Síndrome del chucho aguacatero

"Lo nuestro es el síndrome de lo inferior de chucho aguacatero: (...) pedimos collar, agradecemos el látigo y hasta aplaudimos la patada": Nelson López Rojas.

Por Nelson López Rojas.

Hoy se presentó en la Universidad Don Bosco el libro Cuentos feministas, una edición bilingüe que reúne dos relatos de inicios del siglo XX de la italiana Clelia Pellicano, traducidos por primera vez al español.

Los textos son La viuda, donde una mujer descubre en pleno luto la infidelidad del difunto, y Esclavas, una crítica psicosocial de la violencia de pareja.

En la presentación, el compilador Claudio Meli señaló que escogió estos cuentos por la vigencia de las infidelidades y de la violencia intrafamiliar en nuestro país. “Vean lo que pasó en Zacatecoluca hace unos meses, donde un hombre, lleno de celos, le cortó las manos a la compañera de vida —señaló. O donde el marido es violento, pero si los vecinos llaman a la policía, la mujer dice que no es nada, que están trabajando para resolver sus dificultades”.

Y así pasa una y otra vez. Escritos hace más de un siglo, esos cuentos parecen actuales. Todavía circulan frases como “si me pega es porque me quiere” o “si me grita es porque me corrige”. Y, ¿qué decir de la famosa puerta que les deja el ojo morado a las mujeres? No, señito: si tu hombre te levanta la mano, no te quiere. Entendelo de una vez.

Del maltrato doméstico al maltrato nacional hay un solo paso. 

Muchos permitimos que nuestra pareja nos maltrate física o psicológicamente porque hemos creado cierta dependencia por esta persona y porque esta persona sabe que en nosotros encuentra a alguien, siempre, feliz de aplaudir –o de moverle la cola a pesar del gaslighting.

Así como alguien se aferra a una relación abusiva, como país nos dejamos seducir por figuras que apenas sueltan un discurso, un video o un meme, y ya los convertimos en mesías. ¿Por qué ese endiosamiento ridículo? El tipo no acabó con el hambre, no derrotó la corrupción, no inventó la cura del cáncer. Apenas encendió la cámara, habló bonito, lució un peinado brillante y de inmediato lo canonizamos.

Lo nuestro es el síndrome de lo inferior de chucho aguacatero: ese perro flaco, mestizo, lleno de pulgas y garrapatas, que aun así mueve la cola esperando que alguien lo adopte y que le digan que es “de raza”. Guanacos hijos de puta, dijo Dalton, y tenía razón: pedimos collar, agradecemos el látigo y hasta aplaudimos la patada.

El fenómeno no es nuevo ni exclusivo de los guanacos. En Venezuela, Maduro se vende como heredero de Bolívar y hay gente que lo aplaude, aunque no haya gasolina ni pan. En El Salvador, Bukele es el mesías digital: tuits como mandamientos y artesanías con fotos como estampitas de santo. En Estados Unidos, Trump se pasea como profeta, convencido de que Dios mismo lo eligió para salvar al imperio con impuestos. Y la gente le cree. Se arrodilla, prende velas, comparte memes como si fueran rosarios.

Lo mismo aquí, en chiquito. ARENA canonizó a Cristiani como si no tuviera sangre en las manos. El Frente endiosó a Funes quien dejó a miles esperando el cambio como ese letrero de Ciudad Delgado que reza “el cambio ya viene”. Nuevas Ideas convirtió a Bukele en superhéroe de Marvel. Y el Faro se cree el Vaticano de la verdad, como si sus pecados internos fueran menos mugrosos. Y ni hablar de las iglesias evangélicas que venden sanidad exprés por diezmo para que pare de sufrir o de la católica que aún cree que la sotana purifica al depredador.

Y así semos, pero la cosa no para en política. El retrato se completa con el siempreenbus y el comecuanduai. El primero, pobre diablo condenado a la eternidad del microbús, habla de política mientras suda contra la ventana. “Ese Bukele sí es verga, compa”, dice, aunque no tenga para la cena. El comecuanduai, en cambio, presume su vaso de Starbucks como si fuera visa Schengen, pero en su casa cena arroz con frijolitos cuando hay. Dos variantes del mismo perro aguacatero, uno con collar de plástico, el otro con collar importado. Ambos con garrapatas. Ambos moviendo la cola, agradecidos de que alguien les tire una tortilla dura.

Dalton nos conocía: guanacos hijos de puta. No porque seamos peores que otros, sino porque lo nuestro es un ciclo eterno de idolatría y linchamiento. Lo mismo que los gringos con Trump, en Argentina con Milei, en Nicaragua con Ortega… Y siempre, siempre, siempre la masa de chuchos agradecidos, buscando migajas de validación. 

Porque eso es lo que nos falta: nos aterra la libertad. Preferimos ser chuchos con dueño que perros libres, pues le tememos a la soledad. Nos importa más la foto con el amo que el hambre en la mesa. Lo patético no es la opresión, la corrupción o la injusticia: lo que nos da pánico es quedarnos sin dueño. Como dijo Arjona, el problema no es que mientas, el problema es que te creo.

Al final, no estamos tan lejos de las mujeres de Pellicano. La viuda descubre demasiado tarde que su marido no era santo, como nosotros que lloramos líderes muertos para enterarnos después de que también tenían amantes, cuentas escondidas o cadáveres bajo la alfombra. Esclavas muestra a la mujer que calla la violencia, igual que nosotros que justificamos al sistema porque “nos da seguridad”, o al político corrupto porque “al menos roba, pero hace”.

Clelia Pellicano lo escribió hace más de un siglo en clave de género. Nosotros lo vivimos todavía, en clave de país como esclavos agradecidos, viudas que veneran al difunto, chuchos aguacateros con garrapatas buscando un amo que nos dé apellido y pedigree.