Loa a Gabriela Mistral

Por Julio Enrique Ávila (*)

Voy a hablaros de Gabriela Mistral, sin la puerilidad de haceros una presentación. Gabriela de tan sencilla, es inmensamente complicada; de tan clara y accesible, es inmensamente profunda. La siento aún desconocida. Mi espíritu ha paladeado su obra múltiple, exquisita, jugosa, llena de misericordia, ha bebido la linfa que ya corre fácil bajo de las estrellas. Pero mi espíritu no ha bajado hasta su dolor, no ha descendido hasta el hondo remolino donde el manantial hace estallar la tierra para surgir. No se ha estremecido ante el secreto, pavoroso y divino, de esa amargura y de esa ternura sobrehumanas que han forjado su genio.

Sé que es una alondra que al agitar sus alas bajo el sol tierno, fue herida por un destino milagroso, y que la sangre que manó de su costado se glorificó hecha armonía.

Sé que su corazón es un asilo abierto para todo lo doloroso de la tierra. Que es la madre por antonomasia, pues sus brazos han arrullado al mundo y sus labios le han cantado para dormirlo.

Sé que sus ojos, graves y profundos, han taladrado el misterio y que sus espaldas fuertes han sabido sostener la eternidad. Que si Hércules fue invencible por haber sido amamantado con leche de diosa, ella es invencible por haber sido amamantada con la ponzoña humana del sufrimiento.  Sé… Pero Gabriela es eso y mucho más…

Para buscar de expresarla he corrido por los campos del trópico. He escuchado los zenzontles que tejían sus nidos cantando, y pensé que era un ave que traía pajas de los trigales de Dios, para tejer un nido al amor de los hombres. He aspirado y gozado el bejuco de colación, que, como una hermana de la caridad, vestía los cercos desnudos de los campos, y pensé que era una enredadera que ponía flores sobre las miserias de los hombres. He visto el arado abriendo surcos en las tierras duras para poblarlas de cosechas, y pensé que era un arado que sembraba la bondad en la conciencia de los hombres.

Mistral con sus alumnas

Para expresaros a esta noble mujer, hecha de candor y de dolor, de sabiduría y de melancolía, me pregunto una vez más ¿Por qué la perfección está más allá del sacrificio? ¿Por qué el que sabe es triste? ¿Por qué la brasa consume al leño que se ofrenda y los ojos lloran después de haber mirado al sol? Veo la garza, frágil copo de nieve, retando al resplandor sobre las rocas ardientes, y mi balbuceo se prolonga y se enarca, como su blanco cuello, en una interrogación sin respuesta.

He oído  a esta mujer, santa de toda santidad, cantar al hombre mordido de pecado.

                        “Yo soy vieja como las piedras, para oírte,

profunda como el musgo de cuarenta años,

para oírte,

con el rostro sin asombro y sin cólera,

cargado de piedad desde hace muchas vidas,

para oírte

                        “Dí la confesión para irme con ella

y dejarte puro”

Y a ella misma, perdida en la desolación del desierto, seco por la sed del espíritu, abatidos los brazos de implorar en vano, ronca la garganta de gritar a los horizontes vacíos, inculpando a la felicidad que se destroza al tocarla, como las pompas de jabón:

                        “No era tampoco la fuente

            piel de oro y arena de oro,

            vientre de oro y ceja de oro

                        Y dijo que era la fuente.

            Fuente de oro, todas son duras,

todas son soberbias y heladas,

Dios no las hizo, que hace lo tierno,

lo mortal y lo jadeante;

Dios no ha hecho nunca las fuentes

porque sólo ha hecho al sediento.”

Y en esa imprecación a las fuentes, símbolo de la dicha – para ella tan esquiva, tan imposible – Gabriela me ha dado sin embargo la clave: ¡Ella es una fuente!

Las fuentes no son de oro, ni son duras, ni son soberbias. Ella las ha mirado desde adentro, sin reconocerlas, porque nadie llega nunca a conocerse a sí mismo. Ella no ha saciado su sed, ni ha refrescado su cuerpo ni su espíritu, ni ha realizado su ilusión, porque el destino de las fuentes es darse a los otros, darse eternamente a los otros, darse al mar, que es la humanidad insaciable.

Gabriela, ya que tú no rehúyes los maderos para tu crucifixión, por luminosa, por dulce, por inagotable de piedad, lávanos el alma con tus aguas, ayúdanos, Gabriela, que el espíritu se nos muere de sed.

San Salvador, septiembre 27 de 1931

(*) Autor de El Salvador, Pulgarcito de América