Por: Nelson López Rojas
Hace poco, una mujer quiso acostarse conmigo. Sé que no soy ningún Liam Hemsworth, pero cada uno tiene lo suyo. La tipa era inteligente, feminista, de esas personas que hablan constantemente de autonomía, de deconstrucción, de libertad sexual y emocional.
Le sugiero que vaya por un vino, de los que servían en el evento en el que estábamos. Me dice que vino ahí no, pero que podríamos ir por un trago a otro lado. Claro que entendí perfectamente la insinuación. Claro que pude haber aceptado. Gol es gol. Muchos hombres lo habrían hecho, yes, pero yo no quise.
Y lo interesante empezó después, cuando mi negativa rompió su cordialidad y su simpatía mutó a hostilidad pasivo-agresiva-elegante. Vayababosada. Incluso las personas que dicen haber desmontado los viejos esquemas sexuales siguen habitando dentro de ellos, porque, en el fondo, no se trataba de sexo sino de validación: la tipa era casada.
Nos han enseñado a hablar del sexo como si fuera un aspecto secundario de la vida humana, algo privado, a veces sucio, incluso banal. A los jóvenes se les dice que la prevención y la abstinencia son sus mejores aliados. Par favar. ¿Acaso nunca tuviste 14 años con las hormonas alocadas?
El sexo no es un tema más, es una estructura de poder, de reconocimiento y de jerarquía. El sexo está en todos lados, como lo decía Michel Foucault: “El poder está en todas partes; no porque lo abarque todo, sino porque viene de todas partes”.
Hay pocas cosas que atraviesan tantas capas de la vida humana como el deseo. Los publicistas lo saben, los políticos, los religiosos, los del mercado, los de la tienda lo saben. Por eso una Coronita necesita cuerpos semidesnudos para venderse, por eso la belleza genera capital y por eso el atractivo físico abre puertas que el mérito a veces no puede abrir.
La antigüedad entendía esto mejor que nosotros. En Grecia, por ejemplo, el deseo masculino formaba parte de la formación intelectual y política. En Roma, el sexo era leído en términos de dominación: no importaba solamente con quién te acostabas, sino qué posición ocupabas en el acto.
Según el antropólogo Rafael Lara-Martinez,
Nunca hubo homosexualidad griega ni romana. La palabra “homosexualidad”
apareció en 1869. La palabra “heterosexualidad” apareció en 1890. Ni los
griegos ni los romanos [tampoco los mayas ni los pipiles] distinguieron
homosexualidad de heterosexualidad. Distinguen la actividad [el vergón]
de la pasividad [el culero]. Oponen el falo (el fascinus) a todos los orificios
(los spintrias). La pederastia griega era un rito de iniciación social [como
en Francisco Herrera Velado]. Por la sodomización ritual del país [del
joven novicio], el esperma del adulto le transmitía la virilidad al niño. El
verbo griego para nombrar la sodomía, eispein, se traduce literalmente
por el latín inspirare. El amado [el joven culero] se somete al inspirator
[al adulto vergón que lo inspira], al ciudadano mayor, y recibe la caza y la
cultura, las cuales se resumen en la guerra [en la sexualidad como batalla de
los sexos]. La vida propiamente humana, social, comerciante, artística, en
otros términos, la guerra [la profesión adulta], es la caza cuya presa es el ser
humano mismo. Pascal Quignard, Le sexe et l’effroi (El sexo y el espanto).
Paris: Gallimard, 1994. (Fragmento escogido y adaptado a una sexualidad
salvadoreña acallada)
En Mesoamérica también existían concepciones mucho más complejas del género y la sexualidad de las que solemos imaginar. Antropólogos han rastreado la aceptación mesoamericana de personas de género mixto hasta relatos precolombinos sobre sacerdotes aztecas y deidades mayas que se vestían con ropas asociadas al otro sexo y eran concebidos como masculinos y femeninos a la vez. Mucho antes de los debates contemporáneos sobre identidad y género, varias culturas antiguas ya entendían que la sexualidad y la expresión corporal podían trascender categorías rígidas. Igualmente, con los egipcios el sexo nunca fue “solo sexo”, pues lo reconocían como poder visible.
Nosotros, en cambio, hacemos algo peor al fingir que no cogemos, que es sucio ir a un nightclub, o que la homosexualidad y el lesbianismo son una abominación, mientras secretamente planeamos la enmotelada con la hermanita de la escuela dominical.
Por otro lado, no siempre es el hombre el que decide. Hay acoso de mujeres hacia hombres, pero no se reporta. La jefa con el bodeguero, la profesora con el estudiante de posgrado, la diputada con el pasante, en fin. Existe una incoherencia en nuestra sociedad porque el sexo expone algo más humillante que un simple error, es decir, si un hombre se queja es porque es maricón.
Un político puede sobrevivir a acusaciones de corrupción, pero no necesariamente a un escándalo sexual. Recuerdo el caso de Bill Clinton que no fue importante porque un hombre tuviera relaciones sexuales, pero sí porque reveló la fragilidad del poder frente al deseo. El presidente de la nación más poderosa del planeta terminó dando explicaciones públicas sobre semen en un vestido, tal cual episodio de Black Mirror. Eso debería bastar para entender el lugar que ocupa el sexo en la estructura humana.
Arnold Schwarzenegger destruyó parcialmente su imagen por tener un hijo fuera del matrimonio con aquella guatemalteca; Jimmy Swaggart cayó por acostarse con una prostituta, y porque el sexo dejó al descubierto la distancia entre su discurso moral y sus impulsos reales; y el nuestro, el de la “infidelidad responsable”, el hombre que nos dio un concepto tan polémico para reconocer la existencia de relaciones paralelas sin esconderlas bajo la negación absoluta.
El sexo toca identidad, poder, estatus, acceso, silencios y validación. Nosotros hemos intentado domesticarlo mediante nuevos lenguajes para referirnos a algo que, en el fondo, sigue siendo profundamente primitivo. Es como decir que llevo a mi detonador de confianza a la Magna 7 de la UCA. Clave para lo mismo.
En fin, debemos asumir la responsabilidad individual, la decisión de fornicar o de ser infiel, sin culpar automáticamente a la pareja ni disfrazar la elección bajo excusas románticas o psicológicas, pues la infidelidad no ocurre, no es un error, la persona no es arrastrada inevitablemente por las circunstancias, por la pasión o las carencias afectivas. Se decide.
La gran mentira contemporánea es creer que somos racionales respecto al deseo. Vos y yo sabemos que el sexo no solo revela deseo, sino que, como dijo Alejandro Sanz, revela quiénes somos cuando nadie nos ve.
Al final del día, el progresista, el conservador, el religioso, el feminista, el libertino —todes— siguen reaccionando con una sensibilidad primitiva frente al deseo y al rechazo, mientras gran parte de nuestras relaciones, conflictos, inseguridades y ambiciones siguen orbitando alrededor de quién desea a quién y de quién puede permitirse decir que no. Eso. El poder. La gente no solo quiere amar o coger, la gente quiere ser elegida y confirmar, a través del cuerpo ajeno, que todavía tiene valor, y, por eso, el rechazo sexual duele más cuando se hiere el ego.