Crédito Fotos Telemundo Y AFP
Por Alonso Rosales
La cena de Estado ofrecida el jueves 24 de septiembre en la Casa Blanca por el presidente Donald Trump al mandatario chino Xi Jinping fue mucho más que un acto protocolario. El encuentro reunió a los líderes de las dos mayores potencias económicas del mundo y, de manera particularmente significativa, colocó en la misma mesa a algunos de los principales protagonistas de la revolución tecnológica global.
Trump y Xi abordaron durante su jornada de reuniones asuntos como comercio, inteligencia artificial, Taiwán, minerales y tierras raras, además de las guerras de Irán y Ucrania. Sin embargo, el encuentro terminó sin un gran acuerdo público que resolviera las principales diferencias estratégicas entre Washington y Pekín.
Durante la cena, Trump presentó la relación desde un tono conciliador. Dijo que ambos países representan sistemas diferentes, pero que los vínculos entre sus pueblos permanecen, y sostuvo que nunca habían tenido una relación personal mejor. Xi, por su parte, habló de una “nueva etapa histórica” en las relaciones bilaterales y llamó a fortalecer la comunicación, la cooperación y la coexistencia pacífica.
Desde Pekín, el mensaje parece estar siendo interpretado principalmente como un intento de administrar la rivalidad, no como el comienzo de una alianza entre ambos países.
El analista chino Zhao Hai, experto en relaciones sino-estadounidenses y vicepresidente del Chinese Institute of Hong Kong, señaló antes de la cumbre que Estados Unidos debería entender que la presión no funciona frente a China. Su interpretación refleja una visión existente entre sectores de análisis chinos: Pekín considera que su posición económica y comercial le permite negociar desde una mayor capacidad de resistencia.
Otros análisis publicados durante la visita señalaban que China buscaba principalmente estabilidad estratégica y continuidad de la tregua comercial, en lugar de realizar grandes concesiones a Washington.
La ausencia de empresarios chinos entre los invitados más destacados también llamó la atención. Mientras la Casa Blanca reunió a numerosos ejecutivos estadounidenses, los principales empresarios chinos no ocuparon un lugar equivalente en la cena. Associated Press señaló que hubo conversaciones para incorporar ejecutivos chinos, pero finalmente ninguno apareció entre los invitados empresariales.
La composición de la mesa fue quizá uno de los mensajes más importantes de la noche.
Junto a Trump y Xi fueron ubicados Jensen Huang, de Nvidia; Lisa Su, de AMD; Tim Cook, de Apple; y Elon Musk, de Tesla y SpaceX. También estuvieron presentes Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Sundar Pichai, Sam Altman, Satya Nadella y Michael Dell, entre otros dirigentes empresariales.
La selección no fue casual. Nvidia y AMD están directamente vinculadas con la carrera mundial por los semiconductores y la inteligencia artificial; Apple mantiene una enorme cadena de producción y un importante mercado en China; mientras Tesla depende considerablemente de sus operaciones y ventas en ese país.
Un análisis del South China Morning Post señaló que la ubicación de Huang, Su, Cook y Musk junto a los dos presidentes reflejó hasta qué punto la tecnología se ha convertido en el eje de la relación económica entre Washington y Pekín.
Más que pronunciamientos políticos contundentes durante la cena, la presencia de los empresarios transmitió un mensaje económico: las grandes compañías tecnológicas necesitan que Estados Unidos y China eviten una ruptura profunda.
Antes de la reunión, los intereses empresariales eran claros. Tesla obtuvo cerca de US$21.000 millones de ingresos relacionados con China en 2025, mientras Apple generó más de US$64.000 millones en la región de la Gran China. Nvidia, por su parte, enfrenta restricciones estadounidenses para vender determinados chips avanzados en el mercado chino.
La fotografía de Huang, Su, Cook y Musk junto a Trump y Xi fue, por tanto, más elocuente que cualquier discurso empresarial: la industria tecnológica estadounidense está directamente interesada en que la competencia estratégica no destruya los canales comerciales y de innovación entre las dos economías.
Para Ian Lesser, del German Marshall Fund, la reunión estuvo centrada fundamentalmente en “gestionar la rivalidad” entre Estados Unidos y China. A su juicio, quedaron numerosos asuntos pendientes, especialmente en comercio y tecnología, aunque la continuidad de la tregua comercial constituye un elemento de estabilidad.
El exfuncionario estadounidense Danny Russel, citado por Associated Press, puso el acento en otro aspecto: consideró que los dos presidentes dedicaron mucho tiempo a los actos sociales y ceremoniales en comparación con las conversaciones formales sobre los problemas centrales de la relación bilateral.
Ambas interpretaciones coinciden en un punto: la cordialidad pública no significa que las diferencias estratégicas hayan desaparecido.
La cena de la Casa Blanca dejó una imagen de acercamiento entre Trump y Xi, pero detrás de los brindis continúan las disputas por los semiconductores, la inteligencia artificial, el comercio, las tierras raras, Taiwán y la influencia internacional.
La presencia masiva de los grandes empresarios tecnológicos añadió otra dimensión: Washington y Pekín pueden competir por el liderazgo mundial, pero sus economías siguen profundamente interconectadas.
Xi regresó a Washington como líder de una China que busca proyectar confianza y estabilidad. Trump, mientras tanto, utilizó la visita para exhibir una relación personal cordial con el presidente chino. Pero el verdadero desafío para ambos gobiernos será convertir esa cordialidad en mecanismos capaces de impedir que la competencia tecnológica y económica vuelva a transformarse en una confrontación abierta.
Fuentes: Reuters, Associated Press (AP), CBS News, South China Morning Post (SCMP), Channel NewsAsia (CNA), The Guardian y German Marshall Fund.