Por Alonso Rosales
Las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre la posibilidad de llevar su “guerra contra las drogas” al territorio mexicano han encendido las alarmas en la región. Tras el derrocamiento de Nicolás Maduro en Venezuela mediante una operación militar estadounidense, Trump ha sugerido que una ofensiva similar podría dirigirse contra los cárteles del narcotráfico en México, incluso con acciones en tierra.
Desde la perspectiva de Washington, México parece un objetivo lógico. Es el principal productor de fentanilo que llega a Estados Unidos y el corredor clave de la cocaína sudamericana. Sin embargo, especialistas en seguridad y crimen organizado coinciden en que la visión de Trump simplifica en exceso una realidad mucho más compleja.
Un enemigo fragmentado y omnipresente
Durante décadas, el imaginario popular ha retratado a los cárteles mexicanos como estructuras jerárquicas dominadas por capos visibles y fácilmente identificables. Esa imagen ya no corresponde a la realidad. Hoy, el narcotráfico en México está compuesto por una constelación de alrededor de 400 grupos criminales de distintos tamaños, dispersos por todo el país.
Lejos de debilitarse, muchos de estos grupos se han adaptado y diversificado. El Cártel de Jalisco Nueva Generación, considerado el más poderoso, funciona como una red que agrupa a decenas de organizaciones más pequeñas. Esta fragmentación hace que una intervención militar tradicional —diseñada para derrotar a un enemigo centralizado— sea poco efectiva.
El fracaso del modelo de “decapitación”
México ya probó una estrategia que hoy vuelve a plantearse desde Washington: la captura o eliminación de los grandes líderes del narcotráfico. A partir de 2007, el Estado mexicano, con apoyo de Estados Unidos, lanzó una intensa cacería de capos. Aunque muchos fueron arrestados o abatidos, el flujo de drogas hacia el norte nunca se detuvo.
Por el contrario, la caída de los jefes históricos provocó la división de los grandes cárteles en facciones más pequeñas, más violentas y menos controlables. En lugar de reducir el problema, la estrategia multiplicó los actores armados y profundizó la violencia.
Como señalan varios analistas, estas organizaciones funcionan hoy más como corporaciones económicas que como grupos terroristas. Mientras exista una demanda masiva de drogas en Estados Unidos, la oferta encontrará la manera de reorganizarse.
Control territorial y economía criminal
Otro factor que complica cualquier intervención terrestre es que los cárteles ya no se limitan al tráfico de drogas. En muchas regiones controlan territorios completos, cobran “impuestos” a negocios legales, dominan rutas migratorias y extorsionan a agricultores, comerciantes y transportistas.
Este control se sostiene gracias a redes locales profundamente arraigadas. Vendedores ambulantes, taxistas y trabajadores informales son obligados —o incentivados— a actuar como informantes. Desmantelar esa infraestructura implicaría algo mucho más complejo que operaciones militares puntuales: requeriría sustituir funciones que el Estado no siempre ha logrado garantizar.
Instituciones infiltradas y poder político
La penetración del narcotráfico en las instituciones mexicanas es otro obstáculo clave. En las elecciones de 2024, decenas de candidatos fueron asesinados y cientos se retiraron por amenazas, evidenciando la influencia directa de los grupos criminales en la política local.
Una fuerza extranjera operando en ese contexto enfrentaría un escenario difuso, donde las líneas entre autoridades, criminales y población civil no siempre son claras. El riesgo de errores, abusos y escaladas de violencia sería alto.
El límite de la soberanía
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha sido clara: está dispuesta a cooperar con Estados Unidos, pero no a permitir una intervención militar que viole la soberanía nacional. Su postura responde tanto a la historia de invasiones estadounidenses como a la reacción que podría generar dentro del propio Ejército mexicano y del partido gobernante.
Además, una acción unilateral de Estados Unidos podría desestabilizar gravemente al país y dañar una relación bilateral clave, en un momento en que México es el principal socio comercial de Washington.
Un problema sin solución militar simple
La experiencia demuestra que no existe una solución rápida ni exclusivamente militar al narcotráfico en México. El problema combina demanda internacional, desigualdad económica, corrupción institucional y control territorial criminal.
Incluso para una potencia como Estados Unidos, combatir por tierra a los cárteles mexicanos no solo sería difícil, sino potencialmente contraproducente. Sin una estrategia integral que vaya más allá de la fuerza armada, cualquier intervención corre el riesgo de repetir errores del pasado y profundizar un conflicto que ya ha costado cientos de miles de vidas.
FUENTE CNN EN ESPAÑOL