El camino de revanchismo: el aliado clave de EE.UU. que apuesta por rearme y desafío a Rusia y China

Japón acelera su transformación militar, endurece su posición frente a Moscú y Pekín y abre un debate que durante décadas parecía impensable: la revisión de sus principios antinucleares. La disputa por las islas Kuriles vuelve a elevar la tensión entre Tokio y Moscú.

Por Alonso Rosales

Japón atraviesa una de las mayores transformaciones de su política de defensa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El país que durante décadas construyó su identidad internacional alrededor del pacifismo constitucional y de una política de fuertes restricciones militares está avanzando hacia una estrategia de mayor capacidad ofensiva, fortaleciendo su alianza con Estados Unidos y adoptando una postura cada vez más firme frente a Rusia y China.

La reciente visita del presidente ruso, Vladímir Putin, a Iturup, una de las islas Kuriles del Sur reclamadas por Japón, volvió a poner en primer plano una disputa territorial que permanece sin solución desde el final de la guerra. Tokio calificó el viaje como inaceptable y reiteró su reclamación sobre los llamados “Territorios del Norte”. Moscú, por su parte, sostiene que las islas forman parte de Rusia como resultado de la Segunda Guerra Mundial y que su soberanía no está en discusión.

El episodio ocurre en un momento especialmente delicado. El Gobierno de la primera ministra Sanae Takaichi ha endurecido su discurso hacia China y Rusia y ha colocado la seguridad nacional en el centro de su agenda política.

Más dinero para la defensa

El cambio también se refleja en las cifras. Japón ha aprobado un presupuesto militar récord superior a los 9 billones de yenes, unos 58.000 millones de dólares, lo que representa un incremento de 9,4 % respecto a 2025.

Una parte importante de estos recursos está destinada a ampliar las capacidades de las Fuerzas de Autodefensa, incluyendo el desarrollo y despliegue de misiles de largo alcance. En marzo, Tokio comenzó a desplegar misiles Tipo-12 con capacidad para alcanzar objetivos situados en territorio chino.

Para sus defensores, esta transformación responde al deterioro del entorno de seguridad en Asia-Pacífico. China incrementa su capacidad militar, las tensiones alrededor de Taiwán continúan creciendo y la disputa por las islas Senkaku, conocidas como Diaoyu en China, mantiene frecuentes episodios entre embarcaciones de ambos países.

Pero para sus críticos, Japón está cruzando una frontera histórica: la que separaba a una potencia económica protegida por una doctrina defensiva de un Estado dispuesto a recuperar una mayor capacidad militar.

El debate nuclear vuelve a Tokio

Uno de los aspectos más sensibles de esta transformación es el debate sobre las armas nucleares.

Japón mantiene desde 1971 los llamados tres principios antinucleares: no fabricar, no poseer y no permitir el despliegue de armas nucleares en su territorio. Sin embargo, figuras del Gobierno han comenzado a plantear públicamente la necesidad de revisar estas restricciones.

El debate tiene una enorme carga histórica para un país que sufrió los ataques atómicos de Hiroshima y Nagasaki. Cualquier modificación de esta política supondría un cambio trascendental no solamente para Japón, sino también para el equilibrio estratégico de Asia.

La posibilidad de una mayor presencia nuclear estadounidense en territorio japonés, junto con la percepción de un debilitamiento del paraguas nuclear de Washington, alimenta además las discusiones sobre si Tokio debe depender exclusivamente de la protección estadounidense o desarrollar nuevas alternativas de disuasión.

El artículo 9, en el centro de la disputa

La transformación también alcanza a la Constitución japonesa. El artículo 9 establece la renuncia a la guerra y limita la utilización de la fuerza como mecanismo para resolver disputas internacionales.

El sector conservador japonés busca modificar estas restricciones para otorgar un marco constitucional más amplio a las capacidades militares del país.

El debate tiene profundas implicaciones. Para unos, se trata de adaptar la legislación a las amenazas actuales. Para otros, representa el abandono progresivo del espíritu pacifista que Japón adoptó después de 1945.

China y Rusia han reaccionado con dureza ante esta evolución. Pekín acusa a Tokio de avanzar hacia una remilitarización y de minimizar su pasado militarista, mientras Moscú advierte sobre las consecuencias de alterar el equilibrio establecido después de la Segunda Guerra Mundial.

Un nuevo equilibrio en Asia

La cuestión de fondo trasciende la disputa por las Kuriles. Japón está redefiniendo su papel en una región donde Estados Unidos, China y Rusia compiten por influencia estratégica.

Washington considera a Tokio uno de sus principales aliados en Asia y ha impulsado durante años una mayor participación japonesa en la arquitectura regional de seguridad. China observa con preocupación el fortalecimiento militar japonés y su creciente coordinación con Estados Unidos.

Rusia, mientras tanto, interpreta el acercamiento de Japón a Washington como parte de una estrategia occidental de presión contra Moscú.

La visita de Putin a Iturup puede entenderse, en este contexto, como una demostración de que Rusia tampoco está dispuesta a ceder terreno frente al cambio de postura japonés.

Japón se encuentra así ante una encrucijada histórica: mantener los principios que definieron su identidad durante las últimas ocho décadas o convertirse en una potencia militar con mayores capacidades ofensivas y una participación más directa en las disputas estratégicas de Asia.

El riesgo es que el rearme destinado a aumentar la seguridad termine alimentando una carrera armamentística regional. En un escenario marcado por las tensiones entre Washington y Pekín, la guerra en Ucrania, la disputa por Taiwán y el fortalecimiento militar de varias potencias asiáticas, cualquier cambio en la doctrina japonesa tendrá consecuencias mucho más allá de sus fronteras.