Paciente no cliente: la herida invisible de la negligencia médica

Por Zarko Pinkas-Ramírez

Durante los últimos años, he sido paciente más veces de las que hubiera querido. Y no por elección. Me ha tocado recorrer hospitales, clínicas privadas, centros de imagen y consultas especializadas, arrastrando no solo diagnósticos, sino también dudas, angustia y, en demasiadas ocasiones, la certeza de haber sido maltratado por el sistema de salud. No siempre con violencia directa, pero sí con desidia, con falta de rigor, con negligencia. Y eso —cuando uno lo vive desde el lado del que paga, espera, confía y sufre— no se olvida.

A lo largo de mi vida he vivido al menos dos experiencias médicas que me han dejado marcado física y emocionalmente. No por la enfermedad en sí, sino por la forma en que fui tratado. Procedimientos mal hechos, diagnósticos equivocados, y decisiones profesionales que generaron más daño que alivio. No tengo duda de que fueron actos de negligencia y descuido, y que marcaron mi relación con el sistema de salud desde entonces.

A eso se sumaron estudios médicos con errores grotescos. En una ocasión, un examen de imágenes informó que mi próstata tenía el tamaño de una vejiga, lo que llevó a una doctora a sugerir una operación inmediata. Afortunadamente, dudé. Consulté otra opinión y se confirmó que el examen estaba mal interpretado. Esa decisión me salvó de una cirugía innecesaria.

Uno de los episodios más graves fue una radiografía de tórax, donde el informe señalaba calcificaciones en el corazón. Alarmado, y con una ansiedad creciente, acudí a un cardiólogo de confianza, un profesional serio, que tras realizarme un ecocardiograma y los estudios pertinentes me aseguró que esa interpretación era completamente errónea. No existía tal calcificación. El diagnóstico había sido un error. Sin embargo, el daño ya estaba hecho: pasé semanas sumido en un estado de angustia, con pensamientos oscuros, síntomas físicos que respondían al estrés, y una sensación de vulnerabilidad absoluta. La medicina, cuando se equivoca de forma tan burda, puede generar sufrimiento profundo.

Mi madre también vivió una experiencia traumática. Padeciendo una arritmia cardíaca ya diagnosticada, un médico le recetó unas gotas que eran totalmente contraindicadas para su condición. A los pocos días comenzó a experimentar alteraciones severas en el ritmo cardíaco. Fue su cardiólogo quien, alarmado, cambió inmediatamente la medicación, reconociendo que esa combinación pudo haber sido fatal. No estamos hablando de una persona sin antecedentes: su historia clínica era clara. ¿Fue descuido? ¿Desconocimiento? ¿Desinterés? En cualquier caso, fue una negligencia.

Lo más preocupante es que estas historias no son excepcionales. En 2016, un estudio de la Johns Hopkins University, publicado en el British Medical Journal, reveló que los errores médicos son la tercera causa de muerte en Estados Unidos, después del cáncer y las enfermedades cardíacas. No estamos hablando de equivocaciones menores, sino de decisiones que matan, incapacitan o afectan psicológicamente a miles de personas.

Ese daño invisible —el psicológico— muchas veces se minimiza o se ignora. La Agency for Healthcare Research and Quality (AHRQ) ha documentado cómo los pacientes víctimas de errores médicos desarrollan ansiedad, estrés postraumático, fobia a los hospitales, desconfianza en el sistema de salud, e incluso depresión. Porque no es solo el cuerpo el que queda dañado: es la mente, la autoestima y la seguridad de saber que alguien está velando realmente por ti.

A veces, incluso el tratamiento indicado puede tener consecuencias que nadie advierte. Por ejemplo, ciertos medicamentos antiepilépticos de uso prolongado están asociados científicamente con la aparición de osteoporosis. Estudios publicados en revistas como The Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism muestran cómo estos fármacos afectan la densidad ósea. Cuando un médico omite advertir sobre los riesgos secundarios, o no monitorea adecuadamente al paciente, lo que parece un acto terapéutico se convierte en un acto dañino.

Y al final, el paciente —que también es un cliente que paga por un servicio— queda expuesto, herido, frustrado. Porque la medicina no puede basarse en la impunidad. No pedimos milagros. Pedimos humanidad, atención, rigor y ética.

La impunidad médica y el derecho a hablar

El mayor problema no es solo el error: es la imposibilidad de reclamar justicia sin temor a represalias. Vivimos en sistemas donde los médicos, amparados por su poder técnico y social, son difíciles de cuestionar. Denunciar una negligencia puede implicar procesos legales agotadores, amenazas, o incluso el descrédito público del paciente. ¿Quién tiene energía para eso cuando lo que se busca es sanar?

Por eso, muchos callan. Por eso, muchos mueren en silencio. O viven con secuelas, sin saber que lo que sufren pudo evitarse.

Hay quienes dirán que escribir esto es riesgoso. Que contar lo vivido puede molestar a ciertos profesionales. Y sin embargo, lo que aquí se dice no busca atacar, sino advertir. Lo que comparto nace de experiencias reales, dolorosas y documentadas. No hay nombres, no hay fechas, no hay acusaciones personales. Hay un testimonio que representa a muchos, porque no soy el único que ha vivido esto.

Narrar lo vivido no es difamar: es ejercer el derecho a hablar desde el dolor. Y ese derecho no puede ser arrebatado. Porque solo al nombrar lo que duele, podemos intentar que no le ocurra a otros.

Los médicos que trabajan con ética y compasión —que los hay— no temen al relato de un paciente. Temen aquellos que tratan a las personas como cifras, que se escudan en títulos y que olvidan que su labor no es solo técnica, sino profundamente humana.

La medicina necesita una reforma profunda, no solo en recursos o especialidades, sino en conciencia. Hay que volver a mirar al paciente como sujeto, no como trámite. Como ser humano, no como estadística.

Y hay que hablar. Porque hablar es resistir. Es advertir. Es cuidar a los que vienen detrás.