Crónicas del Vinilo | Candy-O, The Cars y la música que también quería ser mirada

Antes de que MTV convirtiera el videoclip en una de las grandes herramientas de la industria musical, The Cars ya habían comprendido que una canción podía tener una imagen, una personalidad y hasta una fantasía propia. En 1979, con Candy-O, la banda de Ric Ocasek y Benjamin Orr continuaba construyendo un sonido que parecía anunciar los años ochenta, mientras su estética comenzaba a demostrar que el rock también podía venderse a través de los ojos.

Zarko Pinkas |

Crónicas del Vinilo . Historias, memorías y análisis de los discos que marcaron generaciones.

Antes de que MTV convirtiera el videoclip en una de las grandes herramientas de la industria musical, The Cars ya habían comprendido que una canción podía tener una imagen, una personalidad y hasta una fantasía propia. En 1979, con Candy-O, la banda de Ric Ocasek y Benjamin Orr continuaba construyendo un sonido que parecía anunciar los años ochenta, mientras su estética comenzaba a demostrar que el rock también podía venderse a través de los ojos.


De los primeros videos musicales que recuerdo haber visto y que realmente me llamaron la atención estaban los de The Cars. Había algo en ellos que me resultaba diferente. No era solamente la música, sino la manera en que la banda se presentaba ante la cámara. Tenían una estética que se reconocía inmediatamente y, sobre todo, estaba Ric Ocasek, con aquella figura altísima y delgada, casi desgarbada, vestido muchas veces con esos sacos largos que terminaron convirtiéndose en parte de su personaje. A mí me llamaba muchísimo la atención su manera de vestir. Había algo extraño y elegante al mismo tiempo, una imagen que no se parecía demasiado a la de los cantantes de rock que uno estaba acostumbrado a ver.

The Cars tenían un estilo propio, tanto en la música como en la imagen. Uno podía escuchar unos cuantos segundos de una canción y reconocerlos. También bastaba ver a Ocasek en la pantalla para saber que se trataba de The Cars. Hoy parece algo normal que una banda tenga una imagen perfectamente definida, pero en aquellos años esa construcción visual estaba adquiriendo una importancia enorme, sobre todo porque MTV comenzaba a convertir los videos musicales en una parte fundamental de la cultura popular.

Yo tenía un casete de The Cars, aunque no era Candy-O. Era Shake It Up, y lo escuchaba constantemente en el automóvil. En aquella época The Cars estaban por todas partes. Formaban parte de la música que acompañaba las fiestas, los viajes y las reuniones de amigos. Si los B-52’s tenían una energía más desatada y fiestera, The Cars representaban para mí otra clase de celebración: una fiesta más elegante, más urbana, quizá hasta un poco más reflexiva, aunque uno estuviera bailando.

Tengo muy presente una fiesta de aquellos años en la que estaba sonando The Cars. Uno de mis amigos había llegado algo tomado y, en medio del movimiento de la gente, terminó golpeando accidentalmente el surtidor de agua. El aparato comenzó a lanzar agua hacia todas partes y la fiesta terminó convirtiéndose por unos minutos en una especie de desastre absurdo. Todos nos reíamos mientras intentábamos entender qué había pasado. Es una tontería, pero esas son precisamente las cosas que terminan quedándose en la memoria cuando uno recuerda una época.

En aquella misma fiesta ocurrió otra escena que también se me quedó grabada. Había un muchacho al que yo no conocía y alguien comentó que era gay. Otro respondió, con el lenguaje despreocupado y poco cuidadoso que se utilizaba entonces, que era “un gay de moda, como The Cars”. La frase me quedó en la cabeza porque estábamos precisamente escuchando The Cars y porque resumía, de una manera bastante ingenua, la imagen que algunas personas tenían de aquella banda: sofisticada, diferente, un poco ambigua, muy preocupada por la ropa y por la estética.

Hoy resulta curioso recordar esas asociaciones, porque The Cars nunca fueron solamente una banda que podía acompañar una fiesta. También tenían canciones melancólicas y una sensibilidad bastante particular. Algunas de esas canciones nunca fueron mis favoritas, pero quien vivió los años ochenta difícilmente podía permanecer ajeno a The Cars. Eran parte del paisaje musical de la época.

Y, sobre todo, estaba Ric Ocasek.

Durante mucho tiempo, cuando pensaba en The Cars, pensaba primero en él. Después descubrí que había otro cantante dentro de la banda, Benjamin Orr, y que su voz estaba detrás de algunas de las canciones más importantes del grupo. Orr fue quien cantó “Drive”, una de las canciones más conocidas de The Cars, además de “Let’s Go”, “Moving in Stereo” y otras piezas fundamentales de la banda. Falleció en 2000, mientras que Ocasek murió en 2019.

Con el paso de los años comprendí también por qué mi recuerdo estaba tan asociado a Ocasek. MTV no solamente mostraba canciones; también construía personajes. El tiempo que un músico aparecía en pantalla, la manera en que estaba vestido, el tipo de planos que recibía y la narrativa del video podían terminar haciendo que el público identificara a una banda con uno de sus integrantes. En el caso de The Cars, Ocasek terminó teniendo una presencia visual extraordinariamente fuerte. Benjamin Orr tenía una voz fundamental dentro del grupo, pero Ocasek se convirtió en una de sus imágenes más reconocibles.

Quizá por eso The Cars se me aparecen siempre acompañados de pequeñas historias. La fiesta del surtidor de agua, aquel comentario absurdo sobre la “moda” de la banda, el casete de Shake It Up que escuchaba una y otra vez mientras manejaba y hasta la historia que me contó un amigo que hizo el viaje desde Los Ángeles hasta El Salvador conduciendo solo, con un casete de The Cars como única compañía musical durante todo el trayecto. No recuerdo cuántas horas fueron ni cuántas veces pudo haber escuchado las mismas canciones, pero sí recuerdo la idea de aquel viaje interminable acompañado solamente por The Cars.

Tal vez eso sea lo que hace que ciertos discos terminen formando parte de la memoria de una generación. Uno no recuerda únicamente las canciones. Recuerda dónde las escuchó, quién estaba cerca, qué estaba ocurriendo alrededor y las pequeñas historias que quedaron pegadas a ellas.

Y cuando pienso en The Cars, pienso en todo eso.

Pienso en Ocasek vestido con aquellos sacos largos frente a una cámara de televisión, en Benjamin Orr cantando “Drive”, en el casete de Shake It Up dentro del automóvil, en las fiestas de los ochenta, en aquel surtidor de agua que terminó empapando a todo el mundo y en aquel viaje desde Los Ángeles hasta El Salvador en el que, durante horas, un solo casete acompañó a un hombre que conducía completamente solo.

Después de todos esos años, ahora tengo delante Candy-O.


The Cars se habían formado en Boston alrededor de Ric Ocasek y Benjamin Orr, dos músicos que se conocían desde años antes y que terminarían convirtiéndose en el eje creativo de la agrupación.

La primera impresión que produce Candy-O comienza en su portada. Sobre un fondo claro, una mujer pelirroja aparece recostada sobre el dibujo lineal de un automóvil. Alberto Vargas, maestro de la ilustración pin-up, utiliza aquí un recurso sencillo y elegante: el vehículo apenas está sugerido mediante unas pocas líneas, mientras la figura femenina aparece representada con un realismo mucho más detallado. El resultado tiene algo de anuncio publicitario, de fantasía erótica y de ilustración de revista, pero también establece desde el primer momento una relación entre automóvil, deseo y música que acompañaría a The Cars durante buena parte de su carrera.

El álbum apareció en 1979, cuando The Cars todavía estaban construyendo su lugar dentro de la música estadounidense. Habían debutado apenas un año antes con un primer disco que llamó inmediatamente la atención por su combinación de rock, pop y los nuevos sonidos asociados a la llamada new wave. Con Candy-O, la banda confirmó que no se trataba de una fórmula pasajera. Había una propuesta definida detrás de aquellas canciones y, sobre todo, una manera particular de entender el rock en una época en la que la música estaba cambiando rápidamente.

The Cars se habían formado en Boston alrededor de Ric Ocasek y Benjamin Orr, dos músicos que se conocían desde años antes y que terminarían convirtiéndose en el eje creativo de la agrupación. A ellos se incorporaron Elliot Easton, Greg Hawkes y David Robinson, completando una formación en la que cada integrante tenía una función bastante precisa. Ocasek aportaba la mayor parte de las composiciones y una voz deliberadamente fría y distante; Orr proporcionaba el bajo y una voz mucho más cálida, capaz de llevar las canciones hacia un terreno más melódico y sensual; Easton introducía las guitarras que mantenían a la banda vinculada con el rock; Hawkes aportaba teclados y sonidos electrónicos; y Robinson sostenía la estructura rítmica desde la batería.

Esa combinación explica buena parte de la personalidad de The Cars. La banda no abandonó el rock para abrazar completamente la electrónica, pero tampoco intentó continuar haciendo el mismo tipo de rock que había dominado la década anterior. Las guitarras convivían con los sintetizadores, las melodías pop aparecían junto a estructuras más cercanas a la new wave y la producción buscaba una precisión que le daba a las canciones un carácter casi mecánico. Era una música moderna, pero no inaccesible; experimental en algunos aspectos, aunque suficientemente melódica para llegar a un público amplio.

Ric Ocasek era el principal compositor. En Candy-O escribió todas las canciones del álbum, pero la presencia de Benjamin Orr resulta indispensable para comprender cómo funcionaba la banda. Las voces de ambos creaban un contraste que permitía que las composiciones adquirieran diferentes tonalidades. Ocasek tenía una interpretación seca, contenida, casi indiferente, mientras Orr podía aportar una sensualidad mucho más evidente. No eran voces que compitieran entre sí; se complementaban y ayudaban a definir dos caras diferentes del mismo grupo.

La primera impresión que produce Candy-O comienza en su portada. Sobre un fondo claro, una mujer pelirroja aparece recostada sobre el dibujo lineal de un automóvil.

En Candy-O esa diferencia puede escucharse desde “Let’s Go”, una de las canciones más conocidas del álbum. El bajo y la batería mantienen un movimiento constante, las guitarras aparecen con precisión y los teclados introducen una textura que ya mira hacia la década siguiente. La canción posee una energía muy particular, como si estuviera diseñada para acompañar un viaje nocturno por una ciudad iluminada. No es casual que el automóvil aparezca con tanta frecuencia asociado a la estética de The Cars. El movimiento, la carretera, la velocidad y el deseo forman parte de un mismo imaginario.

Benjamin Orr toma el protagonismo vocal en “It’s All I Can Do”, una canción de carácter diferente, más melódica y contenida. Su voz modifica inmediatamente la temperatura del álbum. Lo mismo ocurre con “Candy-O”, el tema que da nombre al disco, donde la banda juega con una sensualidad que nunca termina de hacerse completamente explícita. En The Cars siempre existe una distancia entre lo que la canción dice y lo que parece estar insinuando.

Esa característica vuelve a aparecer en “Dangerous Type”, otra de las piezas más importantes del álbum. La canción está construida alrededor de una figura femenina que representa atracción y peligro al mismo tiempo. El deseo aparece ligado a la incertidumbre y a una cierta fascinación por aquello que no puede controlarse. Esa combinación de erotismo y distancia también estaba presente en la imagen que la banda comenzaba a proyectar.

La portada de Candy-O resulta fundamental para entenderlo. Alberto Vargas, famoso por sus ilustraciones de mujeres pin-up, creó una imagen que parecía sacada de una fantasía publicitaria. La mujer, el automóvil y la actitud corporal establecen una relación directa con las canciones del álbum y con la cultura visual de aquella época. La portada no explica la música, pero crea el ambiente en el que esa música debe ser escuchada.

En ese sentido, The Cars estaban adelantándose a una transformación que tendría enormes consecuencias durante los años ochenta. La industria musical estaba comenzando a comprender que un disco podía venderse no solamente a través de sus canciones, sino también mediante una identidad visual. La portada era una parte de esa estrategia, pero pronto aparecería una herramienta todavía más poderosa: el videoclip.

El desarrollo del videoclip modificó la relación entre el público y la música. Una canción podía escucharse en la radio durante unos minutos, pero un video permitía construir un pequeño universo alrededor de ella. Los artistas podían aparecer como personajes, podían tener una estética determinada, podían incorporar humor, tecnología, erotismo o narrativa y podían conseguir que el público asociara inmediatamente una canción con determinadas imágenes.

La llegada de MTV convirtió ese recurso en una herramienta comercial de enorme importancia. La televisión comenzó a funcionar como una extensión de la radio y de la tienda de discos. El público escuchaba una canción, veía a los músicos, reconocía su imagen y después podía encontrarse con el álbum en una tienda. El videoclip ayudaba a crear el deseo de poseer el disco.

Por eso, cuando hablamos del vinilo de los años ochenta, no podemos separar completamente la música de la televisión. El vinilo seguía siendo el objeto físico que contenía las canciones, pero el videoclip ayudaba a construir la personalidad que rodeaba ese objeto. La portada, la música y las imágenes comenzaron a formar parte de una misma estrategia.

The Cars fueron particularmente eficaces dentro de ese nuevo lenguaje.

Aunque Candy-O pertenece todavía a 1979, su estética ya contiene algunos de los elementos que después serían fundamentales en la década siguiente. La sensualidad, los automóviles, las mujeres, el humor y la tecnología podían trasladarse fácilmente de las portadas a las imágenes en movimiento. La banda tenía además una apariencia que se alejaba del estereotipo clásico del grupo de rock. No necesitaban presentarse como músicos rudos ni como estrellas del espectáculo tradicional. Su imagen era más sofisticada, irónica y urbana.

En esto compartieron algunas características con otras bandas que también comenzaron a utilizar el videoclip como una extensión de su propuesta artística. Devo, por ejemplo, convirtió el cuerpo, la sexualidad y el comportamiento humano en elementos de una estética extraña y deliberadamente provocadora. The Cars utilizaron un lenguaje diferente, menos grotesco y más cercano al pop, pero también entendieron que la insinuación podía ser una herramienta poderosa.

La sexualidad estaba allí, aunque muchas veces aparecía a través de la sugerencia. Las mujeres que rodeaban el universo visual de The Cars podían ser objetos de deseo, personajes misteriosos o figuras que desencadenaban situaciones absurdas. La banda podía jugar con esa tensión sin abandonar su sentido del humor. Esa combinación terminó funcionando muy bien cuando el videoclip se convirtió en una de las principales herramientas de promoción musical.

La prueba definitiva llegaría algunos años después con Heartbeat City, publicado en 1984. Para entonces MTV ya había cambiado profundamente la forma en que las bandas se relacionaban con el público. “You Might Think” llevó a The Cars directamente a ese nuevo territorio. El video utilizaba efectos visuales novedosos para transformar a Ric Ocasek y colocarlo en situaciones imposibles alrededor de una mujer. El resultado combinaba humor, tecnología y una evidente carga de deseo.

La importancia de aquel video no se limitó a la canción. Ayudó a definir la imagen pública de The Cars y demostró hasta qué punto un videoclip podía convertirse en una pieza de marketing. El público ya no recibía únicamente una canción; recibía una historia visual asociada con ella. La música podía ser escuchada en la radio, pero también podía ser recordada por las imágenes que la acompañaban.

La relación entre el vinilo y el video resulta especialmente interesante porque no se trataba de dos productos independientes. El disco era el soporte físico y la portada era su primera presentación visual. El videoclip ampliaba esa presentación y la llevaba a millones de hogares. Una canción podía despertar interés y el video podía transformar ese interés en reconocimiento. Finalmente, el público encontraba el álbum en una tienda y compraba el objeto que ya había visto y escuchado.

Durante los años ochenta, esa combinación sería fundamental para la industria musical. La imagen del artista comenzó a tener una importancia comercial comparable a la música. La ropa, los peinados, las portadas, los videos y las fotografías formaban parte de una identidad que debía ser reconocible inmediatamente. El videoclip convirtió la canción en una experiencia visual y, al mismo tiempo, se convirtió en una herramienta de promoción extraordinariamente eficaz.

The Cars estaban preparados para ese cambio porque su música ya tenía una fuerte dimensión visual. Sus canciones hablaban de deseo, relaciones, automóviles, movimiento, peligro y personajes difíciles de descifrar. Su sonido mezclaba guitarras y sintetizadores de una manera que parecía pertenecer tanto al presente como al futuro. La portada de Candy-O podía funcionar como una puerta de entrada a ese universo y los videos posteriores terminarían de convertirlo en una identidad reconocible.

Escuchar hoy Candy-O en vinilo permite regresar a ese momento de transición. Todavía estamos en 1979 y la televisión musical no ha alcanzado la influencia que tendrá pocos años después, pero el disco ya contiene muchas de las características que definirían aquella década. La producción de Roy Thomas Baker, la combinación de instrumentos eléctricos y electrónicos, la alternancia vocal entre Ocasek y Orr y la estética de la portada muestran a una banda que estaba entendiendo hacia dónde se dirigía la música popular.

El álbum fue grabado en Cherokee Studios, en Los Ángeles, y producido por Roy Thomas Baker, conocido también por su trabajo con Queen. Su lanzamiento tuvo una respuesta comercial importante y Candy-O llegó al número tres del Billboard 200 en Estados Unidos, confirmando que The Cars habían conseguido convertir una propuesta musical relativamente nueva en un producto capaz de competir con las grandes producciones del mercado.

Sin embargo, lo más interesante del disco no está solamente en su posición en las listas. Está en la manera en que resume un momento histórico. The Cars todavía pertenecían al mundo del rock, pero estaban entrando en una época en la que los sintetizadores, la estética new wave y la televisión comenzarían a transformar completamente la cultura musical.

La portada de Candy-O parece anticipar ese cambio. La mujer de Vargas, el automóvil y la sensualidad de la ilustración convierten el álbum en algo más que una colección de canciones. La imagen establece una fantasía que continúa dentro de la música y que, algunos años después, encontraría una nueva forma de expresión en los videoclips.

La aguja baja sobre el vinilo y comienza “Let’s Go”. El sonido aparece desde el surco, pero la imagen de la portada permanece allí, frente a nosotros. Esa combinación es precisamente lo que hace tan interesante regresar a estos discos: podemos escuchar la música mientras observamos la época que la produjo.

La aguja baja sobre el vinilo y comienza “Let’s Go”. El sonido aparece desde el surco, pero la imagen de la portada permanece allí, frente a nosotros.

The Cars entendieron antes que muchos otros que el futuro de la música popular no estaría solamente en el sonido. También estaría en la imagen.

Y durante los años ochenta, esa imagen saldría de las portadas, abandonaría las tiendas de discos y entraría directamente en nuestras casas a través de la televisión.


Ficha técnica

Artista: The Cars
Álbum: Candy-O
Año: 1979
Fecha de lanzamiento: 13 de junio de 1979
Sello: Elektra Records
Formato original: LP / vinilo estéreo
Géneros: New wave, rock, pop rock
Producción: Roy Thomas Baker
Ingeniería de grabación: Geoff Workman
Estudio: Cherokee Studios, Los Ángeles, California
Duración: aproximadamente 38 minutos
Posición máxima en Billboard 200: No. 3

Integrantes

Ric Ocasek: voz, guitarra rítmica
Benjamin Orr: voz, bajo
Elliot Easton: guitarra principal, coros
Greg Hawkes: teclados, percusión, saxofón, coros
David Robinson: batería, percusión

Canciones

Lado A

  1. “Let’s Go”
  2. “Since I Held You”
  3. “It’s All I Can Do”
  4. “Double Life”
  5. “Shoo Be Doo”
  6. “Candy-O”

Lado B

  1. “Night Spots”
  2. “You Can’t Hold On Too Long”
  3. “Lust for Kicks”
  4. “Got a Lot on My Head”
  5. “Dangerous Type”

Arte de portada: Alberto Vargas
Concepto de portada: David Robinson


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