Los del Taber

Por: Nelson López Rojas

En la intersección de la avenida Olímpica y la 73 avenida Sur, los días de culto, algunos hermanos del Tabernáculo se comportan como cualquier otro salvadoreño: irrespetan las señales de tránsito y, si el semáforo está por ponerse en rojo, aceleran para no perderse las alabanzas y bloquean la intersección sin importarles que los vehículos que circulan en la otra dirección tengan derecho de vía. 

Los hermanos se preguntarán por qué este impío se refiere en singular a un grupo religioso si todos los salvadoreños hacemos lo mismo. Ah, hermanos, lo que pasa es que la Biblia que leen les recuerda, en Romanos 13:5, que hay que respetar la autoridad no solo por temor al castigo, sino también por conciencia. Y el 13:7 les pide dar a cada quien lo que le corresponde: «al que respeto, respeto; al que honra, honra». Por si quedara alguna duda, 1 Pedro 2:13-17 insiste en someterse a las cámaras del tráfico o a las autoridades, a no utilizar la libertad como pretexto para hacer lo malo y, sobre todo, a honrar a todos.

Me acuerdo de aquella canción de Genesis que decía en el coro «hacé lo que digo, no lo que hago». Miren, a mí no me parece una exigencia demasiado complicada para quienes dedican buena parte de su tiempo a escuchar la palabra de Dios. Sin embargo, entre escucharla y practicarla parece haber una intersección tan congestionada como la de la Olímpica.

Y están también los que colocan parlantes afuera del templo, quizá con la esperanza de que los fariseos nos arrepintamos, pero les tengo noticias:  No lo vamos a hacer. En nuestra última asamblea, nuestro gremio ya aceptó que ustedes son ruidosos. Pero ¿qué pasaría si fuera al revés? ¿Si el día de la vigilia yo sacara mis parlantes y pusiera música de Falling in Reverse a todo volumen? Seguramente me reclamarían por irrespetuoso y llamarían al CAM por perturbar su culto y por no considerar sus creencias. Y tendrían razón. Entonces, ¿por qué el respeto que ustedes exigen no habría de ser el mismo que nos deben a los demás? La libertad religiosa garantiza el derecho a practicar una fe, no el de imponerles a los vecinos el volumen de las propias convicciones.

Y casi se me olvidan las señoras que andan de casa en casa predicando la palabra de Dios. Llegan sin invitación, interrumpen lo que uno está haciendo y esperan que las escuche con una paciencia que no siempre están dispuestas a corresponder. Cuando les digo que no estoy, no me creen y siguen tocando; cuando les menciono que no estoy interesado en aceptar a Cristo, algunas se molestan, como si rechazar su invitación fuera una ofensa personal y recurren a las Escrituras. Una me recuerda Mateo 7:6, donde Jesús advierte que no hay que echar perlas a los chanchos, tal cual Apostol Chago Zúniga. Otra invoca Mateo 10:14, que instruye a los discípulos a sacudirse el polvo de los pies cuando no sean recibidos. Y se marchan, supongo, convencidas de haber cumplido su misión insultándome bíblicamente. Lo curioso es que llegan a mi casa a hablarme del amor al prójimo y se van tratándome como si yo fuera indigno de recibirlo. ¡Vaya cosa! Yo respeto su derecho a existir, a creer y a predicar; ellas, a cambio, deberían respetar el mío a no creer ni escucharlas.

Ahora bien, hermanos, el problema no es exclusivo de los del Tabernáculo ni de quienes predican de puerta en puerta ni del gobierno, dejemos de echarle la culpa al otro. El problema es nuestro. Creyentes y no creyentes compartimos esa incapacidad de reconocer al otro cuando su presencia nos obliga a detenernos, esperar o ceder un poco de lo que creemos que nos pertenece.

Vemos una ambulancia y no damos paso; una señora lleva un canasto y quiere cruzar la calle, pero seguimos adelante porque tenemos derecho de vía; alguien está pagando su ticket de parqueo y, en lugar de esperar, lo apuramos, como si los segundos que esa persona necesita valieran menos que los nuestros… ¿qué culpa tengo yo que te hayas levantado tarde? Nos irrita que alguien camine despacio, necesite ayuda o simplemente se interponga entre nosotros y el lugar al que queremos llegar.

Tenemos derechos para todo, pero pocas veces nos preguntamos qué nos corresponde hacer por los demás. Exigimos consideración sin estar dispuestos a ofrecerla y reclamamos respeto mientras encontramos justificaciones para no respetar. Y después nos extrañamos de vivir en una sociedad donde nadie parece dispuesto a ceder un centímetro.

Quizá hemos confundido tener derecho con tener siempre la razón. El derecho de vía no nos impide detenernos para que cruce una persona que lo necesita, es simple humanidad, es simple lógica con un poco de empatía. La libertad de culto no obliga a los vecinos a escuchar una prédica, y el hecho de que nadie nos sancione por una conducta no significa que esa conducta sea correcta. Vivimos en una sociedad civilizada, hermanos. Eso nos exige algo más que obedecer las leyes, pues no somos aborígenes y nos debemos consideración, paciencia y entender que no vivimos solos en el mundo.

Aquellos que predican públicamente su fe tienen una responsabilidad adicional, no porque sean peores que los demás, sino porque proclaman una conducta que deberían esforzarse por practicar. Nadie espera que un creyente sea perfecto, pero sí que exista alguna coherencia, alguna correspondencia entre lo que predica y lo que hace. De poco sirve hablar del amor al prójimo si, al salir del culto, ese prójimo se convierte en un estorbo que hay que quitar del camino, si su tranquilidad importa menos que el volumen de una prédica o si su negativa a escuchar se interpreta como una ofensa.

Si alguien quisiera ser una nueva criatura y adherirse a la iglesia X, bastaría con observar a algunos de ellos en el tráfico o escuchar sus parlantes para que se preguntara: «Ah, ¿para ser como ellos? Mejor nadota, mejor no soy nada».

Y tendría razón.