Cuando regresó a su departamento, los hombres estaban sacando los muebles.Dos cargaban el sofá por el pasillo; otro envolvía en papel de periódico los platos de la cocina. Había cajas abiertas junto a la puerta y una mujer, a la que no reconoció, revisaba los libros de la estantería. Nadie parecía sorprendido de verlo entrar. Nadie le preguntó dónde había estado.
Zarko Pinkas |
Cuando regresó a su departamento, los hombres estaban sacando los muebles.Dos cargaban el sofá por el pasillo; otro envolvía en papel de periódico los platos de la cocina. Había cajas abiertas junto a la puerta y una mujer, a la que no reconoció, revisaba los libros de la estantería. Nadie parecía sorprendido de verlo entrar. Nadie le preguntó dónde había estado.
Él se quitó el abrigo, dejó las llaves sobre la mesa y se sentó en su sillón.
—Tengan cuidado con las cosas —dijo.
Nadie contestó.
Permaneció allí mientras desocupaban el departamento. Vio desaparecer los cuadros, la lámpara de pie, las fotografías de sus padres y el reloj que había pertenecido a su abuelo. Al final, dos hombres levantaron el sillón, pero él se negó a moverse y ellos, sin mirarlo, lo dejaron donde estaba. La mujer cerró la última caja y apagó la luz del pasillo.
La puerta se cerró. Él esperó.
Al principio creyó que regresarían al día siguiente. Quizá habían decidido pintar las paredes, cambiar las tuberías o hacer alguna reparación. No le preocupaba demasiado. Tenía su sillón, una ventana y el recuerdo de una cocina donde todavía podía oler el café de las mañanas.
Pasaron los días. Después, los meses.
Una mañana descubrió que ya no podía recordar cuándo había sido la última vez que había comido. Se encogió de hombros. El hambre, pensó, era una costumbre del cuerpo, y las costumbres podían abandonarse con un poco de paciencia.
Tampoco dormía. Cerraba los ojos durante largos períodos, aunque nunca estaba seguro de haber dormido realmente. A veces, al abrirlos, encontraba la luz de la ventana en el mismo lugar. Otras veces, la oscuridad parecía haberse instalado allí desde siempre.
No se inquietó. Estaba acostumbrado a vivir solo.
Recordó entonces a su gato, un animal gris que había dormido durante años a los pies de su cama. Recordó el calor de su cuerpo, el ruido de sus uñas sobre el suelo y la manera en que levantaba la cabeza cuando escuchaba su nombre. Después recordó a su perro, que había muerto cuando él era niño. Durante mucho tiempo había creído que los animales no sabían que iban a morir, y esa ignorancia le había parecido una forma de misericordia.
Se preguntó si su gato lo estaría esperando en alguna parte. No encontró respuesta.
Una tarde recordó la nieve.
Tenía seis o siete años, quizá ocho. Había viajado con sus padres a un país cuyo nombre ya no conseguía pronunciar. La nieve caía lentamente sobre los árboles y las aceras, cubriendo los automóviles con una delicadeza que le pareció imposible. Su madre le había abrochado el abrigo hasta el cuello y él había extendido las manos para recibir los copos.
Qué linda es la nieve, había dicho.
Recordaba perfectamente la frase. Podía escuchar su propia voz infantil, maravillada ante aquel milagro blanco. Lo que no lograba recordar era el rostro de su madre cuando lo miró, ni el nombre de la ciudad, ni el país donde había visto nevar por primera vez.
Aquello le produjo una tristeza leve, como la de olvidar una canción. Se prometió que no volvería a olvidar nada.
Durante años, aquella promesa fue su única ocupación. Sentado en el sillón, reconstruía su vida con una paciencia meticulosa. Recordaba la escuela, los recreos, el olor de los lápices recién afilados. Recordaba a un muchacho que le había partido la nariz en una pelea y a un profesor que lo había llamado inútil delante de toda la clase. Recordaba el verano en que aprendió a nadar, la primera vez que fumó a escondidas y el día en que su padre le enseñó a afeitarse.
Recordaba, sobre todo, a la primera mujer que había amado. Se llamaba Elena o quizá Helena.
La había conocido una tarde de lluvia, cuando ambos se refugiaron bajo el toldo de una librería. Ella llevaba un vestido azul y sostenía un libro contra el pecho. Él había dicho alguna tontería para hacerla reír, y ella se había reído de verdad, inclinando ligeramente la cabeza.
Recordaba el vestido, la lluvia y la risa.
Recordaba la primera vez que la besó, el temblor de sus manos y la vergüenza de no saber qué hacer con ellas. Recordaba las caminatas, las discusiones, los domingos en que permanecían en la cama hasta el mediodía. Recordaba el perfume de su cabello y la forma en que ella pronunciaba su nombre cuando estaba enfadada.
Después, la memoria empezó a fallarle. Un día olvidó el color de sus ojos. Al siguiente, no consiguió reconstruir su voz. Mucho más tarde comprendió que había olvidado su rostro.
Lloró entonces, aunque no estaba seguro de que las lágrimas llegaran a caer. Se llevó las manos a la cara y permaneció así durante un tiempo que no supo medir. Quiso pronunciar su nombre para asegurarse de que todavía existía, pero solo encontró una sílaba, una sombra de sonido que se deshizo antes de llegar a sus labios.
Elena.
Elena.
Elena. La palabra no significaba nada.
A partir de entonces, los recuerdos comenzaron a desaparecer con mayor rapidez. Ya no podía reconstruir su infancia, ni la casa donde había crecido, ni la disposición de los muebles de su antiguo dormitorio. Olvidó el rostro de su padre. Olvidó el sonido de la voz de su madre. Olvidó el nombre del animal que había dormido a los pies de su cama.
Sin embargo, seguía sabiendo que había amado a alguien.
Aquella certeza lo atormentaba más que el olvido.
Porque ¿cómo podía echar de menos a una persona cuyo rostro no existía, cuyo nombre no podía pronunciar y cuya voz se había perdido para siempre? ¿Qué parte de él seguía sufriendo? ¿Qué era aquello que permanecía despierto en medio de una vida desmantelada, una vida de la que ya no quedaban hechos, fechas ni rostros?
Intentó levantarse del sillón.
Fue entonces cuando descubrió que el departamento había cambiado.
La ventana estaba más cerca. La puerta parecía más pequeña. Las paredes, que antes se extendían a ambos lados de la habitación, se habían aproximado durante su ausencia, estrechando el espacio hasta convertirlo en una caja incómoda.
Pensó que quizá había envejecido y que la perspectiva le jugaba una mala pasada. Pero no tenía espejos. No sabía si conservaba el rostro, si su cabello seguía creciendo o si sus manos continuaban siendo las mismas.
Se levantó y caminó hacia la ventana. No había edificios al otro lado. Tampoco cielo, ni calles, ni árboles.
Solo una superficie gris, uniforme, sin profundidad, como una pared que alguien hubiera colocado a pocos centímetros del cristal. Retrocedió.
El departamento era más pequeño. Se sentó de nuevo y trató de recordar cuándo había comenzado a vivir allí. No pudo hacerlo. Intentó reconstruir el momento en que había llegado por primera vez, el sonido de las llaves en la cerradura, la alegría de tener un lugar propio. Nada.
Solo quedaban las paredes. Las paredes blancas, aunque quizá alguna vez habían sido amarillas. La pared frente a él, la pared a su izquierda, la pared a su derecha. Las examinó con atención, buscando una grieta, una mancha, una irregularidad que pudiera ofrecerle alguna certeza.
No encontró nada.Entonces tuvo miedo. No un miedo violento, de esos que hacen correr o gritar, sino un miedo lento y profundo, semejante al que podría sentir un hombre que descubre que ha sido enterrado vivo y comprende, demasiado tarde, que nadie conoce el lugar de su sepultura.
Golpeó las paredes. Gritó pidiendo ayuda. Llamó a su madre, a su padre, a Elena. Pronunció los nombres que todavía recordaba, aunque ya no estaba seguro de que fueran nombres verdaderos. Golpeó hasta que sus manos dejaron de dolerle. Después se quedó quieto, escuchando.
Nada. Ni pasos en el corredor, ni ascensores, ni tuberías, ni el murmullo de los vecinos. Ni siquiera el sonido de su propia respiración.
Fue entonces cuando comprendió que llevaba demasiado tiempo allí. No supo cuánto. Los años habían perdido su significado. Podrían haber sido diez, cien o mil. Quizá el mundo continuaba existiendo más allá de aquellas paredes. Quizá las ciudades seguían creciendo, los niños nacían, los amantes se besaban bajo la lluvia y alguien, en alguna parte, extendía las manos para recibir los primeros copos de nieve.
O quizá no había mundo. Quizá nunca lo había habido. Buscó en su memoria la imagen de su propia muerte. No la encontró.
Recordaba haber entrado en el departamento, pero no podía recordar de dónde venía. Recordaba a los hombres que sacaban los muebles, pero no quién les había abierto la puerta. Recordaba el sillón, la ventana y las paredes, pero no conseguía reconstruir una sola imagen de sí mismo fuera de aquella habitación.
Por primera vez se preguntó si alguna vez había estado vivo. La pregunta permaneció allí, suspendida en el silencio. Intentó recordar su nombre.No pudo.
Intentó recordar qué significaba morir. Tampoco pudo. Solo sabía que estaba allí, sentado en una habitación cada vez más pequeña, y que había algo terrible en la posibilidad de que aquella habitación fuera todo cuanto existía.
Las paredes se acercaron un poco más. Ya no había espacio para levantarse. Apenas podía mover los brazos. Frente a él, la pared ocupaba todo su campo de visión. Trató de recordar la nieve, pero solo encontró una mancha blanca. Trató de recordar a Elena, pero no encontró nada. Buscó el rostro de su madre, la voz de su padre, el nombre del gato, la risa de un niño que alguna vez había sido él.
Nada.
La pared. Únicamente la pared.
Se aferró a ella con la desesperación de quien se aferra a una última certeza. Mientras pudiera verla, pensó, mientras pudiera saber que estaba allí, todavía existiría algo. Pero incluso aquella certeza empezó a desvanecerse. Primero olvidó que la pared estaba frente a él. Después olvidó que había una habitación. Luego olvidó que estaba sentado.
No sintió que desapareciera. No hubo oscuridad, ni luz, ni una voz que pronunciara su nombre desde algún lugar desconocido. No hubo una puerta que se abriera ni un túnel al final del cual pudiera esperar una promesa. Simplemente, dejó de recordar. Y cuando ya no hubo memoria, tampoco hubo un hombre que pudiera preguntarse dónde estaba.
El departamento quedó vacío. O quizá nunca había existido. Y en algún lugar, detrás de algo que ya no podía llamarse pared, algo permaneció inmóvil, esperando que alguien regresara a casa.
Alguien que nunca había salido. Alguien que nunca había entrado. Alguien que, de haber podido recordarlo, habría jurado que estaba vivo.