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Por Alonso Rosales
El 3 de octubre de 1941, Adolf Hitler habló por radio ante el pueblo alemán y presentó la campaña contra la Unión Soviética como una victoria prácticamente consumada. La maquinaria militar alemana había avanzado cientos de kilómetros desde el comienzo de la Operación Barbarroja y enormes contingentes soviéticos habían sido cercados y destruidos.
Hitler tenía motivos para confiar en sus generales y en la capacidad de la Wehrmacht. Sin embargo, su confianza se transformaría en uno de los mayores errores de cálculo de la Segunda Guerra Mundial.
A las puertas de Moscú, la Alemania nazi descubriría que la Unión Soviética estaba lejos de estar derrotada.
El 22 de junio de 1941, la Alemania nazi lanzó la Operación Barbarroja, la mayor invasión terrestre de la historia hasta ese momento. Millones de soldados alemanes y de las potencias del Eje cruzaron las fronteras soviéticas en un gigantesco frente que se extendía desde el Báltico hasta el mar Negro.
El objetivo de Hitler no era simplemente conquistar territorio. La guerra contra la Unión Soviética tenía un profundo componente ideológico y racial. El régimen nazi concebía la campaña como una guerra de exterminio destinada a destruir el Estado soviético, eliminar a amplios sectores de su población y conquistar enormes territorios para el llamado Lebensraum, o espacio vital alemán.
Detrás del avance militar llegaron también las unidades de exterminio nazis.
Los Einsatzgruppen, apoyados por otras fuerzas de las SS, participaron en fusilamientos masivos de judíos, funcionarios soviéticos, prisioneros de guerra y civiles considerados enemigos por la ideología nazi. Poblaciones enteras fueron arrasadas y millones de personas quedaron sometidas al hambre, las deportaciones, los trabajos forzados y el asesinato sistemático.
La invasión soviética, por tanto, no fue únicamente una campaña militar. Fue también una guerra de exterminio.
Durante los primeros meses, la situación soviética fue dramática.
Los ejércitos alemanes capturaron enormes cantidades de territorio y rodearon grandes concentraciones de tropas del Ejército Rojo. Kiev, Smolensk y otras operaciones produjeron enormes pérdidas soviéticas.
La velocidad del avance alimentó la convicción de Hitler de que la Unión Soviética podía ser destruida en cuestión de meses.
Pero había un problema que la planificación alemana no había conseguido resolver: la Unión Soviética era inmensa y su capacidad de movilización era extraordinaria.
Mientras las fuerzas alemanas avanzaban, los soviéticos trasladaban industrias hacia el este, movilizaban nuevos contingentes y reconstruían unidades destruidas en los primeros meses de la invasión.
La guerra que Hitler había imaginado como una campaña rápida comenzaba a convertirse en una guerra de desgaste.
A finales de septiembre y principios de octubre comenzó la Operación Tifón, la gran ofensiva alemana destinada a conquistar Moscú.
La Wehrmacht volvió a conseguir importantes avances y cercó grandes fuerzas soviéticas en las batallas de Vyazma y Briansk. Parecía que la capital podía caer.
Las tropas alemanas llegaron a encontrarse a unas decenas de kilómetros de Moscú.
Pero entonces aparecieron dos enemigos que el mando alemán había subestimado: la resistencia soviética y el invierno ruso.
Las lluvias del otoño convirtieron los caminos en enormes extensiones de barro. Posteriormente llegaron las temperaturas bajo cero y las intensas nevadas.
Los vehículos alemanes comenzaron a sufrir averías. Las líneas de suministro se extendieron demasiado. Las tropas carecían de equipamiento adecuado para el frío y la ofensiva perdió velocidad.
La batalla por Moscú se transformó en una lucha desesperada.
En noviembre de 1941, las fuerzas alemanas intentaron nuevamente aproximarse a la capital.
Pero el Ejército Rojo había conseguido reorganizar sus defensas.
Además, tropas soviéticas procedentes del extremo oriental de la Unión Soviética fueron trasladadas hacia el frente de Moscú después de que Stalin recibiera información de inteligencia que indicaba que Japón no parecía dispuesto a atacar a la URSS en Siberia.
En diciembre comenzó la contraofensiva soviética.
El Ejército Rojo atacó las posiciones alemanas y obligó a la Wehrmacht a retroceder.
La imagen del ejército alemán avanzando victoriosamente por Europa comenzó a desaparecer.
Por primera vez durante la guerra, una gran ofensiva alemana había sido detenida y posteriormente rechazada.
Moscú no cayó.
Y las consecuencias fueron enormes.
La derrota alemana frente a Moscú no significó el final de la guerra ni una victoria definitiva soviética. Alemania todavía conservaba un enorme poder militar y volvería a lanzar ofensivas gigantescas en 1942.
Pero Moscú marcó un punto de inflexión.
Hitler había apostado a que la Unión Soviética colapsaría rápidamente. No ocurrió.
La guerra continuaría durante casi cuatro años más y terminaría llevando al Ejército Rojo desde las puertas de Moscú hasta Berlín.
La posterior victoria soviética tendría un precio humano inmenso.
Las estimaciones sobre las pérdidas soviéticas durante la Segunda Guerra Mundial rondan los 27 millones de muertos, entre militares y civiles. La mayor parte de esas víctimas fueron civiles.
La Unión Soviética pagó uno de los precios más altos de toda la guerra.
El peso del Frente Oriental fue decisivo para la derrota militar de la Alemania nazi.
Aunque Estados Unidos, Reino Unido y los demás aliados desempeñaron papeles fundamentales —incluyendo la guerra aérea, la batalla del Atlántico, el norte de África, Italia, el desembarco de Normandía y el enorme apoyo material proporcionado mediante el programa de Préstamo y Arriendo—, la Unión Soviética soportó el principal peso de la guerra terrestre contra Alemania durante gran parte del conflicto.
Una estimación ampliamente utilizada señala que aproximadamente tres cuartas partes de las bajas militares alemanas durante la Segunda Guerra Mundial se produjeron en el Frente Oriental, aunque la proporción exacta varía según el periodo, las fuentes y la forma de contabilizar las bajas.
En el este se libraron algunas de las batallas más gigantescas y sangrientas de la historia: Moscú, Stalingrado, Kursk, la Operación Bagration y la batalla por Berlín.
El ejército que Hitler esperaba destruir en 1941 terminó cruzando Europa en sentido contrario.
Después de resistir frente a Moscú, el Ejército Rojo derrotó al Sexto Ejército alemán en Stalingrado, destruyó grandes formaciones de la Wehrmacht en Kursk y lanzó en 1944 la Operación Bagration, que prácticamente destruyó al Grupo de Ejércitos Centro alemán.
En 1945, los soldados soviéticos llegaron a Berlín.
El 30 de abril, Adolf Hitler se suicidó en su búnker.
Pocos días después, la Alemania nazi capituló.
La bandera soviética ondeó sobre el Reichstag mientras el régimen que había iniciado la guerra más devastadora de Europa llegaba a su final.
La historia había dado la vuelta.
Aquel ejército que Hitler había presentado como derrotado en 1941 había terminado entrando en la capital del Tercer Reich.
La batalla de Moscú demostró que la guerra no podía ganarse únicamente mediante velocidad, tecnología o superioridad operacional.
La Alemania nazi había conquistado enormes territorios en poco tiempo, pero no consiguió destruir la capacidad soviética de continuar luchando.
Hitler confundió los éxitos iniciales con una victoria definitiva.
La Unión Soviética, a pesar de sus gigantescas pérdidas, movilizó millones de hombres, trasladó fábricas enteras hacia el interior del país, produjo cantidades enormes de armamento y convirtió la defensa de su territorio en una guerra total.
La soberbia alemana terminó chocando contra una realidad que cambiaría el curso de la historia.
Hitler quería conquistar Moscú. Terminó perdiendo Berlín.
Y entre ambos acontecimientos se encuentra una de las historias militares más brutales, sangrientas y decisivas del siglo XX: la resistencia soviética que convirtió la Operación Barbarroja, concebida como una campaña relámpago, en el largo camino hacia la derrota de la Alemania nazi.