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jueves, 05 de agosto del 2021

Mi amistad con Roque Dalton

"Los estudiantes universitarios estábamos luchando contra el gobierno del Coronel José Marí­a Lemus"

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Roque Dalton para mí­ era una persona especial, cuando lo conocí­ yo no comulgaba con sus ideas revolucionarias, debido a que yo era una persona de pensamiento de derecha, católico conservador, de familia terrateniente, criado en un hogar de un militar y mi principal aspiración cuando era adolescente era ser sacerdote. Con Roque me uní­an otros lazos: él era de Sonsonate igual que yo; su esposa era muy amiga de mi hermana,  él era muy amigo de mi primo José Napoleón Rodrí­guez Ruiz (Pepe), a mí­ me gustaba escribir ensayos sobre la sociedad y la naturaleza y ambos éramos libre pensantes (el de izquierda y yo de derecha).

Yo lo conocí­ en el local de la Sociedad de Estudiantes de Humanidades, que estaba en el edificio que compartí­a la Rectorí­a con las Facultades de Humanidades y Economí­a, este habí­a sido utilizado por un colegio de señoritas y una de las entradas del edificio estaba frente al Correo Nacional.  Yo era ordenanza de la Rectorí­a y como era el último que habí­an contratado me correspondí­a limpiar los inodoros de la Rectorí­a, todo el corredor de la misma, el Paraninfo Universitario y la oficina de la Sociedad de Estudiantes de Humanidades (al final del corredor, antes de llegar al Paraninfo), yo tení­a que andar rogando a los estudiantes que llegaban a joder o a reunirse en ese pequeño local (unos 12 metros cuadrados) para poder entrar a barrer y trapear, en realidad sólo me lo permitieron unas cinco veces en aproximadamente seis meses, ellos decí­an que todos los papeles que estaban tirados en el suelo eran confidenciales y que ellos ordenarí­an para que yo limpiara el piso; por lo general allí­ trabajaba el Pichón Cea y otros estudiantes que se encargaban de manejar un mimeógrafo que tení­an en esa oficina, ese local lo utilizaban generalmente en la noche y algunos de ellos  dormí­an allí­. En esa época, mi tí­o el Dr. Napoleón Rodrí­guez Ruiz (Pistolita) era el Rector de la Universidad y mi primo “Pepe” Rodrí­guez Ruiz era el decano de la Facultad de Humanidades, donde se reuní­an muchos de los escritores y artistas de la época.

Yo tení­a trabajando como ordenanza como seis meses, ya me habí­an entregado un uniforme de color caqui de mi medida, cuando una tarde me di cuenta que estaba abierto el local de la Sociedad de Estudiantes de Humanidades y rápidamente fui a ver si me dejaban hacer el aseo. Mi Jefa la Oficial Mayor de la Rectorí­a era muy estricta y ya me habí­a llamado la atención varias veces de que ese local apestaba y estaba a la par del Paraninfo Universitario, en donde daban conferencias magistrales profesionales nacionales y extranjeros,  se hací­an los exámenes públicos de todos aquellos que habí­an culminado sus estudios universitarios y se entregaban los tí­tulos a los graduados, toda la gente que ingresaba al Paraninfo vestí­a elegantemente y eran personas muy refinadas en sus gustos. Cuando entré en el local de los estudiantes me encontré con Roque, quien estaba leyendo un libro de poesí­a, sentado en una silla que estaba sobre una alfombra de basura de aproximadamente cinco centí­metros (papeles, restos de fruta y de comida, esténciles, etc.), él se volteó hacia mí­ y me preguntó ‘¿Qué es lo que desea jovencito?’, yo le explique que tení­a que hacer aseo al local y él en forma muy clara me explicó que allí­ sólo podí­an hacer el aseo los responsables del mismo, ya que esos papeles que estaban tirados en el suelo eran manifiestos contra el gobierno y los militares, que estos papeles no se podí­an botar en cualquier parte si no que debí­an ser quemados; yo le expliqué las regañadas que me habí­a dado la Oficial Mayor y él me dijo que no me preocupara, que él le dirí­a al Chino (no sé cuál) o al Rudy (un muchacho chele) que recogieran los papeles para quemarlos y que luego que me avisaran para barrer y trapear.

Desde ese momento, cuando nos encontrábamos en los pasillos del edificio nos saludábamos con cordialidad. Eran dí­as difí­ciles, los estudiantes universitarios estábamos luchando contra el gobierno del Coronel José Marí­a Lemus, quien ante las protestas populares por la falta de empleo y otros efectos de la crisis económica que habí­a azotado  el paí­s en los últimos años de los cincuenta, habí­a respondido con más represión. Una tarde, cuando ya habí­a completado mi jornada de trabajo en la Rectorí­a, me dirigí­a hacia mi cuarto como a tres cuadras de distancia, para cambiarme de ropa y luego regresar para recibir mis clases en la Facultad de Economí­a, en la esquina a una cuadra al poniente del Correo Nacional y a media cuadra al norte de la Rectorí­a, habí­a varias centenas de personas reunidas escuchando a mi primo Pepe Ruiz, el cual explicaba los desmanes de la Policí­a  y la Guardia Nacional, la cual no habí­a permitido que se realizara esa tarde un mitin  en la Plaza Libertad. Yo tení­a como dos minutos de haber llegado al lugar, cuando la Guardia Nacional atacó por el lado del Correo Nacional,  por el norte y por el poniente, ante los disparos de los atacantes, todos corrimos en dirección del Mercado Central, muchos buscaron refugio  en la Rectorí­a, pero yo continué corriendo dos cuadras más adelante; toda la zona fue acordonada por la Policí­a y la Guardia, como a las siete de la noche se empezaron a escuchar nuevamente  disparos en dirección de la Rectorí­a, los cuales finalizaron como dos horas después.

Al  dí­a siguiente, a las cinco y media de la mañana, me presenté a la Rectorí­a  para realizar mi trabajo de ordenanza, la puerta principal estaba custodiada por la Guardia Nacional, yo pedí­ hablar con el jefe de  ese destacamento, llamaron a un cabo que estaba por allí­ cerca, le expliqué que yo era ordenanza y que me responsabilidad era hacer aseo antes que se abriera el edificio al público, el cabo me explicó que todo  el edificio estaba ocupado por la Policí­a y la Guardia, que esperara por allí­ cerca porque no sabí­a a qué hora  ellos se tení­an que retirar del lugar; así­ lo hice, me senté en una grada de un local comercial que estaba en frente de la Rectorí­a, en donde vendí­an máquinas de escribir, contómetros y otras cosas para oficina, sólo me levantaba para ir a comer por allí­ cerca.

No me recuerdo si ese dí­a o al dí­a siguiente, el cabo me llamó para decirme que en ese momento todos los policí­as y guardias tení­an orden de retirarse del lugar, yo entré a la oficina de la Oficial Mayor para comunicarme con ella para recibir órdenes al respecto; esta señora llegó como media hora después, cuando ya se habí­an ido los policí­as y guardias, entramos a inspeccionar los destrozos y a ella se le caí­an las lágrimas, allí­ me contó que el Rector  (ella era la que me habí­a contratado especialmente por el hecho que yo era bachiller, no sabí­a que el rector era mi tí­o) y el Secretario General estaban hospitalizados, que el interventor de la Corte de Cuentas también estaba muy grave porque lo habí­an lanzado desde el segundo piso del edificio; esa noche cuidamos el edificio (para evitar que llegaran a recoger las evidencias de la violencia con que habí­an actuado las supuestas fuerzas de seguridad) el Jefe de Ordenanzas y otro  compañero de trabajo; al siguiente dí­a llegaron los periodistas a tomar  fotografí­as y entrevistar a los pocos funcionarios universitarios que habí­an llegado a trabajar.

Ese acontecimiento me hizo muy popular en el edificio, yo salí­ ganando por que la Oficial Mayor le pidió a mi tí­o que me trasladara a la oficina de contabilidad de la Universidad como auxiliar contable (por supuesto que con el mismo salario de ordenanza), en la Facultad de Economí­a los miembros del Partido Comunista  empezaron a acercarse para conversar y motivarme para que aceptara la postulación  como candidato  para representante de los Estudiantes de Economí­a ante la AGEUS.

Pasaron los meses y un dí­a de tantos, el responsable de los estudiantes comunistas de la Facultad me pidió que yo  y la Bibliotecaria de la Facultad, visitáramos a Roque Dalton, quien se encontraba guardando prisión en la Penitenciarí­a, allí­ frente al Parque Bolí­var, en esa tarea de solidaridad estudiantil me hice amigo del poeta, por supuesto que eso significó que se sintiera con  el derecho de putearme, por ejemplo cuando metimos a la Penitenciarí­a dos libros marxistas, encuadernados como códigos de leyes; ese dí­a solo llegamos a dejarle las cosas (medicinas, periódico, golosinas, cigarros y  los dos códigos), el las recibió muy contento y nosotros nos retiramos inmediatamente, pero en la siguiente ocasión no quiso salir al área de visitas por que dijo sentirse mal de salud, nosotros dijimos que lo esperarí­amos una media hora por si sentí­a mejor, al cuarto de hora apareció bien emputado, nos dio los dos “códigos” y nos dijo “Llévense estas mierdas, esta basura, esta porquerí­a, como se imaginan que yo voy a  leerlas”, se trataba del “Manual de Economí­a Polí­tica” y “Materialismo Histórico”, ambos publicados por la Academia de Ciencias de la Unión Soviética..

Varios meses después, cuando triunfó el golpe de estado contra el Coronel Lemus, que llevó al Dr. Fabio Castillo a la Junta de Gobierno, me sentí­ muy importante cuando cargábamos en hombros a  Roque Dalton, por encima de la multitud que habí­a llegado para exigir la liberación de este estudiante universitario revolucionario.

En esta época Roque estaba de acuerdo con los planteamientos estratégicos del Partido Comunista de El Salvador, en cuya cúpula se encontraba Shafick Handal y Cayetano Carpio, fue un militante disciplinado no obstante su espí­ritu libertino y su boca sin autocensura, incluso durante varios años estuvo comunicando los planteamientos del Partido Comunista de la Unión Soviética en la Revista Internacional, en cuya redacción trabajó desde Praga, Checoslovaquia. A fines de la década de los sesenta, se produjo una división en el Partido Comunista de El Salvador, Shafick encabezó el mantenimiento del Partido dentro de la lucha electoral y Cayetano Carpio apoyado por la mayorí­a de la Juventud del Partido planteó que se deberí­a de utilizar todas las formas de lucha  revolucionaria. A este sector, que posteriormente conformó las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), junto con otros grupos revolucionarios que habí­an surgido de la veta socialcristiana, el Partido Comunista Salvadoreño los tildó de ultraizquierdistas. Uno o dos años después Roque Dalton escribió un poema poco conocido que se titula "Los Ultraizquierdistas".

(Publicado en ContraPunto el 20 de abril de 2009)
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Santiago Ruiz
Columnista Contrapunto
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