Un trino santo para tres hermanas divas – (milpan de maíz, calabaza y frijol)

Por Juan de Dios Maya Avila

Las tres hermanas de la milpa, o tres milpas, con su tres tan mágico, número de contundencia y cifra del simultáneo infinito, son la santísima trinidad o grial enigmático de la ciencia agraria ancestral en una parte significativa del continente americano (que espera el estudio serio del diálogo intercontinental prehispánico y el consecuente intercambio de saberes). Sus tres personajes o tres hermanas divinas, son el  maíz (Zea mays), el frijol (Phaseolus vulgaris L.) y la calabaza (Cucurbita spp.) con sus respectivas variantes. Las tres juntas en un policultivo (milpa) agrosimbiótico y antroposimbólico que salvó de la hambruna a más de un imperio y a miles de millones de familias y que aún hoy en día se presenta como una alternativa ecológica contrapuesta a la técnica de la quema o roza de monte para propiciar los ciclos del nitrógeno, fósforo, potasio, calcio y agua que buscan enriquecer los campos de cultivo y evitar su empobrecimiento nutrimental. Por supuesto que la santa triada da lugar a una teogonía mayor. Hay la variante, en Mesoamérica, de Las Cuatro Milpas, que incluye al chile como la cuarta hermana. “Cuatro milpas que tanto quería, pues mi madre las cuidaba”, cantaba don Antonio Aguilar. Y los nahuas, seguramente por influencia otomí, decían en el resabioso linde de las mecalcos pulqueros: “tres tías, tres milpas; nueve tíos, nueve magueyes”. 

En la memoria mítica, la santa tríada es un regalo directo de los dioses. En cambio, la ciencia, mediante la evidencia arqueológica, habla hasta de 6000 años de continuidad en esta técnica de policultivo. El ciclo químico en que las tres plantas se ayudan mutuamente, es una síntesis relativamente fácil de explicar, por la aparente sencillez de su funcionamiento. No obstante, asomarse a los milenios y contemplar a los abuelos y a las abuelas en el minucioso proceso de observación, prueba, ensayo, error y luego efectividad, es majestuoso y, ante la falta de evidencias, difícil de concebir.  Sin embargo, donde la ciencia tiene sus límites, el mito ofrece respuesta para cada pregunta.

Decir que las Tres Hermanas de la milpa son mesoamericanas, es ceñirlas a una visión contemporánea que ha olvidado estudiar, desde la arqueología y la mitología, las relaciones continentales de la América prehispánica (Abya Yala) en la que, no obstante, se multiplican los ejemplos de un diálogo milenario (comercial) que antecede a la invasión europea, e incluso, a los imperantes estados unitarios del siglo XVI prehispánico, cuyos visibles representantes —que no los únicos— son los mexicas al centro-norte y los incas al sur, salvo una bien nutrida serie de pequeños y medianos reinos o fenómenos comunitarios que escapan  o quedan fuera del ámbito de los dos cabos mencionados, sobre todo en sus respectivos extremos continentales, pero también en sus orillas (como la costilla purépecha que, al parecer, tiene que ver tanto con aztecas como con las culturas andinas, como casi toda la zona medular de la costa occidental mexicana)

Cierta evidencia sugiere que el frijol se domesticó primero en Sudamérica, hace unos diez mil años. En un espacio temporal análogo, sucedió lo mismo con  la calabaza en Centroamérica. Y entre quinientos y mil años después, el maíz, en su versión de teocintle y derivados, estaba siendo manipulado, observado y estudiado en el centro de México. El uso agrícola de las tres hermanas parece haberse extendido por toda Mesoamérica hace unos 3500 años. El maíz llegó caminando, junto con el (aparentemente colimeño) xoloiztcuintle, al norte del Perú, donde anidó en comunidades apenas previas al mochica, al chimú y demás teocracias tipo Chavín de Huántar, entre el 1800 y el 700 antes de nuestra era.

Es de sumo interés indicar que la triada milpera es bien conocida en la América septentrional, llegando, incluso, a los gélidos bosques canadienses. Los  haudenosaunee, también conocidos como iroqueses o confederación de las seis naciones, conocieron en sus sementaras —que se desarrollaban desde el sur de Canadá hasta Nueva York, Wisconsin y Oklahoma— a las Deohako (las tres hermanas), las cuales fueron un regalo que les entregó directamente el Gran Espíritu. De las tres hermanas, la menor es el frijol, que por pequeña no puede caminar y por eso se abraza a su hermana mayor, el maíz, que es erguida y alta y soporta los embates del viento. La calabaza, la coqueta hermana de en medio, con su gran vestido de holanes verdes, se pasea por aquí y por allá.

Los mohicanos las vieron plantarse en sus colinas, donde uno de sus niños primordiales, cierta noche, se llevó a la hermana pequeña, el frijol. Las dos hermanas restantes quedaron desconsoladas y trataban de adivinar en las huellas del ladrón la dirección a la que su hermana había sido conducida. Una segunda noche, vino el mohicano, y al amanecer, la calabaza había desaparecido. La hermana Maíz sufrió sobremanera, pero sin quebrarse, en su erguida forma. El  niño mohicano, que no era malo, decidió no prorrogar el sufrimiento de la hermana mayor, y esa misma noche fue por ella y la llevó consigo a su casa, donde, en una jícara, sus hermanas ya la estaban esperando. La temporada siguiente, el mohicano llevó a las hermanas al campo, para que con la lluvia germinaran y fueran fuertes otra vez.

Ahora bien, quizá la influencia de los pueblos iroqueses fue observada por sus vecinos (o viceversa). Entre ellos, los pueblos yutoaztecas tienen, sobre todo con el maíz, una relación cósmica. Y en la similitud de las mitologías yutoaztecas, se hace evidente la filiación de sus saberes. Cabe recordar aquí, que entre las naciones que conforman la familia yutoazteca, varias, aún hoy en día, practican el nomadismo, lo cual hace que su territorio de influencia abarque desde Estado Unidos, todo el territorio mexicano y se extienda por Centroamérica hasta Costa Rica. He aquí la geografía de mayor expansión del fenómeno de las tres hermanas de la milpa, cuya teogonía gusta de hacerse presente desde los mitos diluvianos, por ejemplo, el de los wixaritari-huicholes, quienes recuerdan al joven Watákame que se salva de la inundación universal junto con su mágica perra negra. Una vez que las aguas descienden, Watákame siembra siete semillas de maíz, siete de frijol y siete de calabaza, que previamente ha guardado por orden de la diosa de los mantenimientos, Nakawé, quien además le avisó de la inundación y le habría confiado el método para salvarse.  Watákame  fue instruido por ella para hacer una caja de madera que selló con cera de abeja dentro de la cual, junto a su perra negra, pasó los siete años que duró el diluvio. Las semillas, asimismo, las contuvo en un recipiente de arcilla (la contención dentro de la contención: estadío seminal). Gracias a sus 21 semillas, propició el primer cultivo de las tres milpas. Tenía la subsistencia, pero se sentía solo. Aunque, cuando volvía de su labor, alguien le tenía preparada la comida (a base de sus tres milpas). Un día se quedó a espiar, y vio que la perra negra se deshacía de su piel canina y entonces brotaba del pellejo una mujer. Cuando la mujer se distrajo en sus labores de cocinera, el hombre tomó la zalea de la perra y la arrojó al fogón. La mujer, al percatarse, se abrazó a él, diciéndole, ahora somos marido y mujer.

Los yutoaztecas más expandidos fueron los nahuas, quienes con toda seguridad se convirtieron en un agente determinante para que la sabiduría de las tres milpas llegara a las diversas regiones en las que anidó. Por ejemplo, la dilatada zona maya. Ahí los lacandones llaman os-pet-kol a la santísima trinidad de las tres hermanas. Y los tzeltales de los Altos de Chiapas, conocen al señor Ánjel, a veces X’anton, el dueño del monte, quien se presenta como un lagarto-rayo que  tiene cuatro hijas: una de cabello güero (maíz), otra de cabello negro (frijol), una más de cabello rojizo (calabaza) y una cuarta de rostro muy blanco (la jícara). Viene el zorro, quien es amigo del Ánjel, y le pide a una de sus hijas por esposa. El lagarto-rayo le da a escoger, y el zorro se decanta por la güera, cuyo hijo, y la propia planta de maíz, habrán de convertirse en el sol y la luna.  Algo había en la cromática de las  hijas del X’anton, que le recordaban a Alfredo López Austin los cuatro colores de los cuatro Tezcatlipocas: Xipe totec (rojo), Huitzilopochtli (azul), Quetzalcoátl (blanco) y Tezcatlipoca (negro).

Fray Bernardino de Sahagún recoge de entre los tlacuilos nahuas, que en el Tlalocan —el paraíso post mortem de los guerreros—, nunca harán falta, entre otros alimentos, el maíz tierno, las calabazas y el frijol en vainas verdes. Esta idea de un Tlalocan abundante en ambrosías es un ideal mucho muy anterior, tal y como lo vemos representado en el mural de Tepantitla, el afamado barrio teotihuacano, apenas distante de la llamada pirámide del sol en la Ciudad de los Dioses. Quieren los nahuas que, inmersa la humanidad en el diluvio universal, se salven tres semillas por haberlas embarcado en un acalli (barca de madera): el maíz, el frijol y la calabaza. Respecto a esa naturaleza transitiva que ya hemos endilgado a los nahuas, éstos absorben lo que van mirando y ello les hace ricos en costumbres, cultura y sabiduría. Cuando llega al Anáhuac, el nahua encuentra al otomí y vive con él una relación complicada de “amor y de odio”. Juntos fundan, al parecer, la Tula Teotihuacán y varios estados dominantes en la posteridad, como Tula Xocotitlan, Culhuacan, Azcapotzalco, y posteriormente, Tlaxcala, México Tenochtitla, pero sobre todo, México Tlatelolco e incluso tienen presencia en la multicultural liga chalca.  Cuando la caída de Teotihuacan, se registran una serie de migraciones que van fundando varias Chololas, Cholulas o bien, Cholollan (de chololoa / huir, saltar, despeñarse; y el locativo lan), esto es, “las ciudades de los que huyen”. Quienes van huyendo son principalmente los nobles, los pipiltines, quienes con esta denominación llegan a Centroamérica, sobre todo, a El Salvador y, en menor medida, a Nicaragua, donde fincan nuevas ciudades, adoran a sus viejos dioses y cultivan tradiciones y milpas. La influencia de los pipiles es detectable en el resto de los pueblos salvadoreños, entre ellos, los lencas. Aunque, como lo comienza a sugerir la arqueología, el acercamiento a estas “tres milpas” quizá llegara un milenio antes con la influencia cultural del olmeca-mixe-zoque y su hijo austral: el maya.

Bueno pues, quitémosle la máscara de metáfora mítica al hecho científico. En efecto, la caña del maíz (la hermana erguida) sirve de soporte al frijol para que éste (niña que gatea) pueda alzarse y el frijol dota al maíz de las cuantiosas cantidades de nitrógeno que éste necesita para su fotosíntesis. La calabaza (traviesa, con su gran vestido de holanes), compone una “retícula” de captación de humedad, en su desarrollo prolongado, casi a ras de suelo, y una muralla natural contra malezas perniciosas y hasta para cierta fauna perjudicial. Por si fuera poco, favorece la consumación de un microclima que amortigua las heladas.

El maíz, por sí mismo, no es un nutriente efectivo, sino que necesita la nixtamalización, pero incluso cuando ha pasado por este tamiz ecoquímico, no basta para considerarse una base nutricional básica. Tampoco el frijol y la calabaza por sí mismo lo consiguen. Se necesitan las tres. Entre más variada es una dieta, mayores son los beneficios, pero en épocas castigadas por la precariedad o en estamentos sociales castigados por la pobreza económica o la inclemencia geográfica, las tres hermanas sí que funcionan, juntas, como una fuente elemental de proteínas, vitaminas, minerales, azúcares, fibras, almidón y grasas vegetales que pueden evitar la desnutrición de un grupo vulnerable y vulnerado. Una fábrica de vida que ha servido desde la antigüedad a soportar los peores escenarios.

En la actualidad, dicha fábrica de vida se antepone a las fábricas de muerte que signan a la mayor amenaza contemporánea en nuestra precaria Latinoamérica: el capitalismo unilateral, colonizador, feroz, occidental, despiadado y deshumanizante, el cual, por cierto, apuesta por monocultivos transgénicos e industrializados y abonados con agroquímicos, en su mayoría cancerígenos y contrarios a la salud humana, con miras a hacer más redituables y cuantiosos los productos que “cultivan”, sin importar a las empresas trasnacionales el riesgo comunitario y universal que ello conlleva. Hoy las Tres hermanas de la milpa nos recuerdan, más que nunca, que son un obsequio sabio del esfuerzo milenario de nuestros ancestros divinos, que aún desde el Tlalocan, nos continúan procurando y surtiendo herramientas de resistencia.

(*) Juan de Dios Maya Avila (Tepotzotlán, 1980). Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico. Ganó el Concurso Internacional de Cuento, Mito y Leyenda Andrés Henestrosa, el Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés y el Certamen Estatal de Crónica Nezahualcóyotl Yoyontzin. Ha publicado los libros La venganza de los aztecas (mitos y profecías) (Seculta-Oaxaca,2012; Ybernia 2025, traducido por la Texas A&M International),  Soboma y Gonorra (Resistencia, 2018), El Jorobado de Tepotzotlán (Literatelia, 2020),  La Serpiente y el Manzano (Paserios, 2021),  Las oraciones paganas (San Agap, senó Icaró: sal) (Pequeña Ostuncalco Editorial, 2023), Niña oscura y otros relatos de vampiras (El Salto, 2023),  Eztlán (Hoja en Blanco, 2023),  Iztapalapa Western (Corazón de Diablo, 2024), y editado y antologado los libros Érase un dios jorobado, Érase una bruja Malinalco y Érase una Villa de carbón. En el año 2013 funda el Concurso Estatal Pensador Mexicano de Literatura escrita por Niños y Jóvenes y en 2024 PeriFeria. Artes en Resistencia. Su obra ha sido traducida al inglés, esloveno y ñathó (otomí) y publicada en México, Perú, Colombia, Chile, Argentina, Guatemala, Estados Unidos, España y Eslovenia.