Violencia doméstica, la epidemia del Siglo XXI

Por Neris Amilcar Hernández

“A la mujer se le somete o se le somata.”

La frase anterior, deliberadamente sarcástica y provocadora, no pretende justificar la violencia contra la mujer ni validar una determinada concepción de la relación conyugal. Se utiliza aquí únicamente como recurso ilustrativo para mostrar hasta qué punto ciertas expresiones de machismo han llegado a formar parte del imaginario cultural de algunas sociedades, especialmente cuando se entiende la relación conyugal desde una lógica de dominación, obediencia y autoridad unilateral o patriarcal.

Su fuerza reside precisamente en que transforma en una especie de sentencia aquello que, en realidad, constituye una grave manifestación de desigualdad y violencia en la intimidad de muchos hogares.

Hace algunos años, cuando participaba en asuntos de consejería, presencié un episodio que, aunque pudiera parecer extremo y difícil de creer, permite comprender la profundidad con la que determinadas conductas pueden manifestarse en las relaciones de pareja:

Un hombre acababa de contraer matrimonio y llegó a su casa acompañado de su esposa. Apenas cruzaron la puerta, tomó un cinturón y la golpeó salvajemente. La mujer, evidentemente sorprendida, le preguntó por qué lo había hecho. La respuesta fue sencilla y brutal: lo hacía para que ella supiera, quién iba a mandar en aquella relación. Aquella agresión no fue presentada como un arrebato de ira, sino como una declaración de poder vinculada a las estructuras de autoridad patriarcal. La golpiza pretendía cumplir una función: establecer desde el principio, quién debía someterse.

La anécdota resulta particularmente significativa porque permite observar que la violencia doméstica no siempre comienza con una historia prolongada de agresiones físicas. En ocasiones comienza mucho antes, en una concepción de la pareja en la que uno de sus integrantes considera legítimo controlar, corregir, intimidar o disciplinar al otro. Desde esta visión, la violencia domestica no sería un acto aislado ni un producto del azar, sino una táctica para mantener la subordinación y el control sobre la pareja. El cinturón, en este caso, fue solamente la expresión física de una idea previa: la creencia de que el matrimonio concede a uno de los cónyuges autoridad sobre las decisiones y la voluntad del otro.

Los análisis de genero indican que el maltrato físico, psicológico y financiero busca limitar la autonomía de la víctima para asegurar su dependencia. La Organización Mundial de la Salud define la violencia ejercida por la pareja íntima como un conjunto de comportamientos de una pareja o expareja que producen daño físico, sexual o psicológico. Esto incluye la agresión física, la coerción sexual, el abuso psicológico y las conductas de control. La violencia contra la mujer, por tanto, no puede reducirse solamente al maltrato físico,  también comprende amenazas, intimidación, aislamiento, control económico, humillaciones, vigilancia, coerción sexual y otras formas de dominación.

La magnitud del fenómeno ayuda a comprender que no estamos ante una sucesión de acontecimientos aislados. Según los datos más recientes de la OMS, aproximadamente el 31.6 por ciento de las mujeres y niñas del mundo, alrededor de 840 millones, han experimentado violencia física o sexual ejercida por una pareja íntima o violencia sexual por una persona que no era su pareja. Asimismo, aproximadamente una cuarta parte de las mujeres de 15 a 49 años que han estado en una relación ha experimentado violencia física o sexual por parte de una pareja masculina actual o anterior al menos una vez en su vida.

En Latinoamérica, la situación tampoco puede considerarse marginal. La Organización Panamericana de la Salud señala que aproximadamente una de cada cuatro mujeres de entre 15 y 49 años ha experimentado violencia física o sexual al menos una vez. Las investigaciones regionales publicadas en 2025 calculan que cerca de 123 millones de mujeres y niñas de 15 años o más han experimentado violencia física o sexual a lo largo de su vida en la región de las Américas.

Cuando se observa específicamente América Latina y el Caribe, la OMS estimó para las mujeres de 15 a 49 años una prevalencia de violencia física o sexual cercana al 25 por ciento. Las diferencias entre países, sin embargo, son considerables y obligan a evitar generalizaciones sobre toda la región.

Los datos del Banco Mundial muestran esa diversidad con mayor precisión. Entre las mujeres de 15 a 49 años, las incidencias de violencia ejercida alguna vez por una pareja, por ejemplo, es aproximadamente 53 por ciento en Bolivia, 34 por ciento en Argentina y Costa Rica, 30 por ciento en Colombia, 24 por ciento en Ecuador y Honduras, 23 por ciento en Perú, 20 por ciento en México y 15 por ciento en El Salvador. Estas cifras proceden de encuestas nacionales y bases de datos demográficas, por lo que deben interpretarse teniendo presente que los años de referencia, las metodologías y las condiciones con que se hicieron pueden variar entre países.

Uno de los aspectos más importantes para comprender este fenómeno consiste en distinguir entre la violencia como acto y las estructuras culturales que pueden contribuir a normalizarla. El machismo no necesariamente se manifiesta inicialmente mediante una agresión física. Puede aparecer en frases aparentemente inofensivas, en la idea de que el hombre debe tener la última palabra, en la creencia de que la mujer debe obedecer y someter su voluntad a la del hombre, en la vigilancia de sus amistades, en el control de su manera de vestir o en la presunción de que el marido posee derechos especiales sobre las decisiones conyugales y familiares.

La Organización Mundial de la Salud señala precisamente que la violencia contra las mujeres está generalmente vinculada con las desigualdades de género y puede reproducirlas. UNFPA (Fondo de Población de las Naciones Unidas) por su parte, advierte que las creencias culturales que justifican minimizan o presentan la violencia como una parte común o “normal” de las relaciones entre hombres y mujeres contribuyen a mantener una cultura de silencio alrededor del problema.

Aquí adquiere especial importancia la anécdota mencionada al principio. El agresor no agredió a su pareja por haber perdido el control. Explicó que estaba estableciendo quién mandaba. Es decir, convirtió deliberadamente la violencia en un mecanismo de control de la relación. Los azotes pretendían comunicar una jerarquía. Su mensaje implícito era que el matrimonio no constituía una asociación entre iguales, sino una estructura donde uno ordena y el otro obedece.

Esta concepción contradice radicalmente la idea moderna de una relación basada en la reciprocidad. El matrimonio no convierte a ninguno de sus integrantes en propietario del otro. La convivencia puede implicar responsabilidades compartidas, acuerdos y diferencias, pero ninguna diferencia de opinión o conductas patriarcales heredadas convierte la violencia en un mecanismo legítimo de resolución de conflictos.

Otro elemento fundamental es la falta de actualidad de los registros. Las cifras disponibles probablemente no representan la totalidad del fenómeno. La OMS advierte que las cifras sobre la violencia sexual, particularmente, podrían ser mayores debido al estigma, el miedo y otras barreras que dificultan que las víctimas busquen ayuda o hagan denuncias.

Las causas del silencio pueden ser muchas. Por ejemplo, miedo a nuevas agresiones, dependencia económica, preocupación por los hijos, presión familiar, aislamiento social, vergüenza, desconfianza hacia las instituciones o la esperanza de que el agresor cambie. Incluso, en determinados contextos, puede existir una normalización cultural de determinadas conductas. Lo que para una persona externa constituye una señal evidente de violencia, para quien ha vivido durante años dentro de esa dinámica puede haberse convertido progresivamente en una realidad cotidiana.

Por esa razón, combatir la violencia doméstica exige algo más que castigar al agresor después de que se produzca una agresión. También requiere transformar las ideas, la apatía y la mentalidad de la sociedad, que permiten que el abuso sea justificado, minimizado o tolerado. a prevención comienza mucho antes de que aparezca el primer golpe, y es aquí, en donde la diferencia entre autoridad y dominación resulta esencial. En una relación saludable puede existir liderazgo compartido, responsabilidades diferenciadas y acuerdos sobre las decisiones familiares. Lo que no puede existir legítimamente es el derecho de una persona a imponer su voluntad mediante miedo, violencia o coerción.

El episodio del cinturón representa precisamente esa confusión. El hombre interpretó el matrimonio como una transferencia de poder. Consideró que debía demostrar quién mandaba y utilizó la violencia para establecer esa jerarquía. El problema, por tanto, no comenzó cuando levantó el cinturón. Comenzó con la convicción de que tenía derecho a hacerlo, quizá, porque así lo aprendió del ejemplo de alguien en su familia.

De ahí que la lucha contra la violencia doméstica no pueda limitarse a enseñar a las mujeres a defenderse. También debe educar a hombres y mujeres en relaciones basadas en dignidad, autonomía, consentimiento, responsabilidad y respeto, porque la violencia contra la mujer constituye, además, una violación de los derechos humanos y un importante problema de salud pública, debido a sus consecuencias físicas, psicológicas, sexuales y reproductivas.

Para concluir, la frase “A la mujer se le somete o se le somata” puede provocar una sonrisa a algunos e indignación o incluso reconocimiento de una vieja expresión cultural a otros y, precisamente por eso resulta útil como punto de partida: obliga al lector a detenerse ante una idea que, presentada de manera sarcástica, revela una realidad mucho más seria, porque la violencia doméstica no empieza necesariamente con un cinturón o un puño. Puede comenzar con la idea de que el hombre tiene derecho a mandar; que la mujer debe obedecer; que los celos son una demostración de amor; que controlar es proteger; que corregir mediante la fuerza es educar; que los problemas familiares deben mantenerse dentro de la casa y, la verdadera ruptura con el machismo, van a comenzar cuando esas ideas dejan de considerarse normales porque una casa debe ser un santuario, un lugar de seguridad, no un territorio de sometimiento y de abuso. El matrimonio puede ser una institución de convivencia, compromiso y responsabilidad, pero nunca puede convertirse en una licencia para ejercer violencia y cuando alguien necesita golpear para demostrar quién manda, lo que ha demostrado no es autoridad, sino precisamente la incapacidad de construir una relación basada en igualdad y respeto.

Referencias principales

World Health Organization. Violence against women. 2026.

World Health Organization. Lifetime toll: 840 million women faced partner or sexual violence. 2025.

Pan American Health Organization. Violence against women. Datos regionales de las Américas.

Pan American Health Organization. Nearly 123 million women and girls have experienced physical or sexual violence in the Americas. 2025.

UN Women. Devastatingly pervasive: 1 in 3 women globally experience violence. 2021.

World Bank. Latin America & Caribbean, Gender Data Portal. Datos de violencia ejercida por pareja íntima.