Crédito CNN, Reuters, AFP
Por Alonso Rosales
La declaración del presidente colombiano Abelardo de la Espriella, quien afirmó que Dios decidió poner a Colombia ante la prueba del terremoto “justo el día” en que comenzó su mandato, abre un debate que va mucho más allá de una frase desafortunada. En una nación golpeada por una tragedia de enormes proporciones, convertir una catástrofe natural en una especie de acontecimiento providencial vinculado directamente con el inicio de una presidencia resulta, como mínimo, políticamente imprudente.
De la Espriella dijo que “las cosas de Dios” solo Dios las sabe y que, en su sabiduría, decidió que el terremoto ocurriera precisamente al comenzar su mandato.
El problema no está en que un presidente tenga fe. Un mandatario, como cualquier ciudadano, tiene derecho a sus convicciones religiosas. El problema aparece cuando esas creencias comienzan a utilizarse para interpretar políticamente una tragedia nacional y, peor aún, cuando el sufrimiento de cientos de familias puede terminar presentado como parte de una suerte de misión providencial del gobernante.
La política necesita responsabilidad, evidencia y decisiones concretas. La geología no consulta calendarios electorales ni fechas de posesión presidencial. Un terremoto no ocurre para poner a prueba a un mandatario, sino que responde a procesos naturales que pueden ser estudiados científicamente.
Por eso resulta peligroso construir alrededor de una tragedia una narrativa de liderazgo casi mesiánico. Colombia necesita un presidente que hable de rescate, hospitales, vivienda, infraestructura, desaparecidos, recursos y reconstrucción; no que convierta el desastre en una explicación sobre su propio destino presidencial.
Y hay otro punto que debe quedar claro: el préstamo contingente del BID por US$400 millones no nació con De la Espriella. El Banco Interamericano de Desarrollo aprobó la operación el 16 de abril de 2025, durante el gobierno de Gustavo Petro. La propuesta del préstamo aparece fechada el 20 de marzo de 2025 y el contrato fue registrado posteriormente, el 30 de mayo de ese año.
Es decir, si el actual Gobierno utiliza esa línea financiera para responder a la emergencia, no puede presentarla como una creación propia ni como un logro exclusivamente atribuible a la nueva administración. Se trata de un mecanismo de financiamiento contingente preparado y aprobado antes de que De la Espriella llegara a la Presidencia.
Además, el BID activó posteriormente US$300 millones de financiación de emergencia tras el terremoto y anunció otros US$500.000 en cooperación humanitaria no reembolsable, según EFE.
La diferencia entre administrar y apropiarse de los méritos es importante. Un presidente tiene derecho a ejecutar los instrumentos financieros disponibles durante su mandato, pero la transparencia exige reconocer quién los negoció, cuándo fueron aprobados y con qué propósito.
Colombia no necesita un presidente que se presente como elegido por Dios para enfrentar un terremoto. Necesita instituciones fuertes, científicos escuchados, organismos de emergencia funcionando y recursos administrados con transparencia.
La fe pertenece a la conciencia de cada ciudadano. El Estado, en cambio, debe responder con ciencia, responsabilidad y políticas públicas.
Y a un presidente habría que recordarle algo elemental: Dios, si alguien cree en Él, no necesita que un gobernante se atribuya sus designios para justificar su propia importancia política.