Por Francisco de Asís López Sanz
Hay una edad en la que uno deja de anotar los años y empieza a contar las despedidas. No tengo noción de en que momento exactamente ocurrió. Debió ser, sin duda un proceso gradual, sutil y constante. ¿El detonante?, vaya a saber vd. Quizá contemplando el Nilo blanco o el azul una u otra tarde, una cualquiera: o quizá era el Pisuerga al regresar definitivamente a España después de media vida siempre “on the go”, enlazando paises, cooperaciones, delegaciones y contratos.
Ahora, entrando ya en mi séptima década, habiendo optado por permanecer en Valladolid, mi ciudad natal, de la que empecé a irme en 1989, es cuando he renunciado por primera vez en mucho tiempo a seguir de pais en pais para quedarme en familia e intentar aprehender y por ende aprender los codigos y compases de silencios y advientos sin nuevas carreras ni aspavientos.
Recuerdo cuando terminé Derecho en 1988. Estaba lleno de sueños y también de inseguridades. Creíamos los licenciados orlados que el mundo laboral nos esperaba con las puertas abiertas y, al mismo tiempo, sospechábamos que nadie nos había explicado realmente cómo entrar en él.
En Medina del Campo hice una pasantía con un abogado ejemplar, Luis Manuel Roy Hernández. Don Luis me enseño que siempre hay curvas en reglas y normas y que lo importante de un jurista no era tanto saberse de memoria la normativa sino ver correctamente el cuadro de una situacion, para poder interpretarlo adecuadamente y entonces consultar codigos y Aranzadis: en suma fue Don Luis y no la carrera el que me enseño a anudarme la corbata.
La vida empezó pronto a enseñarme que el destino no suele avanzar en línea recta. En la Universidad de Valladolid, un crédito de los cursos de doctorado no aprobado, por la falta de una firma de asistencia, al encontrarme trabajando en 1990 en la Office of the Bursar de NYU, me obligó a matricularme solo de dicho credito al año siguiente. Entonces lo viví como una injusticia burocrática. Hoy pienso que aquel tropiezo me abrió la puerta decisiva: un Erasmus en la ULB de Bruselas al año siguiente en 1991.
Y fue allí, en Bruselas, donde entendí por primera vez el vértigo de quedarse suspendido entre dos vidas. El 17 de diciembre de 1992 llamé a mis amigos para despedirme. No encontraba trabajo y estaba convencido de que debía regresar a España derrotado. Uno de ellos me dijo: “Antes de irte, manda tu currículum a la antigua DG IB de la Comisión Europea. Buscan a alguien temporalmente”. Aquel consejo cambió mi historia. Lo temporal se convirtió en tres años y esos tres años me llevaron a otros tantos en la Delegación de la Unión Europea en México hasta el 2000.
Con Aecid durante los doce años siguientes llegaron los países y las mudanzas como estaciones de un tren interminable: Guatemala, El Salvador, Afganistán, Egipto, Timor Leste, Marruecos. Recuerdo especialmente ese pais y junio de 2012. Una mañana de junio me comunicaron mi cese y esa misma tarde me contrataron para un proyecto europeo en Honduras. Más tarde salté otra vez a El Salvador, consultoria PNUD mediante, porque sentía, de una manera irracional, que el universo me pedía volver allí. Luego llegaron Ghana, Etiopía, Uganda hasta 2024.
Y mientras tanto, la vida verdadera ocurría en otra parte.Uno cree que siempre habrá tiempo para volver, para quedarse, echar y fechar raices, para llamar más, para prestar atencion no a protocolos sino a sentimientos y asi amar, querer, apreciar y fertilizar amistades.
Mi mente hasta no hace mucho siempre volaba para anticiparse, bosquejando futuros, planes y A o B opciones, antes que razones, hasta que un día fallecen mis hermanos y comprendi brutalmente que el tiempo no se administra: se esfuma.
Regresaba a un país distinto, habitado por generaciones nuevas, con códigos nuevos. Me fui de España con Miguel Bose, Radio Futura y el advenimiento del CD. Ahora reinan Bad Bunny, Quevedo, TikTok, Instagram y streaming. El mismo hardware arquitectónico de Valladolid sigue ahí, pero está ocupado por personas en su mayoria con otro software relacional y emocional.
A veces cuando paseo con mis perros junto al Pisuerga me pregunto qué hice realmente durante tantos años. Trabajé. Construí proyectos. Crucé fronteras. Representé instituciones. Ayudé, tal vez, a mejorar algunas situaciones personales. Sin embargo el constante planificar me hizo vivir aplazando. Siempre había un próximo destino, un próximo contrato, una próxima misión.
Ahora, cuando por fin me he detenido, empiezo a comprender los resquicios, los desquicios y algun que otro beneficio del tiempo volado. Y a valorar mejor el momento que los segundos tiempos por venir. Empiezo a absorber momentos que antes atravesaba distraídamente. Y siempre una pregunta me aparece en la mente inevitable, incómoda, humana:
¿Me olvidé de vivir? No lo se.
Quizá no del todo. Quizá parte del vivir también era esa búsqueda constante, ese movimiento perpetuo, esa necesidad de encontrar mi sentido vital lejos de mi ciudad natal. Ahora soy consciente de que hay una diferencia entre pasar por la vida y habitarla. Y tal vez la verdadera madurez consista precisamente en detener el perpetuo momentum a tiempo para entender que en el discurrir del vivir resulta vital saber moverse a tiempo para no derrocharlo corriendo destiempos.