Alonso Rosales, poeta
Era Río de Janeiro abriéndose en auroras,
cuando el viento nos llevó a Mato Grosso del Sur,
y tu piel —ebano y marfil en una misma hora—
encendía en mi pecho un antiguo calor de luz.
La noche nos tejía su telar de sombras lentas,
y en él ardía el pulso secreto de tu andar;
hablábamos sin voz, sólo en la danza abierta
que el cuerpo sabe dar cuando decide amar.
Fuiste marea honda, lengua de sol y brisa,
fusión donde los límites dejan de existir;
allí mis labios fueron brújula encendida,
perdiéndose en tu sur infinito de latir.
Hubo un pacto tácito, profundo, inquebrantable,
un gesto que entendimos sin decirlo jamás:
complicidad nacida como un fruto inevitable
que sólo dos destinos pueden reconocer en paz.
Año dos mil… y aún vibra aquella historia:
instante suspendido, secreto, piel y fe.
Musa sin nombre, guardada en mi memoria,
que enciende versos vivos cada vez que la evoqué.