Los chiítas celebran Al-Quds: ¿error del Mossad y la CIA o cálculo estratégico?

Alonso Rosales, analista internacional

El llamado Día Internacional de Al-Quds, instaurado en 1979 por el líder iraní Ruhollah Khomeini, se ha convertido con el paso de las décadas en una de las mayores jornadas de movilización política y religiosa del islam chiíta y de amplios sectores del mundo musulmán. Cada último viernes del mes de Ramadán, millones de personas salen a las calles para expresar solidaridad con Palestina y denunciar la ocupación israelí de Jerusalén Este, conocida en árabe como Al-Quds.

Sin embargo, en el actual contexto geopolítico de Oriente Medio, esta conmemoración adquiere un significado aún más profundo. Para muchos analistas, la muerte o “martirio” del ayatolá iraní Ali Khamenei —figura central del liderazgo religioso chiíta contemporáneo— podría convertirse en un punto de inflexión que reconfigure el equilibrio interno del poder en Irán y, por extensión, en todo el mundo chiíta.

Un líder visto como interlocutor

Aunque la retórica de figuras políticas occidentales como Donald Trump lo presentaba como un enemigo irreconciliable de Occidente, diversos analistas internacionales sostienen que Khamenei era, paradójicamente, una figura con la que se podía negociar dentro de los límites del sistema político iraní.

A diferencia de otros sectores más radicales dentro del aparato político y militar iraní, Khamenei mantenía un equilibrio entre la retórica revolucionaria y el pragmatismo político. Durante décadas, su liderazgo se caracterizó por sostener la continuidad del Estado iraní, evitar fracturas internas profundas y mantener abierta la puerta a negociaciones estratégicas cuando estas resultaban convenientes para Teherán.

Por ello, la eliminación de una figura de este calibre —si se interpretara como resultado de una operación del Mossad— podría considerarse un grave error estratégico. Pero también existe otra lectura: que no haya sido un error, sino una operación deliberadamente diseñada para provocar una reacción que conduzca a decisiones precipitadas por parte de Washington o de la Central Intelligence Agency.

El riesgo de radicalización del liderazgo iraní

Uno de los argumentos más repetidos por especialistas en política de Oriente Medio es que la desaparición de un líder relativamente pragmático puede abrir el camino a sectores más duros dentro del régimen.

En el sistema político iraní, el líder supremo no solo es una figura religiosa, sino también el árbitro final entre distintas facciones del poder: el clero, la Guardia Revolucionaria y el aparato político. Si ese equilibrio desaparece, el bloque dominante que emerja podría adoptar una postura mucho más confrontativa frente a Estados Unidos e Israel.

En otras palabras, la eliminación de un líder moderado dentro de un sistema revolucionario puede fortalecer a los sectores más radicales, generando exactamente el resultado contrario al que supuestamente se buscaba.

Al-Quds: una movilización global

El impacto simbólico de este tipo de acontecimientos se refleja especialmente durante el Día de Al-Quds. Las movilizaciones no se limitan a Irán, sino que se extienden por gran parte del mundo musulmán y también por comunidades de la diáspora.

Entre los países y territorios donde se registran regularmente manifestaciones y concentraciones destacan:

Oriente Medio

  • Iran
  • Iraq
  • Lebanon
  • Bahrain
  • Yemen
  • Syria

Asia

  • Pakistan (especialmente en Karachi)
  • India
  • Indonesia
  • Malaysia
  • Bangladesh
  • Afghanistan

África

  • Nigeria

Occidente y diáspora

  • United Kingdom
  • United States
  • Germany
  • Canada

En muchos de estos lugares, las marchas reúnen a miles o incluso millones de personas que corean consignas a favor de Palestina y en apoyo a la resistencia frente a Israel.

La dimensión simbólica es clara: el liderazgo religioso chiíta no es solo una autoridad política nacional, sino un referente espiritual para comunidades repartidas por varios continentes.

La diferencia entre un líder político y un símbolo religioso

Aquí radica una diferencia clave entre líderes políticos occidentales y figuras religiosas dentro del islam chiíta.

Cuando muere un dirigente político como Trump —por polémico o influyente que haya sido— su impacto emocional suele quedar limitado a su base política y a su círculo personal.

En cambio, cuando desaparece una figura religiosa que ha guiado espiritualmente a millones de creyentes durante décadas, el fenómeno adquiere otra dimensión. Para muchos fieles, el líder supremo iraní no es simplemente un gobernante, sino una autoridad religiosa cuya figura se inserta dentro de una tradición histórica marcada por el martirio y la resistencia, una narrativa profundamente arraigada en la memoria colectiva chiíta desde la tragedia de Karbala.

Por ello, la figura de un ayatolá martirizado puede transformarse rápidamente en un símbolo movilizador capaz de unir a comunidades dispersas en distintos continentes.

Un escenario más impredecible

Desde esta perspectiva, la pregunta que surge no es solo quién gana o pierde con la desaparición de una figura como Khamenei, sino qué tipo de liderazgo emergerá después.

Si la sucesión termina reforzando a los sectores más radicales dentro de Irán, la región podría entrar en una fase de mayor confrontación geopolítica.

Paradójicamente, lo que algunos podrían haber considerado una victoria estratégica podría terminar fortaleciendo exactamente aquello que se pretendía debilitar.

Fuentes

  • Informes sobre movilizaciones globales del Día Internacional de Al-Quds y manifestaciones en distintos países.
  • Análisis académicos sobre la importancia del liderazgo religioso en el sistema político iraní.
  • Estudios sobre el papel del chiísmo político en Oriente Medio.