Por Alonso Rosales
En medio de las crecientes tensiones en Medio Oriente, el primer ministro de Benjamin Netanyahu ha planteado una estrategia que abre un nuevo frente geopolítico: incentivar a las minorías étnicas dentro de Irán para que se levanten en armas contra el gobierno central. La propuesta, que algunos analistas interpretan como una forma de debilitar al Estado iraní desde dentro, pone en el centro del escenario a comunidades históricamente marginadas como los baluchis y, especialmente, los kurdos.
Los kurdos constituyen uno de los pueblos sin Estado más grandes del mundo. Su población está dispersa entre varios países de la región —principalmente Turquía, Irak, Siria, Irán y Azerbaiyán— y solo en Turquía se estima que viven alrededor de 18 millones. A lo largo de décadas, diversas potencias han visto en los kurdos un actor estratégico dentro de los conflictos regionales.
Durante la guerra contra ISIS en Siria e Irak, las milicias kurdas jugaron un papel clave en el combate contra el grupo yihadista. Sin embargo, su relación con Occidente ha sido compleja. En diferentes momentos, fuerzas kurdas han recibido apoyo logístico, político o militar de Estados Unidos, aunque ese respaldo ha sido criticado por su carácter intermitente y condicionado por los intereses geopolíticos del momento.
La mención de los kurdos dentro de una posible estrategia de presión contra Irán también introduce un factor delicado en la ecuación regional: la posición de Turquía. El gobierno turco mantiene desde hace décadas un conflicto con organizaciones kurdas armadas, a las que considera una amenaza directa a su seguridad nacional. En ese contexto, cualquier iniciativa que implique armar o incentivar a movimientos kurdos genera preocupación en Ankara.
Por esa razón, la idea de impulsar una insurrección kurda en territorio iraní podría tensar las relaciones con Turquía, que teme un efecto contagio entre su propia población kurda. El equilibrio actual, aunque frágil, ha permitido contener en parte la escalada del conflicto interno turco-kurdo.
Para algunos analistas militares, la lógica detrás de la estrategia atribuida a Netanyahu busca reducir los costos directos de una confrontación abierta. En lugar de una invasión terrestre que implique grandes contingentes de soldados israelíes o estadounidenses —como los marines de Estados Unidos—, la presión se trasladaría a actores locales dentro de Irán. De esa manera, la confrontación se desplazaría hacia conflictos internos que podrían debilitar al Estado iraní sin una intervención directa a gran escala.
Este enfoque, sin embargo, plantea interrogantes éticos y estratégicos. La instrumentalización de minorías étnicas en conflictos geopolíticos ha sido una constante en la historia reciente de la región, con consecuencias impredecibles para la estabilidad de Medio Oriente.
En un tablero ya marcado por guerras prolongadas, alianzas cambiantes y rivalidades históricas, el eventual estímulo a levantamientos internos dentro de Irán podría abrir una nueva etapa de tensiones. Más allá de las declaraciones y estrategias en discusión, la pregunta central sigue siendo si esta dinámica contribuirá a una mayor estabilidad regional o, por el contrario, ampliará el círculo de conflictos.