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Por Alonso Rosales
Las palabras del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva no surgieron en el vacío. “Detengan este maldito bloqueo a Cuba y dejen que el pueblo cubano viva su vida”, dijo, recogiendo un sentimiento que durante años ha ido creciendo en distintos rincones del planeta. No se trata únicamente de una postura política: es un cuestionamiento ético, económico y humano a una de las políticas exteriores más prolongadas de la historia contemporánea.
El embargo —o bloqueo, como lo denomina el gobierno cubano y gran parte de la comunidad internacional— impuesto por Estados Unidos contra Cuba comenzó a inicios de la década de 1960, formalizándose en 1962. Eso significa que ha estado vigente por más de 60 años, superando ya las seis décadas de aplicación continua. Pocas políticas han perdurado tanto tiempo sin lograr los objetivos que se propusieron originalmente.
El objetivo declarado de estas sanciones fue presionar un cambio político en la isla. Sin embargo, la evidencia histórica muestra que, lejos de provocar una transformación del sistema, el bloqueo ha contribuido a profundizar las dificultades económicas del país, afectando directamente a la población civil. Restricciones al comercio, limitaciones financieras, obstáculos para adquirir medicamentos, tecnología y alimentos, han sido parte del día a día de los cubanos durante generaciones.
Aquí es donde el argumento de Lula adquiere relevancia: Cuba tiene problemas, sí, pero son problemas que deben resolverse dentro de Cuba, sin el peso adicional de una política externa que condiciona su desarrollo. La discusión ya no es ideológica, sino práctica: ¿ha funcionado el bloqueo? Después de más de 60 años, la respuesta más honesta parece ser no.
Cada año, la Asamblea General de las Naciones Unidas vota de forma abrumadora contra el embargo estadounidense. País tras país coinciden en que esta medida es anacrónica, ineficaz y perjudicial desde el punto de vista humanitario. Aun así, la política se mantiene, sostenida por decisiones internas de Estados Unidos más que por consenso internacional.
Mientras tanto, el pueblo cubano continúa resistiendo. Ha sobrevivido a crisis económicas severas, al colapso de su principal aliado en los años 90, a sanciones endurecidas en distintos periodos y a limitaciones estructurales que condicionan su crecimiento. Pero resistir no es lo mismo que vivir plenamente. Esa es la diferencia que subrayan voces como la de Lula.
El debate, entonces, no gira únicamente en torno a Cuba como Estado, sino al derecho de su población a desarrollarse sin presiones externas prolongadas. Levantar el bloqueo no resolvería automáticamente todos los problemas internos del país, pero eliminaría un factor que, sin duda, ha condicionado su economía y su inserción en el mundo.
Lula no está pidiendo un favor. Está planteando una exigencia que resuena cada vez más: que se permita a Cuba enfrentar sus desafíos sin asfixia externa. Que se deje atrás una política heredada de la Guerra Fría que, en pleno siglo XXI, parece cada vez más desconectada de la realidad global.
Porque después de más de seis décadas, la pregunta ya no es si el bloqueo debe continuar, sino cuánto tiempo más el mundo seguirá aceptándolo.
Cuba libre. No de sus decisiones internas. Libre del peso de una política externa que ha durado demasiado.