Trump quiere todo el petróleo de Venezuela, pero ¿a quién se lo vendería?

Por Alonso Rosales

En los albores de 2026, la política energética de Estados Unidos vuelve a estar en el centro de un debate global. El expresidente Donald Trump ha apostado por asegurar el control de la vasta riqueza petrolera de Venezuela, con la ambición de revitalizar la industria que durante décadas fue el corazón de la economía venezolana. Sin embargo, la pregunta estratégica emerge con fuerza: si el mayor consumidor histórico de petróleo, China, está acelerando su transición energética, ¿quién comprará ese crudo?

El plan de Trump y su apuesta petrolera

Trump ha afirmado que Estados Unidos tomará el mando sobre el petróleo venezolano y gestionará su producción y ventas, argumentando que ese recurso debe beneficiar primero a la economía estadounidense y luego a sus socios comerciales. Parte de la estrategia incluye la entrega de hasta 50 millones de barriles a Estados Unidos, desviando suministros que previamente iban a China y otros destinos, y controlando los ingresos generados por esas ventas.

Adicionalmente, su gobierno ha considerado imponer aranceles del 25 % a cualquier país que compre petróleo venezolano, una medida diseñada para limitar la influencia de actores rivales y forzar una realineación del comercio de crudo.

No obstante, esta política confronta una realidad geopolítica y económica más compleja que la simple posesión de recursos.

China: menos petróleo, más electricidad

China ha sido durante años el mayor importador de petróleo venezolano, representando una parte significativa de las exportaciones de crudo de Caracas. Sin embargo, ese apetito está cambiando. El país asiático continúa dominando la venta global de vehículos eléctricos, con más de 11 millones de coches eléctricos vendidos en 2025, según datos de la consultora Rho Motion y reportes sobre el mercado automotor global.

Este auge de los vehículos eléctricos no solo transforma al sector transporte, sino que impacta directamente en la demanda de combustibles fósiles. Estudios e informes especializados muestran que la adopción generalizada de vehículos eléctricos está contribuyendo a una disminución notable en el consumo de gasolina y diésel en China, y que su demanda total de petróleo podría estar cerca de un pico alrededor de 2027, antes de iniciar un descenso más sostenido.

Estos cambios sugieren que la tradicional relación comprador-vendedor entre China y los exportadores de petróleo podría estar evolucionando hacia una menor dependencia de los hidrocarburos en favor de formas de energía más limpias.

¿Y después de China?

Si bien China sigue siendo un mercado enorme y continúa importando crudo —especialmente para usos industriales y petroquímicos—, los profundos cambios estructurales en su economía energética plantean dudas sobre la sostenibilidad a largo plazo de esa relación con el petróleo venezolano. Con incentivos estatales, políticas climáticas ambiciosas y un desarrollo robusto de infraestructuras para vehículos eléctricos, el gigante asiático avanza hacia una menor intensidad de carbono en su matriz energética.

Frente a este escenario, las opciones de Trump y sus aliados para colocar el petróleo venezolano se vuelven más restringidas:

  • Mercados alternativos emergentes: países que aún dependen del crudo para su crecimiento energético, como India o diversas economías en África y Sudeste Asiático, podrían absorber parte del excedente, aunque con márgenes menores y requerimientos de descuentos.
  • Sectores industriales: más allá del transporte, el petróleo sigue siendo crucial en la petroquímica, plásticos y combustibles para aviación; pero estos demandan fracciones de los volúmenes históricos asociados al transporte terrestre.
  • Refinerías especializadas: ciertas refinerías independientes, especialmente en Asia, han recurrido a crudos pesados de Venezuela e Irán; sin embargo, políticas de sanciones o aranceles pueden limitar este comercio.

 ¿una apuesta en retroceso?

La visión de Trump de “dueño” del petróleo venezolano responde a una lógica geopolítica tradicional —control de recursos físicos para poder global—. No obstante, el contexto energético del mundo está cambiando. La electricidad y las energías renovables, junto con el auge de los vehículos eléctricos, están erosionando la centralidad del petróleo como motor de crecimiento económico, especialmente en China, el consumidor más grande del planeta.

Esto no significa que el crudo vaya a perder importancia de inmediato, pero sí que su mercado y sus compradores están en transición. En este tablero dinámico, la estrategia de Trump enfrenta el desafío de encontrar nuevos destinos y usos para un recurso cuya demanda ya no crece con la misma voracidad de antaño. El petróleo venezolano tiene sin duda un valor económico y geopolítico considerable, pero su destino comercial ya no está escrito únicamente por quienes controlan su producción, sino por quienes controlan la energía del mañana.