¿Dónde termina el amor?

A veces el amor no termina con una despedida, una traición o un último beso. A veces termina de una manera mucho más vulgar: entre la basura, en un inodoro o, con un poco de mala suerte, convertido en papel para limpiar la caca de un gato. Y quizá no haya mejor metáfora de nuestro tiempo que esa: aquello que alguna vez contuvo horas de emoción, pensamiento y memoria puede terminar siendo desechado en cuestión de segundos, como si nunca hubiera significado nada.

Zarko Pinkas |

A veces el amor no termina con una despedida, una traición o un último beso. A veces termina de una manera mucho más vulgar: entre la basura, en un inodoro o, con un poco de mala suerte, convertido en papel para limpiar la caca de un gato. Y quizá no haya mejor metáfora de nuestro tiempo que esa: aquello que alguna vez contuvo horas de emoción, pensamiento y memoria puede terminar siendo desechado en cuestión de segundos, como si nunca hubiera significado nada.


Hay preguntas que uno preferiría no hacerse, porque cuando aparecen ya no hay manera elegante de responderlas. Una de ellas es esta: ¿dónde termina el amor cuando deja de ser amor para alguien? La respuesta puede ser mucho menos poética de lo que imaginamos. Puede terminar en un inodoro. Puede terminar en un basurero. Puede terminar, si existe un gato en la casa y alguien tiene suficiente sentido práctico, en el arenero, convertida en instrumento para recoger aquello que el animal decidió dejar detrás de sí.

Hace poco encontré unos poemas y unas cartas dentro de un ejemplar de El Conde de Montecristo el cual me fue regalado. No eran papeles cualquiera. Alguien los había escrito durante algún momento de su vida y estaban dirigidos a otra persona, un hombre. Había allí palabras cuidadosamente escogidas, pensamientos, emociones, probablemente noches enteras convertidas en tinta. Había, en definitiva, una parte de una existencia humana depositada sobre el papel. Al comentarle a un familiar de aquella persona que tenía esos textos y preguntarle si los quería, la respuesta fue sencilla, práctica y brutal: que los botara al inodoro o que los utilizara para limpiar la caca del gato.

Y ahí aparece la pregunta.

¿Dónde termina el amor?

Quizá termine exactamente donde empieza la utilidad. Mientras alguien nos ama, sus palabras son importantes. Mientras alguien nos desea, sus cartas son tesoros. Mientras alguien nos pertenece —o creemos que nos pertenece—, conservamos fotografías, mensajes, regalos, poemas, canciones y hasta servilletas en las que alguien escribió una frase. Pero basta que cambie la relación, que aparezca otra persona, que cambie nuestra posición social o que simplemente desaparezca el interés, para que aquello que ayer parecía sagrado se convierta en basura.

Tenemos una curiosa capacidad para destruir retrospectivamente lo que alguna vez amamos. No basta con dejar de amar. Parece necesario declarar que aquello nunca tuvo valor. Y quizá ahí aparece una de las formas más refinadas de la crueldad humana: convertir el pasado en desperdicio para no tener que reconocer que alguna vez significó algo.

El asunto resulta todavía más irónico cuando pensamos en lo que representa escribir. Durante miles de años, la humanidad ha construido una extraordinaria maquinaria para hacer algo aparentemente sencillo: convertir una experiencia interior en signos visibles. Pensamos, ordenamos recuerdos, relacionamos ideas, inventamos metáforas, construimos frases y conseguimos que otra persona, incluso siglos después, pueda entrar en contacto con una conciencia que ya no existe.

Eso es extraordinario.

Una persona muere y, sin embargo, puede dejar una frase capaz de atravesar generaciones. Un ser humano puede sentarse ante una hoja y transformar una emoción en lenguaje. Puede decir “te amo”, pero también puede explicar por qué ama, qué teme, qué recuerda, qué espera y qué está dispuesto a perder. Esa capacidad forma parte de la enorme acumulación cultural que nos ha permitido construir civilizaciones, literatura, filosofía, ciencia y memoria.

Y nosotros, en pleno siglo XXI, podemos terminar utilizando todo ese esfuerzo intelectual para recoger mierda de gato de un arenero. Hay algo profundamente cómico en esa imagen. También profundamente triste. Porque el problema no son los poemas. El problema somos nosotros.

Vivimos en una época que ha convertido casi todo en mercancía y que, con una eficacia admirable, ha conseguido introducir la lógica del mercado incluso en los sentimientos. Valoramos a las personas por lo que poseen, por el lugar que ocupan, por su apariencia, por su capacidad económica, por los contactos que tienen, por el automóvil que conducen, por el cuerpo que exhiben y por la cantidad de atención que consiguen producir en las redes sociales.

El amor, entonces, deja de ser encuentro y empieza a parecerse peligrosamente a una evaluación de activos.

¿Qué tienes?
¿Qué representas?
¿Qué puedes ofrecerme?
¿Dónde estás socialmente?
¿Quién eres cuando apareces junto a mí?

Y cuando las respuestas dejan de resultar satisfactorias, se liquida el patrimonio emocional.

La persona que ayer era “el amor de mi vida” puede convertirse mañana en alguien de quien conviene borrar fotografías. Las cartas se destruyen. Los regalos se venden. Las conversaciones se eliminan. Las fotografías desaparecen de las redes. Y, si quedan unos poemas escondidos dentro de un libro, siempre existe la posibilidad de que alguien pregunte qué diablos hacemos todavía con esos papeles.

La modernidad nos ha enseñado a desechar con una velocidad impresionante. Desechamos objetos, teléfonos, ropa, muebles, relaciones y hasta recuerdos. La obsolescencia ya no es solamente tecnológica. También parece haberse convertido en emocional.

Lo que deja de servir, se reemplaza. Quizá por eso el amor contemporáneo tiene algo de neoliberalismo sentimental: mientras funciona, invertimos; cuando deja de producir beneficios, retiramos el capital.

Pero hay una diferencia fundamental entre una inversión y una experiencia humana: lo vivido no deja de haber ocurrido porque decidamos despreciarlo.

Aquella persona escribió esos poemas. Los escribió cuando sentía algo. No sabemos cuánto duró aquel sentimiento ni cómo terminó la historia. Tampoco sabemos si después hubo arrepentimiento, traición, indiferencia o simplemente cansancio. Pero una cosa permanece: durante un instante de su existencia, aquellas palabras fueron importantes.

Y eso debería bastar para salvarlas del inodoro.

No porque todo poema sea bueno. No porque toda carta sea literatura. No porque tengamos la obligación de conservar cada papel que alguien escribió enamorado. Sino porque destruir aquello que alguna vez tuvo significado no consigue destruir lo ocurrido.

El problema es que quien escribió esos poemas probablemente nunca sabrá dónde terminaron.

Y tal vez ahí reside la parte más cruel de todo esto.

El autor puede imaginar que sus palabras quedaron guardadas en algún cajón, dentro de un libro, en manos de alguien que comprendió su importancia. Mientras tanto, quizá sus versos están siendo utilizados para limpiar un arenero.

El amor puede terminar así. No con una tragedia griega. No bajo la lluvia. No con violines de fondo. Puede terminar entre desperdicios domésticos.

Y quizá la única manera de salvarnos de esa ironía sea comprender que el valor de una emoción no depende de cuánto tiempo conseguimos conservarla ni de quién decide reconocerla después. Lo que una vez fue verdadero no se vuelve falso porque alguien lo tire a la basura.

Al final, quizá el amor no muera cuando dejamos de amar. Muere cuando creemos que aquello que alguna vez nos hizo humanos ya no merece siquiera ser recordado.