Por Alonso Rosales
Al ver en TeleSUR a Delcy Rodríguez hablando y pidiendo oraciones por Venezuela —por los más necesitados y por los supuestos beneficios de los nuevos negocios del Estado— no pude evitar pensar en algo profundamente incómodo.
Escucharla hablar de Jesucristo, invocarlo, mencionarlo como guía moral, no transmite espiritualidad ni fe genuina. Más bien refleja el uso de la religión como herramienta política. Y en América Latina, donde la fe es un sentimiento profundo y arraigado, eso no es un detalle menor: es una forma poderosa de influencia.
Porque cuando un político recurre a Jesucristo en medio de discursos de poder, lo que muchas veces busca no es elevar la moral del pueblo, sino conectar emocionalmente para ganar legitimidad.
Y aquí es donde surge una verdad incómoda: no parece existir político en el mundo cuyo verdadero dios no sea el poder o el dinero.
No importa el continente —África, Asia, Europa o América— el patrón se repite. Quienes llegan ala la política lo hacen para beneficiarse del poder . Llegan para beneficiarse: ellos, sus familias, sus círculos cercanos, y hasta los amigos de esos círculos.
Mientras tanto, el ciudadano común —ese al que dicen representar— sigue viviendo de su trabajo, del esfuerzo diario, del sudor de su frente. Ese ciudadano no se enriquece con la política. Sobrevive con dignidad.
Por eso, cuando figuras públicas utilizan la religión como parte de su discurso, el problema no es solo político: es moral.
No es un fenómeno exclusivo de Venezuela. Hace poco vimos a Donald Trump rodeado de pastores en la Casa Blanca, orando públicamente. Para muchos, eso también resulta una instrumentalización de la fe.
Porque cuando la religión se convierte en espectáculo político, deja de ser fe y se transforma en estrategia.
Y eso —le guste a quien le guste— es una falta de respeto. No solo hacia Dios, sino hacia millones de personas que creen sinceramente.
La verdad puede incomodar. Pero sigue siendo verdad.