El nuevo senador de Michigan tiene todo el derecho de celebrar su triunfo, confrontar a Donald Trump y defender sus posiciones políticas. Pero en una democracia profundamente polarizada, reproducir la cultura de la intimidación y el desprecio hacia los adversarios no representa precisamente una alternativa.
Zarko Pinkas |
El nuevo senador de Michigan tiene todo el derecho de celebrar su triunfo, confrontar a Donald Trump y defender sus posiciones políticas. Pero en una democracia profundamente polarizada, reproducir la cultura de la intimidación y el desprecio hacia los adversarios no representa precisamente una alternativa.
La política estadounidense acaba de producir una de esas paradojas que merecen una reflexión más allá de los resultados electorales. Abdul El-Sayed, un político demócrata de tendencia progresista, acaba de ganar un escaño en el Senado por el estado de Michigan y se convertirá en el primer musulmán en ocupar un asiento en esa cámara legislativa. Su triunfo es significativo, no solamente por el carácter histórico de su elección, sino por lo que representa en una sociedad donde las diferencias políticas, culturales e ideológicas se han convertido en un terreno de confrontación permanente.
El-Sayed derrotó al republicano Mike Rogers, respaldado por Donald Trump, después de una campaña marcada por las divisiones internas del Partido Demócrata, el debate sobre la política estadounidense hacia Israel y las discusiones sobre el costo de la vida, la sanidad y la influencia del dinero corporativo en la política. Su candidatura también encontró fuerza en el rechazo a los discursos xenófobos y las descalificaciones personales procedentes de sectores de la extrema derecha estadounidense.
Aquí aparece una primera cuestión interesante: en un país dividido, las figuras políticas que se presentan como respuesta a los discursos de confrontación pueden terminar construyendo su propia identidad a partir de esa misma confrontación. El-Sayed supo aprovechar el clima político, las tensiones generadas por Trump y las posiciones de figuras como JD Vance. Pero una cosa es capitalizar electoralmente el descontento y otra muy distinta es convertir la victoria en una celebración de la revancha.
Su enfrentamiento con James Matthews, corresponsal de Sky News, durante la jornada electoral, ofrece un ejemplo bastante ilustrativo. El periodista intentaba entrevistarlo cuando El-Sayed comenzó a cuestionar por qué debía responder las preguntas de alguien que no estaba registrado para votar en Michigan. Le dijo que quería cero votos en Reino Unido, que no le interesaban las preguntas de la prensa británica y que prácticamente nadie veía Sky News en Estados Unidos.
Hasta ahí, podríamos hablar de una discusión entre un candidato y un periodista. Los políticos tienen derecho a rechazar entrevistas, cuestionar preguntas y decidir con quién hablan. Pero el episodio tomó otro matiz cuando El-Sayed colocó ambas manos sobre los hombros de Matthews mientras lo confrontaba.
Ese gesto me parece particularmente desafortunado. No se trata de una cuestión de simpatías políticas ni de afinidades ideológicas. Se trata de los límites que deben existir en la relación entre un personaje público y un periodista que está haciendo su trabajo. El desacuerdo no concede autorización para invadir el espacio personal de otra persona.
Personalmente, jamás permitiría que alguien a quien estoy entrevistando me pusiera las manos sobre los hombros de esa manera. Mi reacción sería inmediata: «Por favor, no me toque. Que usted no esté de acuerdo con mis preguntas no le da ningún derecho a ponerme las manos encima». El periodista tenía todo el derecho de establecer ese límite. No basta con mantener la compostura frente a una figura política; también hay que defender la propia dignidad profesional.
No estamos hablando de un simple movimiento de manos mientras alguien conversa. El contexto importa. El-Sayed estaba confrontando al periodista, cuestionando su legitimidad para preguntarle y, en medio de esa discusión, estableció un contacto físico que resultaba innecesario. Es un comportamiento que puede percibirse como intimidatorio y que no debería normalizarse en ninguna relación entre el poder y la prensa.
El triunfo electoral tampoco parece haber moderado esa actitud. En su celebración, El-Sayed recurrió a las ironías contra Trump y Vance, utilizó expresiones en árabe y convirtió parte de su discurso en una respuesta a quienes habían cuestionado su candidatura. Algunas de sus réplicas fueron ingeniosas, pero la política no debería convertirse en una competencia de burlas y humillaciones. Ganar un escaño en el Senado no equivale a ganar una guerra personal contra quienes piensan diferente.
Y aquí conviene detenerse en algo fundamental: la democracia necesita oposición, confrontación de ideas y crítica al poder. Pero también necesita responsabilidad. No se puede denunciar la intolerancia de los adversarios mientras se reproduce una cultura de desprecio hacia quienes no comparten nuestras posiciones.
En materia internacional, El-Sayed ha mantenido una postura especialmente crítica hacia Israel. Ha defendido la eliminación de la asistencia militar estadounidense al Estado israelí y ha calificado de genocidio las operaciones militares israelíes en Gaza. Son posiciones que pueden y deben discutirse políticamente. Cuestionar al Gobierno de Benjamin Netanyahu, exigir responsabilidades por la guerra o defender cambios en la política exterior estadounidense forma parte del debate democrático.
Sin embargo, resulta legítimo preguntarse por qué Israel ocupa un lugar tan destacado en su discurso político y hasta qué punto esa posición termina desplazando otras prioridades. La relación entre Washington y Jerusalén no puede reducirse a consignas electorales. Exige discutir seguridad, intereses estratégicos, derechos humanos y la complejidad de una región donde las amenazas y los conflictos no desaparecen por decisión de un candidato.
Pero hay una contradicción todavía más interesante en esta historia. El-Sayed ha podido llegar a las urnas, ganar una elección, subir a un podio, utilizar expresiones árabes para responder a sus adversarios y confrontar públicamente al presidente de Estados Unidos sin tener que temer que una crítica política lo lleve automáticamente a prisión. Puede cuestionar a Trump, enfrentarse a Vance y aspirar incluso a participar en los debates sobre política exterior desde el Senado.
Eso es democracia, con todas sus imperfecciones y contradicciones.
Estados Unidos no es una dictadura bajo Donald Trump. Y conviene dejarlo claro. Si el país estuviera sometido a un régimen dictatorial, difícilmente un candidato que representa posiciones tan críticas frente al Gobierno podría competir en unas elecciones nacionales, derrotar al candidato respaldado por el presidente y ocupar un escaño en el Senado. La democracia estadounidense tiene problemas, tensiones institucionales y profundas divisiones, pero conserva mecanismos de competencia política que permiten precisamente este tipo de resultados.
La comparación con otras realidades políticas del mundo resulta inevitable. En Irán, bajo el régimen de los ayatolás; en Afganistán, bajo el gobierno talibán; o en las monarquías de Catar y Arabia Saudita, las posibilidades de confrontar públicamente a las máximas autoridades del poder no son comparables con las que ofrece el sistema estadounidense. Las diferencias entre esos países son importantes, pero ninguno ofrece el mismo modelo de competencia política y libertad para desafiar al gobernante desde una oposición institucional.
Y aquí está la ironía que no deberíamos perder de vista: resulta muy bien que personas con diferentes orígenes, culturas y convicciones puedan aspirar a representar a los ciudadanos estadounidenses. Que lleguen al Senado, que participen en el debate público y que ejerzan sus derechos políticos. Que conozcan lo que significa vivir en una democracia donde no se necesita pertenecer a una familia gobernante, contar con el beneplácito de un monarca o aceptar la voluntad de un régimen para aspirar a un cargo de representación popular.
Que disfruten de esa libertad.
Lo mismo podría decirse de Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York, quien también ejerce su cargo en un sistema que permite la competencia política y la crítica al poder.
Bienvenido al Senado, Abdul El-Sayed. Disfrute de la democracia estadounidense. Disfrute de poder subir a un podio, burlarse de Donald Trump, responderle a JD Vance y hasta discutir con un periodista británico sin que nadie lo mande a prisión por hacerlo.
Pero recuerde algo: la democracia que hoy le permite llegar al poder también es la que protege el derecho de ese periodista a preguntarle, cuestionarlo y exigirle respuestas. Y ese derecho merece tanto respeto como el suyo a no contestar.
Porque la democracia no consiste en tener la última palabra, ni en poner las manos sobre los hombros de quien nos incomoda. Consiste, precisamente, en poder convivir con quien piensa diferente sin necesidad de intimidarlo.
Así que disfrute de su victoria, senador. No todos los países ofrecen esa posibilidad. Y mucho menos permiten celebrar una victoria política burlándose del gobernante sin tener que mirar por encima del hombro para comprobar si alguien viene a detenerlo.