Un “súper” El Niño en 2026 Evidencia científica, incertidumbre y posibles impactos globales

Por Alonso Rosales

El fenómeno conocido como El Niño-Oscilación del Sur (ENOS) constituye uno de los principales motores de la variabilidad climática global. Para 2026, diversos modelos climáticos coinciden en la alta probabilidad de que se desarrolle un evento de El Niño; sin embargo, la evidencia científica actual no respalda el uso del término “súper Niño”, una etiqueta mediática sin definición técnica formal.

Instituciones como la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) y el Servicio de Cambio Climático de Copernicus clasifican la intensidad de El Niño en cuatro categorías: débil, moderado, fuerte y muy fuerte. Según estimaciones recientes, existe aproximadamente un 61% de probabilidad de que el fenómeno se inicie entre mayo y julio de 2026. No obstante, la probabilidad de que alcance cualquiera de las cuatro intensidades es, por ahora, prácticamente uniforme, lo que refleja un alto grado de incertidumbre.

Desde el punto de vista físico, El Niño se caracteriza por un calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial central y oriental, asociado al debilitamiento de los vientos alisios. Este cambio altera la circulación atmosférica tropical, modificando los patrones de precipitación y temperatura a escala global. Científicamente, un evento se clasifica como “muy fuerte” cuando las anomalías de temperatura superficial del mar superan los 2 °C respecto al promedio histórico, como ocurrió en episodios destacados de 1982-83, 1997-98 y 2015-16.

Uno de los principales desafíos en la predicción de El Niño es la llamada “barrera de predictibilidad primaveral”. Durante esta fase, las condiciones oceánicas y atmosféricas presentan alta variabilidad, lo que limita la precisión de los modelos climáticos. En consecuencia, los pronósticos realizados antes de mediados de año tienden a ser menos confiables. A medida que avanza el año, especialmente hacia junio, la incertidumbre disminuye y las proyecciones ganan robustez.

En términos metodológicos, la NOAA ha actualizado recientemente sus herramientas de monitoreo, reemplazando el tradicional Índice Oceánico de El Niño (ONI) por el Índice Oceánico Relativo de El Niño (RONI). Este nuevo indicador compara las anomalías térmicas de una región clave del Pacífico (conocida como región 3.4) con el promedio de los trópicos globales, permitiendo una mejor comprensión del acoplamiento entre océano y atmósfera, elemento crucial para anticipar los impactos del fenómeno.

Un aspecto central en el análisis contemporáneo es la interacción entre El Niño y el cambio climático antropogénico. Si bien no existe consenso científico definitivo sobre si el calentamiento global incrementa la frecuencia de eventos de El Niño, sí hay evidencia sólida de que intensifica sus efectos. Un planeta más cálido implica una atmósfera con mayor capacidad de retener vapor de agua, lo que amplifica los extremos hidrometeorológicos: lluvias más intensas en algunas regiones y sequías más severas en otras.

Además, El Niño tiende a elevar la temperatura media global, con un desfase de varios meses respecto a su pico oceánico. Por ello, un evento fuerte o muy fuerte en 2026 podría contribuir a que 2027 registre nuevos récords de temperatura global, en línea con la tendencia observada en años recientes.

En conclusión, aunque la posibilidad de un evento significativo de El Niño en 2026 es alta, la evidencia científica aconseja prudencia frente a términos sensacionalistas como “súper Niño”. La prioridad actual de la comunidad científica es mejorar la precisión predictiva y comprender mejor la interacción entre variabilidad natural y cambio climático, factores que, en conjunto, definirán la magnitud de los impactos en los próximos años.