Como una gran mastodonte camina sola entre los demás, convencida de que la tierra fue hecha para sostener sus pasos.
Zarko Pinkas |
Como una gran mastodonte
camina sola entre los demás,
convencida de que la tierra
fue hecha para sostener sus pasos.
Acapara la palabra,
el gesto, la mirada,
la pequeña gloria de la nada
que siempre creyó extraordinaria.
Dentro de ese ego anoréxico,
torpe y poco armonioso,
una risa envuelve a quienes la observan
mientras levanta su reino de humo.
Dice conocer todos los senderos del Hades
y los caminos secretos hacia el cielo.
Habla como si los dioses
le hubieran confiado sus mapas.
Pero basta hundir un pie en el lodo
para descubrir lo que realmente es.
Nada.
Un cuerpo bajo la ciénaga,
una boca llena de barro,
un nombre que la humedad comienza a borrar.
Allí se pudre su sabiduría.
Los gusanos comen lentamente
todo aquello que decía saber,
y mientras la tierra le entra por los ojos
comprende, demasiado tarde,
que nunca tuvo respuestas.
Qué extraño resulta el orgullo
cuando el pensamiento vale tan poco
y cualquier personajillo de historieta barata
puede coronarse reina de su propio vacío.
Mírala ahora.
Ya no hay cielo.
Ya no hay Hades.
Ya no hay caminos que conquistar.
Solo quedan los huesos con pellejo,
el último pedazo de arrogancia
entre los dientes de la tierra.
Y mientras la ciénaga termina de tragárselo,
tal vez comprende la verdad más sencilla:
Tanta fue su necesidad de ser grande
que nunca aprendió
a ser humano.