Cristo en la Parroquia de San Juan Bautista en Coyoacán, que es un emblema de la localidad y símbolo del barroco novohispano.
Por Francisco de Asís López Sanz / Portada jjdalton
Tac.
Tac-tac.
Tac-tac-tac-tac-tac.
La noche de Valladolid se traga al penitente entero, no por partes, sino de un bocado hondo: como si la piedra de sus calles, gastada por siglos de pasos idénticos, bisbiseara su nombre antes de que él lo pronuncie, antes de que el capirote le robe la cara y le devuelva solo el aliento entrecortado, halito que sale caliente y regresa helado, marcado por el olor a cera quemada, a madera vieja, a sudor de hermanos que van delante y detrás, tejiendo con sus cuerpos una cadena viva que “belatedly” late y que duele, que empuja hacia adelante sin prisa pero sin pausa.
Él siente primero el suelo, ese empedrado irregular que muerde las suelas y sube por las piernas como un recordatorio cruel: no estás aquí para verte bonito, estás aquí para cargar, para ser el eco de un dolor que no es tuyo pero que ahora lo llevas emprestado , tac tac, y con cada golpe siente cómo el hábito raspa su piel, cómo el frío de la marcha se clava en las rodillas, cómo el peso invisible del paso: esa virgen de ojos caídos, ese Cristo de miembros sarmientos, tira de él hacia abajo y hacia adentro, hacia un pozo donde la fe no es palabra bonita sino nudo en la garganta, lágrima que no cae pero moja el alma.
Tac-tac-tac.
La cuesta llega, alfa y anega, traicionera, justo ahi el corazón se acelera: porque quiere rendirse, clama un respiro, un alto en el camino para soltar el aire que quema los pulmones, pero no puede, o no debe.
Sabador que parar sería quebrar la cadencia sagrada, el tac que une su pulso con el de la cofradía entera, con el de la ciudad que mira en silencio desde las aceradas aceras y en ese silencio El y el lo oyen todo: oyen las plegarias mudas de los que esperan un milagro, oyen el crujir de la madera que parece viva, oyen su propia sangre golpeando las sienes como un tambor lejano que responde al del cortejo, tac-tac-tac-tac.
De pronto surge el calor, no del cuerpo sino del pecho, una ola que sube y lo ahoga en ternura, en rabia contenida, en esa entrega que hace que el dolor se vuelva dulce, se encarne en propio, puente hacia algo inmenso que no se toca pero donde se abre un habitese.
Más adelante, cuando el paso gira en la plaza y las luces lo bañan un instante, siente los ojos de la gente, no como juicios sino como caricias ásperas, como si todos supieran lo que lleva dentro, lo que arrastra en silencio bajo la tela negra: la promesa de un año atrás, el recuerdo de un padre o un sentimiento de católica culpa que pesa más que cualquier cruz disculpa.
En ese entonces la emoción revienta por dentro, no en gritos ni en lágrimas visibles, sino en un temblor que le recorre los huesos, tac, tac-tac, un temblor que dice sí a la noche, sí al cansancio, sí a la virgen que parece inclinar la cabeza solo para él, solo en ese instante fugaz donde el mundo se reduce a un latido compartido, a un misterio que hiere porque sana, que pesa porque levanta.
Tac.
Tac-tac-tac-tac-tac-tac
Y la procesión no acaba, no quiere acabar, porque en cada paso nuevo nace otra entrega, otro pellizco en el alma, otro soplo de aire frío que trae consigo el eco de saetas antiguas, de voces que quisieron bajar al Cristo del madero para abrazarlo como a un hijo herido, y él, el penitente anónimo, se siente parte de El y de eso, parte de un río humano que fluye por las venas de Castilla, que arrastra pecados y esperanzas, que transforma el sudor en oración, el silencio en grito mudo, el tac perpetuo en el único lenguaje que importa, tac-tac-tac, eternamente, hasta que el alba asoma pálida y el cuerpo, exhausto, comprende que ha tocado lo intocable, que ha caminado hasta el borde de sí mismo y donde ha encontrado, no respuestas esperadae sino margaritas claras: alas de Fe resueltas.