaderos agentes contaminantes: su egoísmo personalista, su hedonismo disfrazado de espiritualidad y su incapacidad absoluta de empatizar corroen más que cualquier queja honesta.