Por Francisco de Asís López Sanz
La España del siglo XXI vive en una tensión constante entre modernidad y fatiga. En la superficie, es una democracia europea plenamente consolidada, integrada en redes globales y dotada de instituciones estables. Pero bajo esa capa conviven una intensa polarización política, un debate público saturado y una sensación persistente de que el país sigue atrapado en viejos dilemas sobre identidad, cohesión y proyecto común. Para entender este clima, los espejos deformantes del pasado —Valle-Inclán, Gómez de la Serna, Ganivet y Blanco White— ofrecen una claridad inesperada. Y, en paralelo, resulta inevitable mirar hacia el origen de ciertas ideologías identitarias del fin del siglo XIX, cuyas sombras reaparecen hoy en el crecimiento de la extrema derecha.
Mirar la España actual a través del esperpento de Valle-Inclán es aceptar que gran parte de la política nacional funciona como un teatro de exageraciones. En Luces de Bohemia, la vida pública aparece deformada por un espejo cóncavo: discursos ampulosos, gestos grandilocuentes y una realidad social que se vuelve comedia amarga. La política contemporánea —hipermediatizada, fragmentada, definida por ciclos virales de indignación— conserva ese tono esperpéntico. Los debates parecen diseñados para el impacto inmediato, más que para la deliberación, y muchos episodios se consumen como si fueran capítulos de una serie interminable.
En El Ruedo Ibérico, Valle-Inclán retrata una España dominada por intrigas, facciones y tensiones territoriales. Aunque la actual estructura constitucional no se parezca a la del siglo XIX, la emoción de fondo —desconfianza mutua, relatos incompatibles, dificultades para el consenso— resulta familiar. Las disputas territoriales, especialmente en torno a Cataluña, se desarrollan hoy dentro de marcos democráticos claros, pero su intensidad recuerda aquella atmósfera de fragmentación política y narrativa.
Ramón Gómez de la Serna, con sus greguerías, aporta una lupa distinta: destellos breves que revelan verdades incómodas. Cuando escribió que “el político se sube al pedestal para que le vean mejor y se olvida de bajar”, parecía anticipar la era de la autopromoción digital. Su humor desarmante captó como pocos la tendencia española a vivir entre la ironía y la exageración, un rasgo que sigue marcando la comunicación política y la cultura mediática.
Las reflexiones de Ángel Ganivet y José María Blanco White añaden profundidad histórica. Ganivet, en su Idearium español, describió a España como una nación atrapada entre grandes ambiciones y frustraciones recurrentes. Ese vaivén —entre impulso y desánimo— sigue presente en los debates sobre la cohesión del Estado, la articulación territorial y el papel internacional del país. Blanco White, por su parte, alertó desde el exilio sobre los peligros del dogmatismo ideológico y la dificultad de sostener una cultura de moderación cívica. Sus advertencias resuenan hoy, en un entorno donde la polarización y la desinformación erosionan matices y alentecen el diálogo.
Todo ello enmarca un fenómeno contemporáneo fundamental: el creciente apoyo a la extrema derecha en España. Aunque responde a dinámicas actuales —inseguridad económica, ansiedad cultural, desconfianza institucional—, también se inserta en una genealogía más antigua. A finales del siglo XIX, autores como Sabino Arana en el País Vasco y pensadores catalanes como Valentí Almirall o Enric Prat de la Riba desarrollaron visiones de nación fuertemente exclusivas, en ocasiones basadas en criterios esencialistas o abiertamente racialistas. Sus teorías, nacidas en un contexto de crisis del liberalismo, industrialización acelerada y competencia identitaria, introdujeron en el imaginario político ibérico categorías que hoy reaparecen reformuladas, tanto en discursos nacionalistas como en la actual derecha radical.
La España democrática contemporánea no reproduce aquellos planteamientos, pero convive con ecos de esas ideas en el debate público: la reivindicación de identidades homogéneas, la sospecha hacia el pluralismo cultural y la tentación de soluciones simplistas ante problemas complejos. En este clima, la extrema derecha encuentra terreno fértil, amplificada por redes sociales que sustituyen la discusión matizada por la lógica del impacto emocional.
Sin embargo, reducir España a una repetición de sus viejos fantasmas sería injusto. El país cuenta con instituciones sólidas, una sociedad civil activa y una cultura política mucho más plural que la del pasado. Los autores que nos sirven de guía —Valle-Inclán, Gómez de la Serna, Ganivet y Blanco White— no describen la España actual, pero sus lentes permiten observar sus paradojas: entre teatralidad y madurez, entre identidad y diversidad, entre cansancio y creatividad política.
España no es un esperpento, ni una greguería, ni un ensayo filosófico del XIX. Pero esas herramientas críticas siguen iluminando la manera en que el país se mira a sí mismo: con ironía, exageración, profundidad y, a veces, con una lucidez que solo la literatura —o el tiempo— puede proporcionar