Luna amada como una uñita, finita finita

Por Juan José Dalton Pohl

I.

Ni pregunten que luego se ofenden, pero…
¿Alguien tiene la valentía de preguntarle a la luna su nombre?

II.

No hay calles más frías que las de por aquí.
El invierno no termina de mascarlas,
y del otoño bastó la cobardía de patricios.

Curiosamente, las avenidas se tornan serias,
los húsares inquietos
no aguantan más las infamias.

La caballería es vegana,
el hombre ya no apetece al hombre,
y los caballos ya no apetecen constituciones.

Todo dado vuelta,
menos la luna.
Ella es mía, y de mis ojos viscos;
ella también es luna triste,
luna amada.

Pero nadie le pone nombre.
Harta está ya
de que todos la llamen “luna”.
Es su profesión, pero se cansó de explicarlo.
Preferimos siempre el amanecer.

Aquí ya nadie aguanta,
ni la luna en sus menjurjes sabáticos,
ni los pobres poetas como yo,
a quienes la derrota les fumigó las arterias.

La sangre pesa, grita.
Escribir ya no duele como antes:
ahora dan ganas de degustar la guillotina
en estas manos de mancuernas.

Antes,
solía doler más.
Ahora hasta lo permiten,
con todo y su beca estudiantil.