Este es el primer capítulo de una serie de artículos sobre El Salvador por el escritor hondureño Gustavo Peña Flores, escritor de la ReVista Harvard Review de Latinoamérica.
Un surfista llamado Erickson ve el atardecer sobre el pueblo de El Zonte.
Por Gustavo Peña Flores.
ReVista Harvard Review de Latinoamérica.
Al “Boyita” le faltan un par de años para cumplir la mayoría de edad, pero sus ojos ya han visto cuatro asesinatos. Los perpetraron mareros — pandilleros — años atrás, en una ladera de la Costa del Bálsamo cerca al barrio El Chumpe, en El Salvador. Uno fue un hombre pasado de peso que corrió muy lento a través de una milpa cuando le dispararon por la espalda.
Lo comenta con mirada retraída, mientras agarra la piel magra de su panza. Si de niño fue gordito, hoy su cuerpo parece el exoesqueleto de un cangrejo tras incontables horas en el agua. Y su personalidad es igual de recia que el crustáceo. Es difícil de domesticar.
Punche o cangrejo de lodo del pacífico centroamericano, a la venta en el mercado.
Perdió a su madre a temprana edad por una tragedia evitable. Creció sin su padre. Lo cuidaron familiares en el Puerto de la Libertad. Aunque sólo ha hecho un grado de primaria, su teléfono le ayuda a mejorar su uso del idioma y los números. Es insurrecto y autodidacta.
Las olas de El Salvador frente a las que vive centran su mente en el presente. Vive para interpretarlas. Cabalgarlas. Unirse a ellas. En su vorágine encuentra calma y forja la excelencia. Por formarse en algo, los sábados saca un curso de guardavida certificado.
El Boyita, joven surfista alguna vez acreditado por su federación, es parte de la primera generación de adolescentes salvadoreños libres de opresión por violencia extrema. Era muy joven cuando inició la guerra del gobierno de Nayib Bukele contra las pandillas. A diferencia de otros vecinos mayores que él, no fue apresado. Más bien pasó a andar libre por las calles.
El Boyita domina la ola con sus brazos extendidos, como tenazas.
Su transición de niño a adolescente ocurre, contra todo pronóstico, en la calma tras la tormenta que vive El Salvador, hoy el país más seguro de América Latina. Crece en paz. La seguridad física es un bien público a su alcance, no un “premium” a pagar. Y en palabras atribuidas al campeón, Muhammad Ali: no es habladuría si se puede respaldar.
Según el balance 2023, de tasas de homicidios en América Latina de Insightcrime.org, ES tuvo la más baja con un 2,4 por cada 100,000 habitantes. Muy distante del 25,7 de Colombia; 23,3 de México; y 31,1 de la vecina Honduras.
De hecho, los números oficiales de El Salvador son la mitad que los de los Estados Unidos —5,7 en 2023, según el FBI. Y compiten por ser los más bajos en todo el continente con Canadá —1,94 en 2023, según Statistics Canada.
Olas como símbolo de transición
La patria del Boyita se redefine en esta paz inédita para la región. Se postula como destino de surf —Surf City— tras largas y crueles décadas de sangre. Antes ignoradas, las olas de El Salvador—constantes, cálidas y bien formadas— hoy simbolizan un posible cambio de era.
Publicidad de Surf City en el aeropuerto internacional de El Salvador.
“Tenemos más de 70 buenos spots para surfear en este país, sin contar los beach breaks,” explica la Ministra de Turismo Morena Valdez sobre la estrategia Surf City, que comprende seis etapas para desarrollar con el turismo los 321 kilómetros de litoral salvadoreño.
Las primeras dos abarcan los tramos montañosos con puntas rocosas tanto de la Costa del Bálsamo como de los acantilados del Oriente, donde décadas atrás era fuerte la guerrilla. Y el resto abarcan las playas anchas y planas de la Costa del Sol y Sonsonate —populares entre turistas con poca desenvoltura en el agua que buscan ocio, sol y playa.
“El Cabildón”, una cala de piedra volcánica durante la marea baja, en Jucuarán.
“Si tenemos ese estadio, aprovechémoslo. Dijo el presidente Bukele: no iremos a las ferias como los países ya posicionados en turismo. Invertiremos en traer eventos de talla internacional” repite Valdéz, quien en gobiernos previos llevó la “marca país” de El Salvador.
Los tiempos trágicos de hasta ayer fueron, primero, por la guerra civil en plena guerra fría. Y luego, por tres décadas de guerra pandillera sin ideales entre las maras 18 y Salvatrucha durante la era de corrupción y desgobierno de la democracia bipartidista salvadoreña.
Víctima de la reyerta, el proceso de modernización y desarrollo de El Salvador quedó flotando estático, como boya, mientras niños como el Boyita nacían y crecía la población.
“Se creía un problema sin salida —que las maras eran inseparables de la sociedad y política y había que aceptar su tiranía,” explica el historiador salvadoreño Adolfo Bonilla.
O desarrollo del surf, o maras
Bonilla recuerda que la corrugada Costa del Bálsamo entre La Libertad y Acajutla —hoy Surf City 1— era bastión de ambas maras. La gente vivió sadismo y crueldad propios de crímenes de guerra. Una de dos: la Costa del Bálsamo sería o para el surf o para las maras.
Allí, las cuencas escarpadas en la ladera del extinto volcán Jayaque llenan los ríos en la época de lluvias fuertes con piedras canteadas que al llegar al Pacífico se depositan frente a sus bocanas. Forman puntas triangulares que levantan olas perfectas, como Punta Roca, El Zunzal o El Zonte. Estos “point breaks”, que rompen hacia la derecha, dan al país su fama.
Pero por lo accidentado de su relieve las cuencas de la Costa del Bálsamo antes del surf eran tierras marginales. Caseríos, barrios y balnearios crecieron parchados sobre ellas como extensión del cinturón de pobreza extrema de San Salvador. Eran comunidades “plagadas”, pues la precariedad sin movilidad social es el caldo de cultivo de las maras.
Sitios en el bypass de La Libertad a San Salvador como El Chumpe —donde vivió con su madre el Boyita de tierno— concentraban a los mareros como a sus nidos los zompopos. Era un mundo limítrofe en el cual crecer, entre olas bravas y zompoperas enfrentadas.
Pero antes de la tragedia de la modernidad salvadoreña, la esencia de esta diminuta nación fue retratada por el piloto, dibujante y escritor Antoine Saint Exupéry, en el libro escrito en francés más leído de todos los tiempos. Es el pequeño mundo de la rosa de El Principito.
La patria de Consuelo Sunzil, esposa de Saint Exupéry —autor también de Vuelo nocturno, quien murió lejos, tras un año de publicarse El Principito, volando sobre el mar en 1944.
Al asteroide B-612, hogar de ambos en el cuento, lo define el paisaje volcánico del anillo de fuego del Pacífico en Centroamérica. Aunque pequeño, B-612 es un mundo que amerita cuidados y ofrece la belleza de infinitos atardeceres. La preocupación de su protagonista en exilio, además, es un dilema paralelo al reciente escape salvadoreño de la violencia.
El Príncipe pide un cordero para que coma las malezas de su planeta a tiempo, y así evitar que crezcan árboles gigantes que lo estrangulen. Pero necesita un cabo y un lazo para atarlo. No quiere que coma también a su rosa, quien le llena de amor, aunque le hiere.
Pitahayas y hierbas sobre los acantilados del Oriente de El Salvador.
El escape salvadoreño de “la liga de la violencia”
Los países en la continuidad terrestre al sur de Estados Unidos, donde borbotea la emigración y ha reinado el crimen transnacional, viven una encrucijada como destinos turísticos. Juegan en una “liga de la violencia” de la que todos quieren desligarse.
“Colombia. El único riesgo es que quieras quedarte,” decía la contagiosa publicidad de hace unos años, sin que eso implicase el fin de las FARC, paramilitares, carteles de narcos, altos niveles de delincuencia o corrupción policial.
Una similar situación sucede hoy con México. Las políticas a largo plazo de la izquierda mexicana reelecta en septiembre de 2023, incluida la de “abrazos y no balazos” a quienes delinquen, no garantizan la seguridad ciudadana en el presente.
Y pasa con algunas pequeñas repúblicas de la fragmentada Centroamérica, resguardadas del turismo de masas por la noche sin luna de su historia reciente. Como Honduras; abnegada alumna y receptora de recetas y donaciones extranjeras, que no trasciende.
“Países más grandes que nosotros pero con problemas parecidos se beneficiaron de que cayó sobre Honduras en la década pasada el estigma de país más violento del mundo”, comenta el expresidente de la cámara hondureña de pequeños hoteleros, Donaldo Suazo.
El mismo estigma marcó la piel de El Salvador entre 1994 y 2019. Fue un fierro de proscrito para esta tierra en el tramo de América que ocupa Honduras hacia el Caribe —su sociedad gemela en acento, pupusas y desgracias.
El cambio de un concepto californiano por otro
En 2019, El Salvador emprendió su fuga de “la liga de la violencia” gracias a una tregua transitoria con las maras y a una cínica permuta con la administración Trump. En plena crisis de caravanas migrantes, la Casa Blanca pagó favores a Honduras, Guatemala y El Salvador a cambio de declararse “países seguros” para migrantes de terceros países.
Cada quién jugó sus cartas. El presidente hondureño Juan Orlando Hernández, por ejemplo, negoció su supervivencia política inmediata. Terminó el 2024 compartiendo celda con Sean Combs “Puff Daddy” en Manhattan, como parte de su condena de 45 años por narcotráfico.
Y en El Salvador, el Presidente Nayib Bukele negoció la salida de su país de la lista del Departamento de Estado de países peligrosos para recibir una etapa de la liga mundial de surf en 2020. La tasa de homicidios en 2019 era de 18,1; similar al 17,2 de Costa Rica en 2023.
“El mundial de surf viene cuando la percepción cambió. Cuando EEUU dice: es un país seguro”, explica el antropólogo de la Universidad de Vanderbilt Norbert Ross, quien viaja a El Salvador por trabajo de campo y sabe la importancia de la percepción internacional.
“Cada año voy a Utila, Honduras, con estudiantes en su mayoría gringos. Cuando lo propongo tengo que explicar que volaremos a la isla de Roatán, que parece Florida. No tiene semejanza con Centroamérica. No tocamos tierra firme en Honduras,” dice Ross.
Librarse del estigma abrió una rendija a El Salvador para suplantar un concepto californiano por otro. Así como las maras surgieron en torno a MacArthur Park, Los Ángeles —infestándose El Salvador con las deportaciones de Bill Clinton a partir de 1994—, su campaña de surf se lanzó bajo el concepto de Huntington Beach —el Surf City original.
Se lanzó bajo la fragilidad de una tregua surgida de negociaciones secretas iniciadas por la presidencia de Mauricio Fúnes y continuadas por Sánchez Cerén y luego Bukele en su inicio. Pero la pacificación, aún por alcanzar su clímax, sería tan determinante como turbulenta.
En marzo de 2022, el país entró en un estado de guerra. Un estado de excepción declaró a los mareros terroristas y enemigos del Estado. Los encarcelamientos fueron masivos, expeditos y poco burocráticos. El número de policías y militares aumentó con creces.
Las fuerzas públicas no se fraccionaron. Meses después, prevalecieron. Calles, campos y playas bajo el dominio opresivo de las maras pasaron a ser espacios públicos. Liberados.
Un artículo de prensa aborda la ausencia de homicidios en las cifras oficiales del Estado en 700 días consecutivos.
La ciudadanía respaldó a su gobierno como si hubiera ganado una guerra peleada en sus casas por su propia supervivencia. Pero igual de fuerte fue la oposición internacional durante el proceso con acusaciones de autocracia y violación a los derechos humanos.
Cuestionamiento internacional y respaldo ciudadano
El Salvador recibió extra escrutinio por parte de la comunidad de cooperantes y la prensa —tanto tradicional como de financiación extranjera— comparado a sus vecinos que siguen la ortodoxia del momento. Especialmente por el encarcelamiento de más de 78,000 ciudadanos en dos años, según el propio gobierno de este país de 6 millones de habitantes.
“Hay menos homicidios. Pero a cambio se tiene la tasa de encarcelamiento más alta y la cárcel más grande del mundo. Eso es violencia también”, dice Ross, autor de artículos sobre el tema en El Faro —periódico digital parcialmente ligado a la Open Society Foundation.
Bukele defiende que al apresar al 1% se liberó al 99%, pues El Salvador era una gran cárcel para todos. Como comparativa, Hayat Tahrir al-Shan —HTS—, el principal grupo insurgente que tomó control de Siria al final de 2024, suma 30,000 hombres armados, según Al Jazeera.
Otros cuestionan la validez de las cifras oficiales. Un artículo en Foreign Policy de Jeremy Giles, del Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, aduce que las tasas de homicidio salvadoreñas de 2023 son 45% más altas si se cuentan las muertes por enfrentamientos policiales, encarcelamientos, y fosas comunes encontradas. El total sería 4,5 y no 2,4.
Pero Giles aclara que en EEUU tampoco se cuentan las muertes por choques policiales, y que las cifras del FBI —5,7 en 2023—, tampoco incluyen los homicidios en prisión. No ofrece, no obstante, el total ajustado de los Estados Unidos, usando la misma vara de medir.
La discordia esparce la duda. Aunque si los ciudadanos tienen la última palabra como soberanos, en febrero eligieron al gobierno con 85% para un segundo mandato. Legitiman, así, el monopolio sobre la violencia del Estado. Y éste proclama el triunfo de su pacificación.
“Veníamos de un ciclo vicioso. No se mejoraban los temas sociales y la seguridad tras la guerra civil. Queríamos arreglar todo lo demás sin haber arreglado la base”, explica la Ministra de Turismo Morena Valdéz.
“El Presidente Bukele me dijo: no tenemos petróleo, pero tenemos olas. Necesito que vea cómo en torno a ellas haremos desarrollo. Y cómo esa ancla hará que nos vean diferente.”
Ancla de barca pesquera salvadoreña en La Ventana, Chirilagua.