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Por Alonso Rosales
El anuncio del denominado “Proyecto Libertad” por parte de Donald Trump marca una nueva fase en la crisis del Estrecho de Ormuz, combinando objetivos operativos con una intensa batalla narrativa. La operación, concebida para escoltar buques mercantes atrapados por el bloqueo, implica un despliegue significativo: más de 100 aeronaves, destructores con misiles guiados, sistemas no tripulados y unos 15.000 efectivos en la región. Desde una perspectiva militar, se trata de una misión de control marítimo limitado con componentes de disuasión activa.
El valor estratégico del estrecho es incuestionable: por esta vía transita cerca del 20% del petróleo mundial. Su interrupción no solo altera los mercados energéticos, sino que convierte cualquier operación militar en un asunto de seguridad global. En este contexto, el “Proyecto Libertad” busca restablecer la libertad de navegación sin declarar formalmente una ofensiva directa contra Irán.
Sin embargo, el componente informativo del conflicto ha escalado rápidamente. Trump afirmó que fuerzas iraníes dispararon contra un buque mercante de Corea del Sur, calificando el hecho como una amenaza a la navegación internacional e instando a Seúl a sumarse a la operación multinacional. Esta declaración apunta a ampliar la coalición y legitimar la presencia militar estadounidense bajo un marco de seguridad colectiva.
En contraste, la Guardia Revolucionaria de Irán sostiene una versión distinta: asegura haber atacado un buque de guerra estadounidense que ignoró advertencias en la zona. Esta divergencia evidencia una guerra de percepciones donde cada actor intenta justificar sus acciones ante la comunidad internacional y reforzar su posición estratégica.
Desde el punto de vista militar, el riesgo de escalada es elevado. La coexistencia de unidades navales hostiles en un espacio reducido incrementa la probabilidad de incidentes por error de cálculo, identificación incorrecta o respuesta desproporcionada. La presencia de drones, misiles antibuque y embarcaciones rápidas —elementos característicos de la doctrina asimétrica iraní— complica aún más el escenario táctico para las fuerzas estadounidenses.
Además, la operación no solo busca proteger convoyes, sino también ejercer presión económica indirecta sobre Irán. Al intentar reabrir el flujo comercial, Washington persigue debilitar la capacidad de Teherán de utilizar el estrecho como herramienta de coerción. No obstante, sin coordinación bilateral o mecanismos de desconflicto, esta estrategia podría generar el efecto contrario.
En términos geopolíticos, la posible incorporación de países como Corea del Sur indicaría una internacionalización del conflicto, elevando el costo político de cualquier enfrentamiento directo. Para las potencias asiáticas dependientes del crudo del Golfo, la estabilidad en Ormuz es un interés vital, lo que podría empujarlas a adoptar un rol más activo.
En conclusión, el “Proyecto Libertad” representa una operación de alto riesgo que combina asistencia humanitaria, presión estratégica y proyección de poder. Su éxito dependerá no solo de la superioridad militar estadounidense, sino de la gestión del riesgo de escalada en un entorno donde cada movimiento puede redefinir el equilibrio regional.