2026: Los sueños que me pueblan

Por Nelson López Rojas

Quise cerrar temporalmente mi universo
apagué cada estrella en mi sangre
e hice una fortaleza
con todos carbones que quedaron para reducir al mínimo
la esperanza
y embriagar de oscuridad los sueños que me pueblan.

Silvia Elena Regalado

Me causa alguna gracia que mis amistades digan “¡Sorpréndeme, Año Nuevo!” y cuando el año nuevo los sorprende con algo desagradable, pues, se resienten y comienzan frases como “y apenas es enero” o la popular de los acabados: “se siente eterno este enero”.

El 2025 se va ya sin pedir permiso. “Algo hemos aprendido y algo hemos olvidado” –dijo aquel. Y como casi todos los años recientes, se marcha dejando una mezcla incómoda de alivio y de preguntas. Alivio porque sobrevivimos y preguntas porque no terminamos de entender en qué nos estamos convirtiendo.

En una sociedad polarizada como la nuestra, o estás con Nayí o en contra de él. No podría ser más absurdo, pero si escribo algo bueno como sobre las escuelas que se construyen o la renovación de los turicentros públicos, vienen los recalcitrantes a decirme que ya soy nayiliver. Vaya babosada. Haters: sería mezquino negar los avances que hasta ustedes disfrutan. La seguridad sigue siendo la diferencia entre vivir con miedo o volver a andar en bus sin que te roben el celular o caminar de noche ya sea en tu colonia o en el centro, aunque esté gentrificado. La economía muestra señales de movimiento, sí, aunque no siempre de bienestar para los de la rebusca. Hay más orden, más control, más cifras que permiten aplaudir desde lejos. Eso también cuenta, y sería injusto no reconocerlo. No debemos sentirnos amenazados por lo contradictorio. Hay que aprender a tolerar el pensamiento ajeno.

Pero también sería deshonesto quedarnos solo con lo bueno y apegarnos a medias verdades, y ahí vienen los otros a decirme que estoy apoyando que suelten a los mareros: vaya babosada.

Mirá, todavía hay ladrones, te diré; los precios siguen altos, la vida sigue cara y la desigualdad continúa doliendo en silencio, principalmente para los comecuanduai. Hay empleo, sí, pero demasiado trabajo mal pagado, sin garantías, sin tiempo para vivir… como dice la Eli Afton, “solo para sobrevivir”. El Centro Histórico luce hermoso, casi de postal europea, pero no todos pueden sentarse ahí a tomar un café sin hacer cuentas mentales. Qué chévere que les vaya bien a los pequeños negocios y a los que alquilan, pero hay que pensar en los vendedores ambulantes también. El país avanza, pero no es un caminar parejo.

Este año, además, me ha dejado una sensación difícil de explicar, esa sensación de haber vivido demasiado. No en años, sino en intensidad… como si hubieran pasado muchas vidas en doce meses. Conocí mucha gente, hubo demasiados eventos, demasiadas noticias, demasiados sobresaltos personales y colectivos. Gente que te endiosa cuando les ayudás, pero te hunden cuando dejás de soltar billetes. “Agrado quiere agrado” –aprendí de mi amigo Basilio, el zapatero.

Veo el 2025 y las estadísticas dicen que los accidentes han aumentado y el transporte que debería de llevarnos de un lado a otro, en su lugar, la gente pierde sus vidas literal y metafóricamente; hay carros que parecen nacer en las calles de la nada; las interminables horas en el tráfico los cambios constantes; la adaptación forzada a nuevas reglas del juego como cero alcohol al manejar y a olvidarnos de esa ley cuando no les conviene a los empresarios del Dinero maldito. Todo ocurrió tan rápido que enero parece un recuerdo ajeno y hoy, sin darnos cuenta, ya es diciembre.

Tal vez otros se hayan sentido igual. Esa impresión de que el tiempo se comprimió, de que pasaron demasiadas cosas y, aun así, muchas se olvidaron. Lo urgente sepultó a lo importante. El cansancio no vino solo del trabajo, sino de estar siempre reaccionando, siempre ajustándose, siempre sobreviviendo al siguiente giro.

La migración no se detuvo; solo se volvió menos visible. Hay quienes siguen yéndose no por falta de amor a esta tierra, sino por falta de futuro, por falta de encontrar trabajo, pues la estabilidad laboral ha afectado a mis amigos quienes migran. Italia, Costa Rica, Bélgica, USA, Canadá, Brasil, Japón… son recuerdos de amigos que han partido o están por partir.

Y el régimen. Ay, el régimen. Hay heridas que el régimen aún no corrige: detenciones injustas, procesos opacos y familias que siguen esperando explicaciones. La paz no debería construirse sobre el olvido.

Y, aun así, aquí estamos otra vez, frente a un año nuevo.

El 2026 llega como un lienzo en blanco. Y vale repetirlo, aunque suene a frase gastada: si vos no escribís tu historia, alguien más la va a llenar por vos ya sea de mentiras, de miedos, de expectativas ajenas o de una comodidad que termina siendo otra forma de resignación. Y, además, amá tu país –o tu terruño– porque, si vos no lo amás, ahí vienen los extranjeros a amarlo y a poseer lo que no les pertenece.

En años anteriores he insistido en dormir bien, agradecer y ayudar. No son recetas mágicas, pero nos sostienen. Así como la paciencia, el no pitar en el tráfico, el ser amable, el no estorbar, el saber retirarse a tiempo, el ser honesto primero con uno mismo y luego, dentro de tus posibilidades, con los demás. Este año agregaría un par de pilares más: perdonar de verdad (o en palabras sencillas, que te resbale lo que te molesta). No como acto ingenuo ni como amnesia colectiva, sino como decisión muy personal, muy íntima para no vivir arrastrando rencores que nos enferman y nos vuelven indiferentes al dolor ajeno. Y quizá, principalmente, reconectar con la naturaleza, con lo simple, con la soledad, con aquello que no se puede monetizar.

Mi amiga de L’anthologue me sugiere un ritual energético donde escribís, con toda tu alma, en 12 papelitos lo que querés hacer, lo que anhela tu alma, en lo que te vas a enfocar: aprender otro idioma, conseguir un lorito, adelgazar, escribir un libro… y los quemás uno por uno hasta llegar al papelito 12, que no quemás. Abrilo y te enfocás en eso en 2026. No apuntés demasiado lejos o te vas a frustrar. Enfocarse no significa ser goloso y querer perder todo el peso del 2025 en unas pocas semanas.

Y también me propone cinco cosas de las cuales deshacerse antes del Año Nuevo:

  1. Sacar de tu vida toda la ropa que no te has puesto en 2025, así permitís que nuevas cosas lleguen a tu vida;
  2. Tirar todo lo que está roto, pues eso drena tus finanzas;
  3. Botar recibos viejos que ya no tienen razón de existir, pues son deudas que no querés llevar al 2026;
  4. Deshacerte de cosas que guardás con culpa, es peso muerto que no se necesita;
  5. Desbaratar cartas, fotos, regalitos de la gente que ya no tiene ningún significado en tu vida, y así dar cabida a gente que sí vale la pena, como diría la Lola.

Que el 2026 nos encuentre más empáticos, no solo con quienes celebran los avances, sino con quienes siguen sufriendo sus costos. Que haya más cultura accesible, más justicia pareja, más solidaridad cotidiana, más propuestas y menos oposición –como lo dice Andrés Espinoza. Que amemos intensamente, perdonemos de una vez y hagamos esos gestos pequeños —casi invisibles— que, al final, son los únicos que cambian algo de verdad.

No quiero que pensés como yo pienso, solo quiero que pensés; no quiero un año perfecto, quiero uno más humano.

Sorpréndeme, 2026.