Pequeño ratón, con tu cola mojada y tus orejas en vela, hocico fino como aguja que borda la noche en la madera, caminas por el techo viejo, donde el tiempo cruje y espera, y cada paso tuyo es un latido leve que la casa entera recuerda.
Zarko Pinkas-Ramírez |
Pequeño ratón, con tu cola mojada y tus orejas en vela,
hocico fino como aguja que borda la noche en la madera,
caminas por el techo viejo, donde el tiempo cruje y espera,
y cada paso tuyo es un latido leve que la casa entera recuerda.
Tus piecitos golpean suave, como lluvia diminuta en lata,
mientras tus ojos vigilan el abismo que respira y no se delata,
yo te observo desde lo alto, conteniendo el aire que se desata,
rezando en silencio porque no caigas en la sombra que te retrata.
Cruzas un cable delgado, hilo tenso entre un mundo y otro,
equilibrista de polvo, sin red, sin nombre, sin rostro,
y aun así avanzas, pequeño, con la fe de quien ignora el monstruo,
hasta tocar el otro lado, donde la noche te nombra su propio.
Los gatos te miran desde un techo lejano, ojos como brasas,
pero tú no escuchas el filo del peligro ni sus amenazas,
sigues tu ruta de sombra, sin temer a garras ni a casas,
y llegas feliz, diminuto rey, dueño del hilo que atraviesas y trazas.