La vida se abre camino, aun sin permiso, sobre un manto blanco, enfermo de silencio; avanza como animal herido y preciso, dejando huellas tibias donde hubo invierno.
Por Zarko Pinkas-Ramírez |
I
La vida se abre camino, aun sin permiso,
sobre un manto blanco, enfermo de silencio;
avanza como animal herido y preciso,
dejando huellas tibias donde hubo invierno.
Nadie le pregunta si debe pasar,
rompe la escarcha, profana el suelo,
porque vivir no sabe de esperar
ni de rezos limpios ni de cielos nuevos.
II
La vida se abre camino entre símbolos rotos,
sobre el amor natural que aprendió a sangrar;
corre por recuerdos como perros locos
mordiendo instantes que no quieren regresar.
Yo la vi beber de vasos ya vacíos,
reírse del miedo sentado en la mesa,
contar anécdotas con nombres perdidos
mientras la culpa se afilaba la tristeza.
III
La vida se abre camino donde nadie mira,
en la belleza honda que no sabe posar;
se hunde sin vergüenza, lenta y homicida,
como daga fría aprendiendo a entrar.
Ahí están los miedos, desnudos y viejos,
temblando al fondo de la respiración,
saben que vivir es pactar con el espejo
y aceptar que duele seguir siendo yo.
IV
La vida se abre camino hasta el borde final,
sobre la última imagen que creíste guardar;
cuando mires atrás ya será ritual
el acto sencillo de dejarte atrás.
Porque al final del camino —sin drama ni gloria—
la vida no firma, no deja señal:
te olvida despacio, como olvida la historia
a los cuerpos cansados de tanto luchar.