René Martínez Pineda (*)
Hablando de sociólogos, los hay de todos los tipos, colores, tendencias, valores, risas y delirios de grandeza, dependiendo de si optan por las víctimas o por los victimarios; por teorizar con la verdad pragmática de la gente, o con sofismas rústicamente escolásticos que ponen cara de geniales; por reivindicar a los ausentes de la historia y de la sangre, o ensalzar y normalizar a quienes los invisibilizaron y sangraron. El dilema -que no debería serlo, al menos para la sociología crítica (que no tiene nada que ver con criticar por criticar, lo cual fue la enfermedad infantil del pensamiento sociológico)- es si la obligación moral es con las víctimas o con los victimarios, que son los dos actores que interactúan en el escenario de la violencia social que institucionaliza la victimización, la que puede ser: pasiva (el asesinado, el extorsionado, el expulsado, el silenciado, el ninguneado, el invisibilizado), o activa (la persona que, para no ser una víctima pasiva, se convierte en victimario -a la que se le quiere convencer de que “eso es bueno”, o que es mejor que ser lo otro- con lo que es ambos personajes que, como Hamlet, se mueven entre la culpa (la moral relativa) y la causa, y eso relativiza la noción de inocencia y la de culpabilidad penal).
Eran los habitantes de los sectores populares los que tenían una alta probabilidad de ser reclutados por la delincuencia, o ser violentados en todas las formas posibles, debido a que sus victimarios habitaban en su vecindad, y esa era una cuestión tan geográfica como moral y causal, porque dichos sectores no importaban para quienes gobernaban y, sin duda, tampoco importaban para los sociólogos de flatulencias aromadas con la cobardía del apático con conocimiento de causa. Los números, tan desprovistos de identidad sociocultural, confirman lo anterior, no importa la fuente usada. Se trató de un auténtico genocidio horizontal, ya que era ejercido entre iguales que institucionalmente no lo eran, pues las víctimas no tenían derechos humanos ni presencialidad, mientras que los victimarios fueron ungidos como sujetos político-sociales, hasta el punto de ser los funcionarios invisibles del Estado que podían: decidir sobre la vida y la muerte; cobrar impuestos (“la renta”); poner toques de queda; decretar paros al transporte; dar conferencias de prensa; negociar pactos o votos (encomenderos políticos) con los gobiernos, como si fueran un grupo beligerante; y, lo más patético y simbólico, reclamar el derecho a que los curas y pastores les lavaran y besaran los pies para el perdón de sus pecados. Lo único que les faltó a los pandilleros para ser, en toda su extensión institucional, sujetos políticos, fue tener derecho al voto desde la cárcel.
Es la sociología de los victimarios (ejercida por pseudosociólogos) la que defiende lo anterior y, con la narrativa de las ausencias, clama porque el pasado, vuelva a pasar, y ese clamor -adornado con sofismas y prepotencias sin sustento ni autoridad moral- es lo que caracteriza a los pregoneros de la vieja sociedad (los negacionistas del daño causado), dentro de los cuales están: los sociólogos irrelevantes en la historia de lucha del pueblo (al que ven, por ingenuo, como el mejor retrato de Ana Frank), y el político opositor que se lava la cara, las manos y la ignorancia cuando se postula como candidato, o da entrevistas con sabor a café con cara de mate.