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Por Alonso Rosales
Una eventual derrota republicana en las elecciones legislativas del 3 de noviembre podría modificar el equilibrio político en Estados Unidos y reducir el margen de maniobra de Donald Trump en su política hacia América Latina. Argentina y Colombia figuran entre los gobiernos más expuestos, mientras México podría encontrar oportunidades para negociar en mejores condiciones con Washington.
Las elecciones intermedias de Estados Unidos, previstas para este martes 3 de noviembre, representan mucho más que una disputa por el control del Congreso. Sus resultados podrían tener consecuencias directas en América Latina, particularmente para los gobiernos que han apostado por una relación política, económica y estratégica estrecha con el presidente Donald Trump.
Aunque el mandatario republicano no aparece en las papeletas, su administración enfrenta una prueba política decisiva. Una eventual pérdida de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, el Senado o ambas instancias legislativas podría limitar su capacidad para impulsar iniciativas, disponer de recursos presupuestarios y desarrollar determinadas estrategias de política exterior.
El escenario adquiere especial relevancia porque buena parte de América Latina atraviesa un giro hacia gobiernos conservadores y de derecha que han encontrado en Trump un aliado ideológico y político. Varios de ellos participan, además, en el denominado Escudo de las Américas, una iniciativa promovida por Washington para fortalecer la cooperación regional en materia de seguridad.
Sin embargo, el debilitamiento electoral del Partido Republicano podría obligar a esos gobiernos a reconsiderar sus estrategias de acercamiento a la Casa Blanca.
El politólogo Gustavo Flores Macías, decano de la Escuela de Políticas Públicas de la Universidad de Maryland, considera que una victoria demócrata introduciría mayores controles sobre las decisiones presidenciales, especialmente en comercio, seguridad y migración.
Una mayoría opositora tendría capacidad para bloquear iniciativas legislativas, exigir explicaciones a funcionarios, abrir investigaciones y ejercer presión sobre las asignaciones presupuestarias.
En el Senado, además, los demócratas podrían dificultar la confirmación de determinados nombramientos de alto nivel.
Esto no significa que Trump perdería automáticamente el control de su política exterior. La Presidencia estadounidense conserva amplias facultades ejecutivas para negociar acuerdos, aplicar determinadas medidas comerciales y establecer prioridades diplomáticas.
No obstante, el margen político para ejecutar esas decisiones podría reducirse considerablemente.
El analista argentino Martín Schapiro considera que una derrota republicana dejaría a Trump políticamente debilitado, especialmente si pierde el control del Senado. En ese escenario, el mandatario tendría que enfrentar una oposición con mayores herramientas para fiscalizar sus decisiones y cuestionar su gestión.
Uno de los gobiernos que más podría observar los resultados electorales es el del presidente argentino Javier Milei, considerado uno de los principales aliados ideológicos de Trump en América Latina.
La relación entre ambos mandatarios ha trascendido las coincidencias políticas y se ha convertido en un componente importante de la estrategia económica argentina.
El respaldo financiero de Washington fue particularmente relevante cuando Argentina enfrentó dificultades económicas y presiones sobre sus reservas internacionales. En ese contexto, la administración Trump impulsó un acuerdo de intercambio de divisas por 20.000 millones de dólares.
Asimismo, el Banco de Exportaciones e Importaciones de Estados Unidos anunció un marco de financiamiento de 7.000 millones de dólares para sectores estratégicos argentinos.
El problema para Milei no sería necesariamente la desaparición inmediata de esos mecanismos de cooperación, porque buena parte de las decisiones financieras y diplomáticas corresponden al Poder Ejecutivo estadounidense.
Sin embargo, una administración Trump debilitada podría tener menos capacidad política para concentrar su atención en Argentina y garantizar nuevos respaldos ante eventuales dificultades económicas.
Esto resulta especialmente importante porque Milei buscará la reelección en 2027 y necesita consolidar resultados económicos que fortalezcan su proyecto político.
Colombia representa otro caso de especial importancia. El Gobierno de Abelardo de la Espriella ha buscado fortalecer su relación con Washington, particularmente en materia de seguridad, cooperación militar y lucha contra el narcotráfico.
La Casa Blanca anunció un plan de aportes por 1.000 millones de dólares para combatir el denominado narcoterrorismo, aunque su ejecución contempla la participación del Congreso estadounidense.
La profesora Sandra Borda, de la Universidad de los Andes de Bogotá, advierte que una parte importante de la cooperación militar y del suministro de equipamiento depende de las decisiones presupuestarias del Legislativo.
Por esa razón, una mayoría demócrata podría complicar las expectativas colombianas de obtener nuevos recursos.
A diferencia de Argentina, donde buena parte del respaldo puede canalizarse mediante decisiones ejecutivas, Colombia necesita mantener consensos legislativos para asegurar determinados programas de asistencia.
La situación también evidencia un problema diplomático: la relación con Washington no depende únicamente de la afinidad entre presidentes, sino de la capacidad de construir acuerdos con ambos partidos estadounidenses.
En el otro extremo se encuentra México, que podría encontrar mejores condiciones de negociación si los demócratas consiguen una posición de mayor influencia en el Congreso.
La presidenta Claudia Sheinbaum mantiene una relación pragmática con Washington, pero enfrenta importantes desafíos relacionados con la migración, los aranceles y la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).
Una mayor presencia demócrata en el Congreso podría introducir controles adicionales sobre la política comercial de Trump y devolver protagonismo a cuestiones laborales, protección sindical y condiciones salariales dentro de las negociaciones del tratado.
Para la industria mexicana, una mayor previsibilidad comercial sería particularmente importante.
Sin embargo, una derrota republicana no significaría el fin de las políticas migratorias restrictivas de Trump. La Casa Blanca conserva importantes facultades para ejecutar operativos, negociar acuerdos de deportación y aplicar medidas de control fronterizo.
Por tanto, México podría obtener mayor capacidad de negociación en algunos asuntos económicos, pero continuaría enfrentando presiones migratorias y de seguridad.
Brasil, bajo el liderazgo de Luiz Inácio Lula da Silva, podría observar favorablemente un fortalecimiento demócrata en Washington.
La relación entre Lula y Trump ha estado marcada por diferencias políticas, pero el Gobierno brasileño ha procurado mantener una posición pragmática y preservar sus intereses económicos.
Su tamaño económico y su capacidad para diversificar relaciones internacionales le proporcionan mayor autonomía frente a las decisiones de Estados Unidos.
En cambio, países como Ecuador, Perú, Panamá y Bolivia podrían enfrentar distintos niveles de incertidumbre en materia de cooperación financiera, seguridad y asistencia militar.
En octubre, legisladores demócratas cuestionaron la decisión del Departamento de Estado de redirigir más de 50 millones de dólares en asistencia militar inicialmente destinados a Ucrania, Europa y Medio Oriente hacia países latinoamericanos, entre ellos Colombia, Ecuador, Panamá y Perú.
Este episodio demuestra que la distribución de recursos estadounidenses puede convertirse en un asunto de confrontación política si cambia la composición del Congreso.
No obstante, existe un punto de coincidencia entre republicanos y demócratas: la preocupación por la creciente influencia económica, tecnológica y estratégica de China en América Latina.
Por ello, independientemente del resultado electoral, es probable que Washington mantenga su interés en contener la expansión de la influencia china en el continente.
En Venezuela y Cuba, una victoria demócrata podría incrementar el escrutinio sobre las decisiones de la administración Trump, especialmente en materia de derechos humanos, sanciones y operaciones militares.
Sin embargo, no necesariamente produciría un cambio inmediato en la política estadounidense hacia ambos países.
Muchas de las medidas de presión diplomática y económica dependen de facultades ejecutivas que el presidente puede ejercer sin una nueva autorización legislativa.
En consecuencia, el Congreso podría convertirse en un espacio de mayor resistencia política, pero no tendría automáticamente capacidad para revertir la estrategia de la Casa Blanca.
Uno de los elementos centrales de esta disputa es el alcance de la denominada Doctrina Donroe, una interpretación de la política exterior de Trump que reivindica una mayor influencia estadounidense sobre el hemisferio occidental.
La iniciativa plantea una visión estratégica de América Latina como espacio prioritario para los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos, particularmente frente a la presencia de China y otras potencias internacionales.
Una derrota republicana podría dificultar la ejecución de algunos componentes de esa estrategia, especialmente aquellos que requieren financiamiento, cooperación militar y respaldo legislativo.
También podría incrementar el cuestionamiento sobre operaciones contra organizaciones criminales, acciones militares en aguas internacionales y políticas de seguridad regional.
Sin embargo, sería prematuro interpretar una victoria demócrata como el final de la influencia de Trump en América Latina.
El presidente conservaría el Poder Ejecutivo durante los dos años restantes de su mandato y mantendría importantes instrumentos diplomáticos, económicos y militares.
Más allá de quién controle el Congreso, las elecciones intermedias podrían enviar una señal importante a los gobiernos latinoamericanos: construir relaciones internacionales exclusivamente sobre la afinidad ideológica con un presidente puede representar un riesgo cuando cambian los equilibrios políticos de Washington.
Argentina necesita estabilidad financiera; Colombia busca garantizar cooperación militar; México procura proteger sus intereses comerciales; mientras otros gobiernos intentan aprovechar la relación con Trump sin deteriorar sus vínculos con China y otros socios internacionales.
Una eventual derrota republicana podría acelerar una política exterior latinoamericana más pragmática, en la que los gobiernos mantengan la cercanía política con Trump, pero procuren establecer canales de comunicación con los demócratas.
La analista Sandra Borda considera que algunos mandatarios podrían conservar un alineamiento público con Washington, aunque con menos compromisos concretos y mayor cautela en sus decisiones.
En definitiva, las elecciones del 3 de noviembre no decidirán únicamente el futuro legislativo de Estados Unidos. También pondrán a prueba la solidez de las alianzas que Trump ha construido en América Latina.
Para los gobiernos que apostaron fuertemente por su liderazgo, el desafío será adaptarse a un escenario en el que la Casa Blanca podría conservar el poder presidencial, pero enfrentar un Congreso más adverso y una oposición con mayores posibilidades de fiscalización.
La principal lección para América Latina podría ser que las relaciones con Estados Unidos deben construirse como políticas de Estado y no depender exclusivamente de la afinidad entre mandatarios.
Fuentes de referencia: