Por Dra. Margarita Mendoza Burgos
En una época en la que la inmediatez parece marcar el ritmo de la vida cotidiana, consumir contenido ya no es suficiente: ahora también hay que hacerlo lo más rápido posible. Escuchar una canción a 1.5 o 2 veces su velocidad normal, ver una serie en modo fast forward, reproducir podcasts acelerados o conformarse con el resumen de un libro en lugar de leer la obra completa son hábitos que han dejado de ser excepcionales para convertirse en una tendencia creciente. A quienes adoptan esta forma de consumo digital se les conoce en internet como Speed Watchers, un fenómeno que refleja la necesidad casi compulsiva de optimizar cada minuto del día.
Lo que en un principio fue una herramienta diseñada para facilitar el acceso a conferencias, clases virtuales o contenidos educativos terminó extendiéndose al entretenimiento. Hoy, las principales plataformas de video, aplicaciones de podcasts, servicios de audiolibros y lectores digitales incorporan controles de velocidad que permiten reducir considerablemente el tiempo necesario para terminar una película, una serie o una novela.
El acelerado avance tecnológico también ha moldeado la forma en que las nuevas generaciones se relacionan con el tiempo. Muchos jóvenes, e incluso niños, han crecido con la idea de que todo debe ocurrir de inmediato, sin esperas ni procesos. La paciencia parece haberse convertido en un recurso escaso y la rapidez, en una virtud.
Sin embargo, esa carrera constante también plantea interrogantes. Poco a poco, las personas parecen acostumbrarse a recorrer la vida sin detenerse a disfrutar el camino. El entretenimiento comienza a consumirse con la misma lógica de la comida rápida: importa más terminar que saborear la experiencia. La cultura, la música, el cine y la literatura pasan a convertirse en productos que deben consumirse con rapidez para dar paso al siguiente contenido.
Especialistas en comportamiento digital vinculan este fenómeno con el llamado FOMO (Fear of Missing Out), el miedo a quedarse fuera de las conversaciones del momento o a no estar al día con las tendencias que dominan las redes sociales. Esa presión por mantenerse actualizado impulsa a millones de personas a acelerar el contenido con tal de no quedarse atrás.
La tendencia también responde a una cultura que premia la eficiencia por encima del disfrute. Escuchar un audiolibro al doble de velocidad mientras se responde correos electrónicos o reproducir un podcast durante otra actividad permite consumir más información en menos tiempo.
Pero diversos estudios advierten que esa práctica, cuando se convierte en un hábito permanente, puede afectar la comprensión, la memoria y la capacidad de concentración. El cerebro logra adaptarse a velocidades ligeramente superiores a las normales, aunque llega un punto en el que la rapidez termina sacrificando la profundidad con la que se procesa la información.
Afortunadamente, esta tendencia tiene un freno, y depende de cada persona. Basta con apagar por un momento las pantallas, dedicar tiempo a caminar, contemplar la naturaleza, escuchar música sin prisas, conversar con amigos o simplemente permitirse disfrutar el presente.
Al final, la vida no fue diseñada para vivirla como un video en velocidad acelerada ni para consumirse de un solo trago. Porque, a diferencia de los dibujos animados, fuera de la ficción nadie gana la carrera por llegar primero; lo importante sigue siendo disfrutar el recorrido y evitar que la vida termine pareciéndose demasiado a la de Speedy Gonzales o Pancho López.