Por Álvaro Rivera Larios
Anne Carson y Roque Dalton tienen puntos de partida aparentemente irreconciliables. Carson es una clasicista que escribe poesía de vanguardia; Dalton, un poeta comprometido que transforma la experiencia nacional salvadoreña en poesía cosmopolita. En ambos opera, sin embargo, una misma paradoja: el campo del que surgen y se alimentan no funciona como refugio cerrado, sino como un repertorio de materiales abierto al desbordamiento formal.
La coincidencia no es temática, sino de procedimiento. Ambos trabajan desde una tradición de vanguardia que rompe la unidad discursiva del poema mediante el montaje: la yuxtaposición de registros, documentos, voces callejeras y fragmentos de diversa procedencia. En Carson, la erudición filológica convive con la lírica pop, el ensayo y la imagen; su vanguardismo no tiene nada de solemne: es juguetón, irreverente, divertido. Dalton también “juega” con los materiales de la tradición, pero su humor tiene un matiz melancólico, a medio camino entre la burla y la lágrima. Las obsesiones de su compromiso se proyectan de forma fragmentaria, enlazando lo culto con lo popular, la prosa y lo prosaico con el verso hermético. El resultado, en ambos casos, es una obra difícil de clasificar, que desborda con frescura las fronteras convencionales entre géneros, registros y tradiciones.
El análisis de Taberna y otros lugares permite ver hasta qué punto la política en Dalton es también una cuestión de sintaxis. En poemas como «Con el sesenta por ciento de los salvadoreños», la miseria estructural del país no se formula como denuncia panfletaria, sino que aparece en el choque irónico entre la conciencia estética vanguardista y «el subdesarrollo». Algo semejante ocurre cuando Dalton convierte en collage las conversaciones que escucha en una taberna de Praga. El procedimiento coloca al lector salvadoreño de 1970 ante una experiencia insólita: escuchar voces procedentes de aquello que, desde Centroamérica, podía imaginarse como un futuro utópico. Pero la Praga de Dalton no habla con la solemnidad del mito realizado, sino con la ironía cotidiana de un socialismo ya atravesado por el desencanto. Al confrontar el socialismo imaginado en Centroamérica con el vivido en Europa Central, el poema no ofrece una síntesis ideológica. Dispone las voces y los fragmentos para que sea el lector quien experimente el desconcierto.
En ambos hay una misma libertad frente a la tradición, aunque cada poeta la ejerza con materiales distintos. En Autobiografía de Rojo, Carson lleva el mito de Gerión al mundo contemporáneo: el personaje clásico se convierte en un adolescente que vive el deseo, la soledad y el descubrimiento de sí, sin que el sustrato mítico pierda su fuerza. Dalton, por su parte, trastoca y recompone los tópicos sacralizados de la historia oficial salvadoreña mediante la experimentación poética de vanguardia y los valores revolucionarios de su presente. En Historias prohibidas del Pulgarcito, los indígenas que huyen a la montaña durante la Conquista española adquieren los rasgos de la guerrilla contemporánea. La intervención de Dalton es doble: altera la sintaxis del relato nacional al quebrar la secuencia heredada y su axiología al revisar los valores desde los que se interpretan acontecimientos y personajes. Para ambos, la tradición no es un museo que deba preservarse con reverencia, sino un legado vivo que cada presente puede interrogar y transformar. Frescura e ironía: esas son, quizá, las palabras que mejor expresan la actitud que los une.
El mito no es un relato clausurado, sino un tópico abierto, un entimema cuyas premisas nunca están del todo fijadas y cuyas conclusiones admiten disputa. Su fuerza reside en que ofrece un terreno compartido para la interpretación, no una respuesta definitiva. Cuando Carson vuelve sobre el mito de Gerión o Dalton trastoca los relatos fundacionales salvadoreños, no se limitan a trasladar materiales antiguos a un contexto nuevo: abren un diálogo en el que cambia tanto el sentido de la tradición como la mirada del presente que la interroga. El pasado se transforma al ser releído, pero también se transforma quien vuelve sobre él.
Carson hace vanguardia con los restos del mundo clásico; Dalton construye un cosmopolitismo crítico con la materia histórica de El Salvador. Ambos conciben, en última instancia, la forma como una modalidad del pensamiento: una arquitectura abierta que se resiste a clausurar el sentido y deja al lector la tarea de establecer relaciones entre voces, tiempos y espacios. El cosmopolitismo de Dalton no consiste, por tanto, en renegar de sus raíces, sino en ponerlas en circulación para impedir que se conviertan en una identidad cerrada. El lugar de origen deja de ser un destino y se convierte en un punto de partida hacia otros mundos.
Anne Carson, esa venerable anciana vanguardista, desde su presente Nobel nos permite volver la mirada hacia Roque Dalton, el poeta revolucionario asesinado en 1975 por sus amorosos compañeros de combate. Si narráramos su vida con la misma irreverencia formal con que él recreó la historia de su país, quizá descubriríamos que, más allá del maltrecho metarrelato marxista y de las formas concretas que adoptó su compromiso político, el camino sigue abierto, aunque todavía no sepamos con claridad hacia dónde conduce. Esto no significa, desde luego, que debamos sustraer su política al cuestionamiento ni ignorar cuánto han envejecido algunas de sus ideas. Carson nos ayuda a reconocer otra cosa: que la iconoclastia formal de Dalton conserva intacta su capacidad de provocación, incluso cuando las certezas que la acompañaron han perdido buena parte de su fuerza.