por Alonso Rosales, poeta
La noche desciende lenta sobre la montaña,
y el frío susurra tu nombre con dulce maña,
como cuando en cafetales buscábamos razón,
para encender en risas la joven ilusión.
Hoy Medellín florece en tu piel recordada,
en cada curva suave, en tu risa dorada,
y mi memoria arde con tibia devoción,
reviviendo tus besos como fiel canción.
Eras fuego y ternura, misterio y claridad,
un latido constante lleno de verdad,
y en cada encuentro nuestro, sin prisa ni temor,
se desbordaba el tiempo rendido al amor.
No hay noche que no invoque tu forma sutil,
ni ausencia que marchite lo que en mí es abril,
pues llevas en tus ojos la luz que aprendí,
cuando en tierras lejanas por fin te sentí.
Eres madre, mujer, compañera y amiga,
eres todo aquello que el alma abriga,
y aunque la distancia pretenda vencer,
tu esencia en mis versos vuelve a florecer.
Desde esta tierra mía te mando calor,
besos que viajan cargados de ardor,
y el más bello recuerdo que vive en mi ser:
volver a encontrarte… y renacer.