"El hambre no es una consecuencia accidental de la guerra: ha sido convertida en una arma de guerra sistemática y eficaz por parte del gobierno israelí": Alonso Rosales.
Por Alonso Rosales.
Mientras Gaza se hunde en el hambre, el dolor y la desesperación, el mundo parece haber cerrado los ojos. Niños, mujeres y ancianos están muriendo de forma lenta, cruel, y absolutamente evitable. El hambre no es una consecuencia accidental de la guerra: ha sido convertida en una arma de guerra sistemática y eficaz por parte del gobierno israelí, que impone un cerco total, bloquea el paso de ayuda y destruye sistemáticamente toda infraestructura esencial para la vida.
La situación humanitaria ha alcanzado niveles catastróficos. Según el Programa Mundial de Alimentos (WFP) y la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), más de 2,1 millones de personas —prácticamente toda la población de Gaza—se encuentra en niveles extremos de inseguridad alimentaria, y más de 470.000 personas padecen hambre “catastrófica”, el nivel más alto antes de la hambruna declarada.
De acuerdo con UNICEF, cerca de 70.000 niños están sufriendo desnutrición clínica, una condición que puede llevar a la muerte en cuestión de días si no se interviene. La Organización Mundial de la Salud (OMS), por su parte, ha confirmado al menos 114 muertes por desnutrición en lo que va del año, de las cuales 82 eran niños menores de cinco años. En apenas 24 horas recientes, 15 personas murieron de hambre, entre ellas cuatro niños. Médicos Sin Fronteras y Save the Children han denunciado que en muchas zonas de Gaza una de cada cuatro mujeres embarazadas o lactantes y niños atendidos presentan desnutrición grave.
La causa de este colapso no es el azar: es el resultado directo del bloqueo israelí, del ataque constante a hospitales, centros de distribución de ayuda, y al sistema sanitario en general. Según la ONU, más del 90 % de los hospitales están fuera de servicio, sin electricidad, medicamentos o combustible. Los bebés mueren en incubadoras apagadas, madres sin leche alimentan a sus hijos con agua sucia o nada.
A esta crisis se suma la brutal represión contra quienes buscan sobrevivir. Cientos han sido asesinados mientras esperaban en filas para recibir alimentos. Muchos son abatidos a tiros por mercenarios o soldados israelíes que escoltan los escasos camiones de ayuda que, por “gracia” del gobierno de Israel, logran entrar a Gaza. Esta situación ha sido documentada por Human Rights Watch y Amnistía Internacional, quienes califican estas acciones como posibles crímenes de guerra.
Y no, Hamas no es toda la población palestina. Castigar colectivamente a más de dos millones de personas bajo ese pretexto es una monstruosidad moral. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, pretende hacer creer al mundo que aniquilar Gaza equivale a proteger a Israel. Pero se equivoca. Palestina no es un grupo armado: es un pueblo entero, con historia, cultura y derecho a existir. Son descendientes de Ismael, hermano de Isaac. Y nadie puede borrar esa raíz ancestral.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lejos de condenar estas atrocidades, actúa con frialdad calculada. Sueña con levantar hoteles y hacer negocios en tierra arrasada, como si la vida humana fuera una simple variable inmobiliaria. Pero será más fácil que su pasado —marcado por escándalos, corrupción, y vínculos con casos tan turbios como el de Jeffrey Epstein— lo saque de la Casa Blanca, antes de que logre convertir la tragedia en ganancia. La historia no perdona la complicidad con el genocidio.
A quienes disparan contra civiles, a quienes aprueban el hambre como castigo, a quienes atacan hospitales o destruyen convoyes de ayuda: las puertas del infierno les esperan. No es una amenaza religiosa, sino una advertencia ética. La humanidad tiene límites. Y esos límites ya han sido sobrepasados.
Desde aquí hago un llamado urgente a la comunidad internacional, sin distinción de ideologías políticas, a los gobiernos del Norte y del Sur Global, a la ONU, a las Iglesias, a los parlamentos y pueblos libres del mundo: ¡detengan el genocidio en Gaza ya! Cada día mueren niños por falta de leche. Cada hora muere una madre sin poder proteger a sus hijos. No más excusas, no más diplomacia tibia. ¡Es ahora o nunca!
Y en medio de esta oscuridad, una chispa de dignidad: el presidente de Francia, Emmanuel Macron, ha anunciado que su país reconocerá oficialmente al Estado Palestino, convirtiéndose en el primer miembro del G7 en hacerlo. La medida se formalizará en septiembre, durante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Macron ha dicho que Francia lo hará “por justicia, por paz, y por la sobrevivencia del pueblo palestino”. Su decisión ya ha provocado fuertes críticas por parte de Israel y Estados Unidos, pero también ha despertado esperanza entre quienes claman por el fin del colonialismo moderno.
Reconocer a Palestina no es un gesto simbólico. Es un acto de reparación histórica y de justicia humana.
Resumen de cifras y fuentes oficiales: