Crédito por RT Noticias en español
Por Alonso Rosales, analista internacional
El senador republicano estadounidense Lindsey Graham afirmó recientemente que el dinero invertido por Estados Unidos en operaciones militares contra Irán sería “el mejor dinero que se ha gastado jamás”, argumentando que los ataques impedirían que Teherán desarrolle capacidad nuclear y abrirían la puerta a un nuevo equilibrio geopolítico en Oriente Medio favorable a Washington.
Según su planteamiento, un eventual cambio de régimen en Irán permitiría a Estados Unidos y sus aliados consolidar un nuevo mapa energético en la región, con mayor control sobre reservas petroleras estratégicas. En ese escenario, Washington podría consolidar una influencia significativa sobre el mercado energético mundial, en una región que concentra gran parte de las reservas de petróleo del planeta.
Sin embargo, este discurso revive una lógica que ha marcado varias intervenciones militares en las últimas décadas: guerras justificadas por la seguridad internacional que terminan teniendo consecuencias imprevisibles en términos de terrorismo, radicalización y desestabilización regional.
La historia reciente ofrece un antecedente claro.
El precedente de Irak y la ola de atentados en Europa
Tras la invasión de Irak en 2003 y el colapso del Estado iraquí, surgieron organizaciones yihadistas que posteriormente evolucionaron hacia el llamado Estado Islámico (ISIS). Este grupo logró inspirar o ejecutar múltiples atentados en Europa durante la década siguiente.
A continuación se presentan algunos de los ataques más relevantes relacionados con el terrorismo yihadista en Francia, España y el Reino Unido:
España
Francia
Reino Unido
En total, decenas de atentados yihadistas han golpeado Europa en las últimas dos décadas, con cientos de víctimas mortales y miles de heridos.
Muchos analistas han advertido que los vacíos de poder generados por guerras en Oriente Medio contribuyeron a la expansión de estos movimientos radicales.
El único gobierno europeo que se plantó ante Trump
En medio de la tensión internacional, uno de los gobiernos europeos que ha mostrado una postura más cautelosa frente a una escalada militar es el gobierno español encabezado por Pedro Sánchez.
España ha insistido en la necesidad de priorizar la diplomacia y evitar una ampliación del conflicto en Oriente Medio. Esta posición contrasta con la actitud de otros gobiernos europeos que inicialmente expresaron reservas, pero posteriormente han reforzado su presencia militar en la región mediante despliegues navales o apoyo logístico.
Países como Francia, Reino Unido u Holanda han ido ajustando su discurso estratégico en función de la evolución del conflicto y de los compromisos dentro de la OTAN.
El riesgo, según varios analistas, es que una ampliación del conflicto convierta a las potencias occidentales en objetivos potenciales de ataques terroristas o represalias indirectas.
Las acusaciones sobre “falsos positivos” y la guerra de inteligencia
En contextos de guerra híbrida, algunos analistas y comentaristas geopolíticos han planteado hipótesis sobre operaciones encubiertas o “falsos positivos”, es decir, ataques atribuidos a un actor pero ejecutados clandestinamente por otro para provocar escaladas militares.
Estas teorías suelen mencionar la posibilidad de operaciones de inteligencia destinadas a provocar enfrentamientos entre países rivales o ampliar conflictos regionales. Sin embargo, estas afirmaciones son objeto de fuerte debate y, en muchos casos, no cuentan con pruebas públicas verificables.
La historia de los conflictos internacionales demuestra que las guerras modernas no solo se libran con ejércitos, sino también con propaganda, inteligencia, ciberoperaciones y estrategias de desinformación.
En ese tablero complejo, las narrativas sobre quién se beneficia realmente de cada guerra siguen siendo parte central del debate político global.
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