Los ingenieros del caos


Por Alonso Rosales, analista internacional

En la era digital, donde la información fluye a velocidades vertiginosas y las emociones se convierten en moneda de cambio político, emergen con fuerza los llamados “ingenieros del caos”: actores que, desde la política, los medios o las redes sociales, moldean percepciones, exacerban tensiones y empujan a las sociedades hacia posiciones cada vez más radicales. No se trata únicamente de ideologías específicas, sino de una estrategia deliberada: dividir para dominar, polarizar para movilizar, simplificar para manipular.

Estos ingenieros del caos no responden a una sola corriente. Se encuentran tanto en la extrema izquierda como en la extrema derecha, en discursos populistas o en narrativas autoritarias. Su objetivo no es construir, sino fracturar. Alimentan la indignación constante, convierten al adversario en enemigo y erosionan los espacios de diálogo. En ese proceso, las sociedades pierden su capacidad de matizar, de debatir con profundidad y, sobre todo, de reconocerse en aquello que las une.

Sin embargo, frente a esta maquinaria de polarización, surgen voces que invitan a una reflexión más serena. Recientemente, en una entrevista difundida por medios colombianos, el presidente de una importante organización social en Medellín planteaba una idea fundamental: existen más elementos que unen a las personas que aquellos que las separan. Este planteamiento, lejos de ser ingenuo, apunta a una verdad que suele quedar opacada por el ruido mediático.

En los barrios, en las comunidades, en los espacios cotidianos, hay iniciativas que trabajan por el bien común: proyectos sociales, culturales y educativos que generan impacto positivo, que construyen tejido social y que devuelven esperanza. Estas acciones, aunque menos visibles que los escándalos o las confrontaciones políticas, son el verdadero motor de transformación. No responden a la lógica del conflicto, sino a la de la cooperación.

El problema radica en que estos esfuerzos rara vez reciben el respaldo necesario. Mientras el caos se amplifica, lo constructivo permanece en segundo plano. Es ahí donde se encuentra uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: reorientar la atención colectiva hacia aquello que edifica, que une y que proyecta futuro.

En contraste, el escenario político internacional ofrece ejemplos preocupantes de decisiones que parecen responder más a alineamientos ideológicos o presiones externas que a intereses nacionales bien calculados. Cuando líderes de países con capacidades limitadas adoptan posturas confrontativas frente a actores de gran peso geopolítico, no solo generan tensiones innecesarias, sino que también exponen a sus sociedades a riesgos que podrían evitarse con una política exterior más prudente y estratégica.

Asimismo, el discurso incendiario de algunas figuras en el poder contribuye a elevar la temperatura global. Las amenazas, las descalificaciones y la retórica beligerante no fortalecen a las naciones; por el contrario, profundizan las divisiones y alimentan ciclos de confrontación. Frente a ello, las respuestas igualmente duras de otros actores internacionales evidencian un mundo cada vez más tensionado, donde el lenguaje de la diplomacia cede terreno ante el de la confrontación.

No obstante, es importante no perder de vista la perspectiva histórica. Las civilizaciones, con siglos o milenios de desarrollo, han aportado de manera significativa al conocimiento humano en campos como el derecho, la filosofía, la ciencia y la ingeniería esa es la  civilización Persa . Este legado nos recuerda que el progreso no es patrimonio de una sola nación o época, sino el resultado de contribuciones diversas a lo largo del tiempo.

En definitiva, el verdadero antídoto contra los ingenieros del caos no está en replicar su lógica, sino en fortalecer los espacios de encuentro, en apoyar las iniciativas que construyen comunidad y en promover un pensamiento crítico que permita discernir entre la manipulación y la realidad. Solo así será posible avanzar hacia una sociedad menos fragmentada y más consciente de su potencial colectivo.