Crónicas del Vinilo | Oh, No! It’s Devo — cuando la evolución decidió caminar hacia atrás

Hay algo profundamente extraño en Devo. Desde el principio parecieron una banda que había llegado desde algún lugar equivocado del futuro. No tenían la apariencia de los rockeros tradicionales, no se comportaban como una banda convencional y, sobre todo, parecían estar permanentemente jugando con la posibilidad de que todo aquello que llamábamos normal fuera, en realidad, bastante absurdo.

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Hay discos que quieren parecer inteligentes. Otros quieren parecer divertidos. Y están aquellos que consiguen hacer las dos cosas mientras se ríen de nosotros sin que terminemos de saber si debemos bailar o preocuparnos.


Hay algo profundamente extraño en Devo. Desde el principio parecieron una banda que había llegado desde algún lugar equivocado del futuro. No tenían la apariencia de los rockeros tradicionales, no se comportaban como una banda convencional y, sobre todo, parecían estar permanentemente jugando con la posibilidad de que todo aquello que llamábamos normal fuera, en realidad, bastante absurdo.

Los llamaron nerds, geeks, frikis. Y probablemente ellos mismos no habrían tenido ningún problema con esas etiquetas.

Los llamaron nerds, geeks, frikis. Y probablemente ellos mismos no habrían tenido ningún problema con esas etiquetas. Devo convirtió la apariencia del inadaptado en una especie de uniforme. Sus anteojos, sus movimientos mecánicos, sus uniformes, sus sombreros con forma de maceta y aquella estética entre laboratorio, caricatura y ciencia ficción construyeron una identidad que parecía deliberadamente ridícula.

Pero ahí estaba la trampa. Detrás de aquella apariencia había músicos con una idea bastante seria sobre el mundo.

Devo nació alrededor de una teoría que sus integrantes llamaron “de-evolución”: la posibilidad de que la humanidad, en lugar de evolucionar, estuviera retrocediendo. La tecnología avanzaba, la sociedad se modernizaba, la televisión se multiplicaba y la cultura de consumo crecía, pero el ser humano podía estar convirtiéndose progresivamente en algo más elemental, más manipulable y más predecible.

En 1982, cuando apareció Oh, No! It’s Devo, la banda ya no era exactamente aquella criatura incómoda del punk y el art rock que había sorprendido unos años antes. El álbum, producido por Roy Thomas Baker, tenía una producción más pulida y una presencia mayor de sintetizadores.

Y quizá por eso resulta tan interesante escucharlo hoy. Porque Oh, No! It’s Devo parece una broma. Pero no lo es. El propio título contiene una carcajada. Mark Mothersbaugh explicó que era precisamente la reacción que algunas personas tenían cuando escuchaban que Devo regresaba con otro disco: “Oh, no”. Gerald Casale, por su parte, contó que las críticas habían descrito al grupo como una mezcla de “fascistas” y “payasos”, y Devo decidió responder imaginando cómo sonaría un disco hecho por unos “payasos fascistas”.

Ese es el territorio de Devo: el doble sentido. No se burlan simplemente de algo. Construyen una situación absurda para que nosotros descubramos qué hay debajo.

Y entonces comienza “Peek-a-Boo!”.


La canción parece infantil. El título recuerda aquel juego de esconderse y aparecer frente a un niño. La música, sin embargo, tiene algo inquietante, casi clínico. La inocencia del juego se transforma en una mirada sobre la exposición, el deseo de mirar y la necesidad de ser observado. La canción fue relacionada por Casale con las ideas de Carl Jung sobre la dualidad de la naturaleza humana, a partir de las enseñanzas de un antiguo profesor de filosofía.

Eso es Devo: tomar algo aparentemente tonto y abrir debajo una puerta que conduce hacia un lugar bastante menos cómodo.

Después llega “That’s Good”, probablemente una de las piezas más perfectas para entender su método. Todo parece sencillo. El ritmo invita a moverse. La melodía es pegadiza. La canción tiene esa capacidad de Devo para convertir una frase aparentemente banal en un pequeño mecanismo pop.

“That’s Good” juega con la aceptación automática, con esa costumbre humana de responder positivamente antes de detenernos a preguntar qué estamos aceptando. Devo convierte el lenguaje cotidiano en una especie de programación mental.

La canción puede disfrutarse simplemente como pop. Y ahí está su genialidad. No necesita que uno conozca ninguna teoría para funcionar. Pero si uno presta atención, descubre que la sonrisa tiene dientes.


Y entonces aparece “Big Mess”, una de mis elecciones para esta crónica porque representa perfectamente la parte más oscura del álbum.

Aquí Devo abandona cualquier apariencia de inocencia. El “gran desastre” no es solamente una situación particular: es una sensación de desorden, de comportamiento absurdo, de sociedad que parece haber perdido el control mientras continúa actuando como si todo estuviera perfectamente organizado.


La canción fue inspirada en cartas enviadas a un programa de concursos por un hombre que utilizaba el nombre de “Cowboy Kim”, un personaje real que terminó convirtiéndose en material para la imaginación de Devo.

Y nuevamente aparece la fórmula: tomar algo extraño, exagerarlo, convertirlo en espectáculo y terminar revelando algo bastante incómodo sobre nosotros mismos.

Quizá por eso resulta injusto recordar a Devo solamente como aquella banda de los sombreros extraños y de “Whip It”. Había mucho más.

Estaban Mark Mothersbaugh, Gerald Casale, Bob Mothersbaugh, Bob Casale y Alan Myers, una formación capaz de mezclar guitarras, teclados, voces y percusión electrónica para construir una música deliberadamente mecánica. Pero la verdadera rareza de Devo no estaba en los instrumentos. Estaba en la mirada.

Ellos entendieron algo que muchas bandas tardaron décadas en comprender: la cultura popular podía ser utilizada para criticar la propia cultura popular. Podían vestirse como caricaturas, escribir canciones aparentemente infantiles y construir videos absurdos sin dejar de hablar de alienación, consumo, violencia, deseo, tecnología y comportamiento humano.

Eso explica también por qué Oh, No! It’s Devo puede provocar opiniones tan contradictorias. Algunos críticos consideraron que la producción de Baker había suavizado demasiado las aristas de la banda; otros reconocieron que el grupo había conseguido conservar aquella repetición mecánica y aquella extraña energía que los hacía reconocibles.

Yo prefiero escucharlo de otra manera. Pongo el vinilo. La aguja cae y Devo aparece. No como una banda que pretende enseñarnos algo desde una posición superior, sino como un grupo de tipos raros que parecen haberse dado cuenta antes que nosotros de que el mundo se estaba convirtiendo en una enorme caricatura.

Porque mientras nosotros continuamos hablando de inteligencia artificial, redes sociales, algoritmos, consumo compulsivo y seres humanos cada vez más programados por pantallas, Oh, No! It’s Devo vuelve a formular aquella vieja sospecha:

¿Realmente estamos evolucionando? O simplemente estamos aprendiendo a retroceder con tecnologías más sofisticadas.

Dejo que el último surco avance. El plato continúa girando. Y por alguna razón, mientras Devo se ríe, la pregunta deja de parecer una broma y llega el silencio.

Ficha del vinilo

Artista: Devo
Álbum: Oh, No! It’s Devo
Año: 1982
Sello: Warner Bros. Records
Productor: Roy Thomas Baker
Canciones destacadas en esta crónica: “Peek-a-Boo!”, “That’s Good” y “Big Mess”.

Yo prefiero escucharlo de otra manera. Pongo el vinilo. La aguja cae y Devo aparece |

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