Lujuria

Debajo del ombligo comenzaba el abismo, no era carne: era un llamado antiguo, un sitio donde el deseo perdía la fe y aprendía a arrodillarse y eras mi lujuria.

Zarko Pinkas-Ramírez | Imagen portada: Mujeres de Argel, Pablo Picasso (1955)

Debajo del ombligo comenzaba el abismo,
no era carne: era un llamado antiguo,
un sitio donde el deseo perdía la fe
y aprendía a arrodillarse
y eras mi lujuria.

Tu vientre era una puerta sellada por siglos,
cruzarla era renunciar al regreso,
ahí dejé mi nombre, mi infancia,
todo intento de pureza,
y eras mi lujuria.

Entre tus muslos habitaba la noche,
no como placer, sino como condena,
un territorio donde el alma se extravía
creyendo encontrar consuelo,
y eras mi lujuria.

Te amé como se ama a lo que destruye,
confundiendo deseo con salvación,
volviendo siempre al fuego
sabiendo que no abriga,
y eras mi lujuria.

Ahora dormito sobre las piedras que te acurrucan,
frías, pacientes, eternas,
custodias de tu descanso milenario,
y yo, vivo aún, velando tu ausencia,
y eras mi lujuria.